El ladrillo de Zapatero
martes 12 de mayo de 2009, 17:13h
La intervención de ayer de Zapatero en el Congreso durante el debate sobre el estado de la nación estuvo llena de voluntarismo. La verdad es que hubo muy poca descripción del estado de la nación -evidentemente no le convenía al Gobierno, eso lo hizo luego Rajoy- y más bien predominó el planteamiento de futuro, lo cual, en cualquier caso, es acertado, porque una vez reconocidas, aunque sea con la boca chica, la crisis económica y la peor situación de España respecto a algunos de sus competidores internacionales, lo mejor es mirar hacia adelante.
Pero la cuestión es si Zapatero puede presentarse como el impulsor y líder de la transformación de España en una sociedad del conocimiento y la innovación cuando durante sus cinco años de gobierno las medidas orientadas a este fin no han sido nulas, como dice la oposición, pero sí insuficientes.
¡Qué ahora venga Zapatero, como el otro día en el mitin de Vista Alegre, a decir que menos ladrillo y más ordenadores como si el que hubiera gobernado durante los últimos cinco años hubiese sido un espectro distinto de él suena a sorna! Del famoso Plan E sólo una parte mínima fue destinada a investigación, desarrollo e innovación. Ayer Zapatero propuso un nuevo plan que sí parece ir por esta nueva senda, absolutamente necesaria para que la economía española se inserte definitivamente en los parámetros europeos y occidentales y no suframos desequilibrios como los de la tasa de desempleo. ¡Bienvenido sea y ojalá se aplique y dé sus frutos! Pero pensar que el Gobierno tiene una barita mágica con la que transformar el modelo productivo de una sociedad es iluso.
Bien lo dijo Solbes hace tiempo. El Gobierno puede fomentar iniciativas, actuar en campos limitados, salvo que se vaya por la errónea vía que propone Llamazares en plan consigna: “más Estado y menos mercado”. No parece que algunas de las medidas propuestas ayer por Zapatero indiquen esto, afortunadamente, sin que por ello se renuncie al necesario papel del Estado en políticas sociales, en inversiones en infraestructuras públicas, etc., etc. Si Zapatero se decide a bajar el tipo impositivo del Impuesto de sociedades a las pequeñas y medianas empresas que mantengan su media de plantilla entiendo que no es porque crea que es sólo el Estado el que va a sacar a la sociedad española de la crisis. En cualquier caso, habría que cuantificar a cuántas empresas puede afectar esta medida y en qué medida permitirá mantener puestos de trabajo en un momento en que las empresas difícilmente podrán obtener beneficios y, por tanto, no tendrán que tributar por este concepto, y entonces para nada les servirá mantener el número de trabajadores si no los necesitan. Es verdad que la medida puede favorecer la construcción de una sociedad del conocimiento y la innovación, porque precisamente las empresas que mejor están manteniendo el tipo son las que actúan en los campos tecnológicamente más avanzados.
Por otro lado, resulta curioso que tras el grito de “¡menos ladrillo y más ordenadores!” una de las políticas propuestas vaya precisamente a favorecer al sector inmobiliario, en gran parte causante de las peculiaridades españolas de la crisis respecto a la internacional. Y es posible que no quede más remedio que ayudar a dar salida a esas 650.000 viviendas sin vender, buena parte ya en manos de los bancos, y que haya que agilizar el crédito hipotecario para la venta de las mismas y fomentar el alquiler, etc., pero esto casa mal con quitar en dos años la deducción en el IRPF por la compra de vivienda habitual. No digo que esto sea un error, digo que suena a contradictorio y da la impresión de que no se tienen muy claras las ideas.
Evidentemente no es Zapatero el único responsable del peso que el sector inmobiliario residencial ha tenido en la economía española. Habría que remontarse a las políticas de vivienda del franquismo de finales de los 50 para encontrar el origen de la obsesión del español por tener una casa en propiedad y de poner sus ahorros en ladrillos. Las deducciones impositivas y la especulación de las últimas décadas han favorecido aún más esta tendencia, que en el caso del rentista no favorece precisamente una economía productiva, pero resulta curioso en este sentido que la izquierda española critique sistemáticamente el interés de los ciudadanos por tener una casa propia y le parezca más razonable que haya una clase rentista que se dedique al alquiler. Pues miren, en esto soy liberal y como Mendizábal en su famoso decreto desamortizador pienso que es positivo crear una gran familia de propietarios, y añado: mejor que una pequeña clase rentista.
En fin, el discurso de Zapatero sonó a voluntarismo sin mucha base empírica.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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