Reseña
Andrew Anthony: El desencanto. El despertar de un izquierdista de toda la vida
domingo 19 de julio de 2009, 11:52h
El 11-S es considerado por muchos como un punto de inflexión que marca el fin de una era y el principio de otra.
El 11-S es considerado por muchos como un punto de inflexión que marca el fin de una era y el principio de otra. Y para Andrew Anthony, cuya esposa estuvo a punto de perecer en una de las torres, supuso además un punto de inflexión que le obligó a replantearse sus códigos de conducta personales y profesionales. Hasta entonces había sido un buen izquierdista inglés, y solía escribir en periódicos liberales hasta la publicación de este libro, El desencanto, que le ha costado numerosas críticas. Nótese que el libro está escrito para Inglaterra –de ahí la diferencia de matiz que “liberal” tiene con respecto a España–, pero ciertamente muchos aspectos son extrapolables a la sociedad española.
El relativismo moral al que se recurrió tras el 11-S, al igualar a víctimas y asesinos, es el origen del cambio de mentalidad de Anthony, que comienza el libro relatando su vida, y analiza el antiamericanismo de la izquierda, que llevó a los liberales ingleses a condenar el “Macarthismo” –que no condujo a nadie al paredón– mientras alababan el “Gran Salto Adelante” de Mao –que costó millones de vidas en China–, conductas de las cuales Anthony se confiesa cómplice y culpable.
En la segunda parte del libro relata algunos de los hitos de la intolerancia islámica dentro de Europa, especialmente molesto con la reacción, floja y miedosa, de muchos escritores occidentales que se han limitado a verlos como una controversia entre iguales.
Para Anthony esto es fruto de un multiculturalismo mal entendido, de vía única, en el que una sociedad se ve obligada a retractarse de todos sus valores con el único fin de que una parte de ella, aun no integrada, se sienta cómoda sin ceder nada; multiculturalismo para el que Occidente nunca tiene la razón, ni el derecho al beneficio de la duda, mientras que el Islam cuenta con todas las prerrogativas.
Por Ana Collado Jiménez