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Envidia de Catalunya

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 10 de agosto de 2009, 20:14h
Una exacta o, al menos, justa relación de Catalunya con el resto de la nación de la que, fue y será porción principal, exige colocarla siempre al margen de los avatares de la actualidad, por determinantes o espectaculares que se ofrezcan a los ojos del observador presencial por escrutadores que sean. Claro es, sin embargo, que en las sociedades de masas hay que contar indeficientemente con una excepción que corre en Europa a cargo del fútbol… En efecto: sin salvedad alguna, en todos los países del Viejo Continente, los desfiles conmemorativos de las hazañas de sus más cualificados equipos a escala europea revisten caracteres multitudinarios y de apoteosis popular en las capitales de sus clubs. Cuando éstos se han impuesto en los tres torneos principales del organigrama balompédico –proeza sólo lograda a la fecha por dos-, cabe imaginar sin mayor esfuerzo el desarrollo de tales celebraciones.

Pero en el antiguo Principado el diapasón del acontecimiento no resulta únicamente reseñable por su amplitud sino también y más aún por su intensidad, de una naturaleza, en verdad, singular, por cuanto se manifiesta como relevante expresión, ante la mirada de miriadas de gentes de todo el planeta, de fer pais... Y a tan plausible actividad, especialmente en los que tiempos que atravesamos, de fragilidad y aventamiento de la herencia histórica de dos –Inglaterra y España- de las tres naciones que iniciaron bajo la soberanía del Estado la ruta por la modernidad de la civilización occidental, se entregan hodierno, en un surco labrado por los siglos, los hombres y mujeres de la comunidad social e intelectualmente más avanzada de la Península Ibérica –Portugal, por supuesto, incluida-. Por encima de lógicas diferencias en la política cuotidiana y de opciones variadas en cuestiones de pensamiento, todos los estratos de la colectividad catalana descubren en su quehacer un peraltado deseo de adelantarla por los caminos del desarrollo. Mediante la aplicación constante del lema de los pueblos rectores de la humanidad, los catalanes conjugan envidiablemente los conceptos de tradición y progreso, pasado y presente, al servicio de un planteamiento incesablemente regenerador y reformista de la actuación de su pueblo en la Historia. Nunca, en verdad, debieron apelar sus núcleos dirigentes a razones de memoria e identidad para mantener la permanente fluidez de su sentimiento colectivo y la solidaridad de acción en pro de un papel descollante a todos los niveles y escalas, nacionales e internacionales. En todo instante, en el trabajo como en el ocio creativo, el catalán experimenta la sensación de “hacer país”, con la consiguiente plenitud, por la idea de trascendencia que implica, que un talante y un estado de ánimo así configurados comportan.

Naturalmente, una idiosincrasia de tales notas ha de discurrir entre equilibrios innumerables para no desembocar en posiciones estériles. El calendario de la actualidad española implica, desde luego, un desafío de magnitud innegable para la preservación del fecundo diálogo a uno y otro lado del Ebro y de la empresa de Cataluña en el conjunto español. El envite, conforme a la enseñanza de la Historia, acabará por solventarse a favor de una convivencia tan provechosa como larga., que nada –fracturas, disfuncionalidades, desmayos, atonías- ni nadie –políticos adocenados, camarillas palaciegas, intelectuales mitómanos- pudieron jamás romper.

Entretanto, qué sana envidia despierta en muchos de los mejores espíritus del país –en este caso, del español entero…- comprobar cómo, a la altura del siglo XXI y en un solar acendrado de la vieja Europa, es posible y casi espontáneo cumplir misiones y trabajos con honda y reconfortable vivencia de esfuerzo solidario y afán, compulsivo y animoso, de sumar.
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