“Mullahs” atómicos
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 23 de marzo de 2009, 21:30h
Barack Obama acaba de reafirmar su propósito de conducir las relaciones con Irán a través de la diplomacia. Cabría con ello deducir que la anterior administración americana, y en general todos los que del tema se ocuparon antes que él, lo habían hecho a través de otros medios menos pacíficos, por no decir mas directamente bélicos. La realidad es muy distinta: los Estados Unidos, en estrecha colaboracion con Francia, Inglaterra y Alemania y el apoyo no siempre entusiasta de Rusia y China mantiene desde hace ya varios años una negociación ardua con Teherán para conseguir evitar que el régimen islámico iraní se dote de armas atómicas. La negociación, por cierto, incluye muy generosas ofertas políticas, económicas y diplomáticas que hasta ahora han encontrado oídos sordos en el gobierno regido por los clérigos persas. Es lícito siempre procurar conseguir lo que al predecesor se le escapó y presumir de saber como hacerlo. Y ajustado a razón desear que así sea. Pero resultaría iluso desconocer los términos reales del problema y deshonesto ocultar sus dificultades y los que otros, también a través de la diplomacia, hicieron para superarlas.
Desde hace años, quizás al menos una década, Teherán conduce sin desmayo una política destinada a dotarse de armamento nuclear. Concebido el empeño como parte integrante de un diseño dirigido a la supremacía regional, ha debido justificar el ilegal propósito-Irán es signatario del Tratado de No Proliferación de Armas nucleares- con el especioso argumento de la necesidad para cubrir las deficiencias energéticas. Cabe recordar que Irán es uno de los principales productores de petróleo del mundo. La difícil justificación de sus propósitos, tanto más cuanto que americanos y socios han asegurado su voluntad de atender a esas deficiencias en el caso de existir una renuncia explicita al enriquecimiento del uranio con finalidades bélicas, ha conducido a un largo y exasperante sistema de ocultaciones ante la Agencia Internacional de la Energía Atómica en Viena, cuyas denuncias de Irán ante el Consejo de Seguridad han sido tan correctas y educadas como constantes. El mismo Consejo lleva años ocupándose del tema iraní e imponiendo sanciones al régimen de los chiítas persas por sus reiterados incumplimientos, pero, como tantas veces ocurre en las Naciones Unidas, los encontrados intereses de unos y de otros convierten la censura en papel mojado y rara vez permiten la adopción de sanciones eficaces.
Las estimaciones de los servicios de inteligencia sobre la capacidad nuclear iraní difieren en los tiempos pero coinciden en la descripción del propósito e, incluso en las más favorables de las circunstancias, calculan que lo habrán conseguido antes de que transcurran dos años. No existe el más mínimo de los indicios de que por parte iraní se esté en disposición de abandonar el proceso, sean cuales sean los propósitos diplomáticos del nuevo presidente americano. La respuesta de los mulás a las conciliatorias palabras de Barack Obama está en la línea de lo que es conocido: arrogancia, acusaciones, dilaciones y en el fondo nada. Al menos que los Estados Unidos y sus socios se presten a reconocer al Irán de los clérigos fundamentalistas islámicos como potencia nuclear.
Un Irán nuclearizado introduciría un factor de añadida inestabilidad en el Oriente Medio. Países como Egipto y Arabia Saudita, con aspiraciones a la predominancia regional y malas relaciones con los iraníes, intentarían conseguir el mismo objetivo. Israel, poseedor oficioso del arma nuclear, interpretaría la nueva situación como peligro existencial y tendría la tentación de actuar preventivamente, en un escenario de conflicto que los americanos desean por todos los medios evitar porque les resultaría difícil no verse implicados en el mismo. Para los que desde la nueva administración tachan de belicosa a la precedente cabe recordar que fue personalmente el presidente Bush el que negó a los israelíes la entrega de bombas de penetración –para destruir los complejos nucleares subterráneos iraníes- y los permisos para sobrevolar Irak en el caso de un ataque. E Irán, cabe tambien recordarlo para los que suelen recrearse en la evocación de su historia milenaria, es una activo promotor del terrorismo internacional.
Para Obama el tiempo de la diplomacia con Teherán es acuciante y corto y las opciones escasas. Ojalá y los hados le concedan el favor de los mullas, tan rudamente negado a sus antecesores. Porque a lo mejor lo que estos deben oír es que, como el entonces candidato Obama mantuvo, “todas las opciones están sobre la mesa”. La inacción no puede ser una politica.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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