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El juego del diálogo social

viernes 24 de julio de 2009, 00:27h
La teoría de una política democrática es relativamente sencilla: el gobierno lidera la iniciativa política, pero tiene que someterse a las deliberaciones, control y fiscalización del Parlamento ante de convertirse en ley. Son el Ejecutivo y las Cámaras, ambos elegidos democráticamente, los depositarios de la voluntad popular, los que realizan las políticas. Pero lo que vemos que está pasando en España es cosa bien distinta: son los llamados “agentes sociales” quienes acuerdan la política, arbitrados por el gobierno. Esta forma de actuar, con todos los elogios que pueda merecer, pertenece a otra teoría, eufemísticamente llamada “democracia orgánica”. Hoy, bajo el nombre de “diálogo social” es uno de los ejes del Gobierno.

Este miércoles, se escenificó una de las escenas del tal diálogo en una cena en la casa del Gobierno y de su Presidente, a la que asistieron los representantes de los dos sindicatos mayoritarios (aunque no los únicos representativos) y los de los empresarios. Los comensales se enfrentan a un problema muy grave, por más que el genio incomparable del Gobierno para distraer a la opinión pública parezca haberle dado un respiro; nos referimos, claro está, al paro.

El Gobierno, que no es capaz de asumir una política eficaz y defenderla en el Parlamento, se esconde bajo el manto del diálogo social. Pero, llegado el momento, tampoco es consecuente. No se limita a arbitrar lo que pueda resultar del diálogo entre estas dos fuerzas sociales, sino que está dispuesto a imponer sus propios criterios. No coinciden con los de la patronal, de la que, todo lo indica, sólo quiere el visto bueno para su propia forma de hacer las cosas. Así, no tenemos ni una verdadera política económica ni un diálogo social.

Todo ello entra dentro del terreno que el Gobierno, y José Luis Rodríguez Zapatero, conocen bien y manejan a la perfección: el de los juegos políticos. Pero, sin negar el enorme poder del envoltorio ideológico de la realidad, lo cierto es que ésta es tozuda y en el caso del paro, muy dura. Los meses corren, el ciclo económico desata sus inexorables procesos y, más allá del temporal respiro estival, el paro está abocado a crecer este año, el que viene y, en el peor de los casos, incluso el siguiente. Y lo cierto, es que el Ejecutivo no está tomando un curso eficaz para atajar el problema. Llegará el punto en que ni sus juegos malabares serán suficientes para atraer la confianza de los ciudadanos.
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