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¿Debate sobre el estado de la qué?

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 13 de mayo de 2009, 00:19h
Calculo que unos dos mil seiscientos españoles habrán seguido atentamente la totalidad del debate sobre el Estado de la Nación. Pero algunos más habrán oído las principales intervenciones, y la mayoría habrán conocido los cortes más espectaculares por televisión y radio, y las frases más contundentes por la prensa digital y, posteriormente, por la impresa.

Todos ellos se habrán dado cuenta a estas alturas de que el debate sobre el estado de la Nación ha sido un debate sobre el estado de los políticos que transitan por la Nación. Y, sobre todo, se habrán dado cuenta clamorosamente del principal de los argumentos no utilizados: justamente, la Nación, es decir, el conjunto de los ciudadanos que la constituyen.

¿Cómo es posible que ninguno de los ardorosos contrincante de esta señalada fecha hayan hecho, aunque fuera de pasada, alguna apelación a la sociedad para reclamar su concurso, para pedir su apoyo, para demandar su responsabilidad a una ciudadanía vapuleada tanto por la crisis como por su ignorancia o impotencia ante ella?

Ni mayorías ni minorías. Ni Zapatero ni Rajoy. Nadie se ha plantado en la tribuna del Congreso de los Diputados y ha dicho: señores conciudadanos, estamos en un problema abismal; o nos ayudan a salir de ésta, o estamos perdidos por mucho tiempo; no tenemos soluciones mágicas, pero demandamos esfuerzo y austeridad, sacrificio e imaginación, esperanza y superación.

¿Por qué nadie ha empleado este discurso que es, por cierto, de primer curso de bachillerato ante toda crisis que se precie (pues lo utiliza ahora Obama, pero lo empleó en su momento el primer Gobierno de la Transición)?

Porque los políticos españoles se han instalado en el Olimpo. El primero, el Gobierno de Zapatero. Porque prefiere ser el administrador de la crisis que convocar la respuesta popular ante ella. Porque prefiere la dependencia de los ciudadanos a sus decisiones que su participación en las soluciones. Porque prefiere difundir sus presuntas dádivas, y tener una sociedad sumisa, que motivar la fuerza creativa de la sociedad, para que cualquier solución pase por el papel benefactor del gobernante que cuida de la ignorancia del gobernado. Pues si se avanza en la salida de la crisis, Zapatero quiere que se le reconozca como su obra, aunque se resista a reconocer que la profunda caída en esa crisis ha sido en muy buena parte por su culpa.

Con menos margen de maniobra, lógicamente, pues no dispone de mecanismos para actuar en política económica, la Oposición tampoco ha percibido otra cosa que exigir la responsabilidad del Gobierno, sin considerar que un mensaje que convoque a los ciudadanos es también una parte del ejercicio del liderazgo. Y tal vez piense Rajoy que, si logra sustituir a Zapatero, también podrá sacar pecho en su eventual combate futuro contra la crisis.

En España, ya no tenemos partidos políticos, sino gestores del voto popular. Se han creído que su misión es exclusivamente paternalista, y que su trabajo es el de quien tiene que enseñar al que no sabe, subvencionar al parado, diseñar el modelo productivo o regular la sociedad del Conocimiento.

Pero el problema no es la sociedad del Conocimiento, sino el conocimiento de la sociedad. Y una ciudadanía pujante no es un grupo de ovejas al que se le esquila los impuestos para después hacer mantas para abrigarlo. Y, desde luego, el esquilador no puede ponerse medallas por hacer esas mantas.

Una sociedad capaz de salir de un problema brutal, como el que enfrenta España, es la que se decide a hacerlo, no la que se deja mecer en las olas a expensas de unos señores que se han otorgado a sí mismo el título de pilotos.

Pero mucho más miedo produce a la llamada clase política española que la sociedad despierte que se le quite su administración de las decisiones.

Por esto quedó tan raro el debate sobre el estado de la Nación. Por esto nadie sabe a ciencia cierta quién ganó. Por esto se dijeron cosas sensatas y algunas insensatas, pero a todo el mundo le quedó un regusto de frustración en la boca.

Por eso no pudimos saber sobre el estado de qué se habló, o si fue un debate sobre el estado de la qué.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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