La Europa de las dos cualidades
martes 09 de junio de 2009, 20:40h
De los resultados de las últimas elecciones europeas se pueden sacar tres consecuencias claras. La primera y quizá más importante es la debacle del socialismo europeo. Los resultados para los partidos socialistas son pésimos en muchos países, y muy especialmente en Gran Bretaña, Francia, Alemania y, con algún matiz, en Italia. Las ideas socialistas han sido fundamentales en la construcción europea durante el último medio siglo y su debilidad no es sólo una mala noticia para los propios partidos socialistas sino para el conjunto de la Unión. Ninguno de los líderes socialistas europeos ha sabido recoger el testigo de Tony Blair en la reformulación de un socialismo a la altura de los tiempos, y su sucesor, Brown, ha dilapidado la herencia en pocos meses, acosado por la corrupción y la ineficiencia. Los partidos socialistas europeos deberían convocar una gran conferencia y replantearse a fondo los principios sobre los que se fundamentan sus políticas, y replanteados éstos, cuáles deben ser esas políticas. Suena a antiguo, pero en el fondo es una nueva Internacional, quizá para enterrar buena parte de los fantasmas del pasado.
La segunda consecuencia que se colige del resultado electoral es el crecimiento de los partidos euroescépticos, que pueden llegar a dinamitar desde dentro el proyecto de la Unión. Y la tercera es el poco interés que este proyecto suscita en los ciudadanos, que no acaban de ver cómo se reflejan en sus vidas cotidianas las políticas europeas. Esto es una ceguera de los ciudadanos, pero la culpa es de los políticos que no han sabido transmitir la importancia de la unidad europea. ¡Que más de la mitad de los ciudadanos con derecho a voto –teniendo en cuenta que en algún país el voto es obligatorio– hayan decidido no participar en las elecciones, es un síntoma evidente del fracaso del proyecto europeísta!
Hace unos años, con motivo de la entrada del euro y el cumplimiento de los requisitos del Tratado de Mastrique, se discutió mucho sobre la Europa de las dos velocidades, una discusión que se planteó fundamentalmente en términos económicos. Los resultados de las elecciones europeas abren la posibilidad de replantear la cuestión, pero no sólo en términos económicos sino también políticos. Las zancadillas que se han puesto al Tratado de Lisboa y el crecimiento del euroescepticismo hacen peligrar, ¡y mucho!, el futuro de la Unión, y sin ilusión no habrá nunca una verdadera Europa unida.
Alemania, Francia, Italia, Portugal y España, junto con el Benelux, deberían impulsar una auténtica federación política –sin temor a traspasar los límites del caduco concepto de soberanía nacional– sobre la base de políticas comunes en temas de defensa –hay que construir un auténtico ejército europeo y una fuerza de intervención rápida a disposición de la ONU–, relaciones internacionales –muy especialmente en cuestiones de comercio–, justicia y seguridad, educación superior, grandes infraestructuras, agricultura, seguridad alimentaria y seguridad ante pandemias, grandes proyectos científicos, medioambiente y presupuesto comunitario y políticas económicas, al tiempo que se fomentasen los valores de la cultura europea sin menoscabo de la diversidad. Los citados países tendrían que ponerse manos a la obra y tirar del carro, aunando voluntades. Mas, tras un gran acuerdo de base, no deberían aceptar nuevos frenazos en los objetivos porque algún país no quiera avanzar por la vía política. Los que no quieran subirse a este carro siempre podrán quedar dentro de lo que ahora hay, que progresivamente iría acentuando su perfil económico, y que acabará convertido en un club privilegiado, que podría firmar grandes acuerdos con los países del entorno inmediato: todos los europeos que no están integrados en la Unión, Turquía, Rusia, Marruecos, Túnez, Argelia...
Gran Bretaña será –si alguien se decide a poner en marcha este carro– una de las claves para ver la profundidad a la que se pueda llegar en la construcción de una federación política, pero previamente tiene que decidir si quiere formar parte de la Unión política o si prefiere ser un satélite, con toda la personalidad que se quiera, pero satélite al fin, de su imperial excolonia. Los países del Este europeo, recientemente incorporados a la Unión, en los que el clamor europeísta que se escuchó tras la caída del Muro de Berlín hace veinte años parece haberse acallado bastante, también deben decidir en qué Europa quieren estar, si en el club económico o en la federación.
La Unión Europea no es sólo cuestión de políticas burocráticas sino de voluntad e ilusión, pero no se ve en el panorama del Viejo Continente nadie capaz de movilizar ambas.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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