Entre viñedos y abadías, el Danubio
viernes 12 de junio de 2009, 19:03h
En la ciudad de Pasau se despide de Alemania y, ya imponente, cruza la frontera y se adentra en Austria. Pasado ya Linz, el Danubio se desliza, con sus aguas turbulentas, por el amplio valle de los Nibelungos, y llega a los píes de la espléndida, majestuosa y altiva abadía de Melk, donde se inicia el valle de Wachau, que pertenece a la región de la Baja Austria. Pese a ser una tierra llana y fértil, el valle encajona el río entre colinas arboladas, a la sombra de castillos que, como nidos de águilas, cuelgan en lo alto, donde florecen pequeños y encantadores pueblecitos, de apenas un puñado de casas, Un valle que abren y cierran imponentes abadías milenarias, de gran pompa decorativa para mayor honra de Dios y los Hausburgos, típica de los grandes cenobios austriacos: Gottweig, y, sobre todo, Melk.
Entre Melk y Krems, el Danubio, que enfila hacia Viena, pasea su fuerza y su poderío a través de un valle con paisajes de gran belleza. Besa con sus aguas, no precisamente mansas, las praderas que rodean unos pueblos de cuento de hadas. En Melk se inicia uno de los más hermosos valles que atraviesa el majestuoso Danubio, un lugar de gran belleza natural. Durante 30 kilómetros, el río discurre encajonado entre colinas aterrazadas donde se cultivan las vides. En lo alto, vigilan imponentes fortalezas medievales. A la orilla, separados del agua por parterres y macizos de flores, los pequeños pueblos, coquetos, encantadores, impolutos, con sus calles empedradas, sus hermosas y amplias casas, sus iglesias románicas, sus plazas góticas, y sus espléndidas abadías barrocas. Un prodigio de belleza, un cuidado jardín donde crecen millones de albaricoqueros, que dan una fruta dulce, exquisita. En reconocimiento a su rico patrimonio arquitectónico y agrícola, el valle de Wachau integra la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Una agricultura primorosa que produce uvas y albaricoques. De las primeras sale un excelente vino blanco afrutado, de tonalidades pajizas, suave y fresco, y con los segundos se fabrica un excelente licor.
Sin lugar a dudas, Wachau son los 30 kilómetros más hermosos, más armónicos, del largo recorrido de este río único, el segundo en longitud de Europa con sus 2800 kilómetros, que nace en la Selva negra alemana, cruza Europa de oeste a este, y desemboca en Rumanía, en el Mar Negro, el Helesponto griego. En medio, atraviesa diez países y baña algunas de las ciudades más hermosas e importantes de Europa: Ulm, Ratisbona, Linz, Viena, Bratislava, Budapest, Belgrado. No es azul como el vals vienés, pero sí imponente y majestuosos. A lo largo de sus orillas se ha ido conformando un mosaico heterogéneo de pueblos y culturas, una variedad de etnias y religiones. Ha nacido y crecido un mundo fascinante, mágico y variado, y una historia rica, una extraordinaria herencia cultural, que tan bien describe Claudio Magris en el excepcional libro “El Danubio”, fruto de una largo viaje entre el nacimiento y la desembocadura, un libro maravilloso para un extraordinario río y su no menos excepcional marco geográfico e histórico.
Una historia antigua la de centro Europa, y su río por antonomasia, que se inicia en tiempos prehistóricos, pero que toma carta de naturaleza durante el Imperio Romano. De hecho, aunque se le conozca en lengua germana como Danau, los pontífices romanos dedicaron las bravas aguas del río al Dios Danubius, y en la orilla sur establecieron los limes o fronteras exteriores. Al otro lado de la Germanía, la Illiria, la Panonia o la Dacia, vivían los bárbaros. Desde allí contuvieron a los ancestros de Atila durante tres siglos. Hoy ya no hay peligro en explorar el río por barco, o en bicicleta a través de una de las mayores sendas turísticas para cicloturistas del mundo. El carril bici empieza en Ulm y llega hasta Budapest. Se puede visitar también por tren, pero lo más fácil es hacerlo en coche. Si se va desde Viena, en Sant Polken hay que dejar la autopista. Aunque el lógico recorrido por Wachau debería empezar en Melk.
La abadía benedictina de Melk, creada hace 900 años, es una de las más importantes de Europa, un centro intelectual de primer orden, un prodigio barroco. Con sus tonos amarillos dorados, sobresale como una fortaleza en la orilla sur del Danubio. Hay que dedicarle a Melk, al menos una mañana. Hay que pasear por sus reales aposentos, contemplar sus joyas artísticas, disfrutar de su imprescindible biblioteca, cruzar sus patios, subir las espectaculares las escaleras más propias de un palacio que de un lugar de recogimiento, solazarse con un sorprendente paisaje y disfrutar de un concierto de órgano en su extraordinaria iglesia, con sus dos espigadas torres y su imponente cúpula.
En Melk se inicia el recorrido por el valle. Tras la abadía, cruzado el puente, pronto encontramos Durstein, un lugar conocido porque en su castillo, del que sólo quedan ruinas, el rey inglés Ricardo Corazón de León permaneció, a su vuelta de las Cruzadas, varios años prisionero por orden del margrave Leopoldo V de Babenberg. Después se llega a Spitz, villa tranquila de hermosas casas. Tras pasar por dos pueblecitos más en los que destacan su encanto, se llega a la pequeña ciudad de Krems, con sus calles medievales en pendiente, silenciosas y aletargadas cuando llueve, y sus cuidados edificios históricos. Es el corazón de Wachau, junto con la vecina Stein. En su momento ambas fueron un centro fluvial y comercial de primer orden. En la actualidad, la decadencia se palpa en sus calles y plaza y en sus muelles sólo embarcan turistas. La abadía de Gottweig, también benedictina y fundada en 1087, y no menos espectacular y barroca que Melk, cierra el hermoso paseo por la ribera norte del maravilloso Danubio, mucho más interesante que la sur, a excepción de Willendorf, donde se encontró, a principios del siglo XX, la venus que lleva su nombre, una escultura prehistórica, una diosa de la fertilidad, fechada hace 25.000 años, una pieza de gran importancia arqueológica que se puede ver en el Museo de Historia Natural de Viena.
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Periodista
Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO
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