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La ejemplaridad pública de las estrellas del deporte español

martes 18 de agosto de 2009, 20:14h
Alberto Contador ha ganado el Tour de Francia. Esa era la noticia del fin de semana de julio. Pero mi comentario no pretende glosar la entraña deportiva de esta victoria sino invitar a compartir una reflexión con los lectores de El Imparcial sobre la ejemplaridad de las declaraciones y de la conducta de Contador durante las semanas que ha durado la prueba, no solo como prueba de su talante personal sino como una nueva y feliz credencial de la ejemplaridad de la gran mayoría de los deportistas españoles de los últimos años. Y si Contador ha demostrado su categoría deportiva subiendo los colosos alpinos y pirenaicos aguantando una tras otra las malas artes de un deportista que como Amstrong tanta admiración producía ha demostrado una extraordinaria categoría humana y una ejemplar conducta.

Pero hablar de Contador es hacerlo del último deportista español de elite, pero esa conducta parece ser una característica común de otros muchos deportistas que en los últimos años han conseguido tantas victorias morales como deportivas. Porque aludir a Rafael Nadal es hacerlo de un deportista excepcional, generoso, ambicioso y agresivo en la pista pero cálido, entrañable y modesto en su grandeza de la victoria y de la derrota, que admira a su mayor rival Federer y que ha aprendido a sonreír y a sufrir desde niño gracias al tenis. Pese a que tiene sus detractores, Fernando Alonso, ha demostrado en sus ocho años de liderazgo en la Fómula 1, la más dura competición deportiva, que ha sabido estar a la altura del éxito en los años de victoria y que sabe mantenerse contenido y razonablemente optimista y realista en la amargura de las derrotas, o en la impotencia de la rivalidad tecnológica.

Si nos retrotraemos a Miguel Induraín, la ejemplaridad fue total pues su estilo austero, sufrido y parco hizo furor en un deporte tan exigente como sacrificado. Tan ejemplar fue que consiguió que no le bautizaran Mikel los que no perdonan ni la vida. La atleta Marta Domínguez es un prodigio de sensatez y de humanidad y cada vez que habla se nos ensancha el corazón de su categoría. Cuando se baja de la moto Dani Pedrosa y le preguntan los periodistas contesta con tanta flema como si hubiera nacido en la isla de Man y el mismo Lorenzo, más chulito, demuestra que a 300 km/h. no pierde la compostura juvenil.

Y con esos ejemplos, que casi son demostrativos de un talante general del deporte español me pregunto ¿Dónde han aprendido estos verdaderos lideres de nuestra sociedad a comportarse con esa elegancia? ¿En qué escuela les han dado esta educación para la ciudadanía cuando la mayoría son nacidos en los años ochenta? ¿cómo es posible que haya menores que sean portadores de valores gracias al deporte cuando ni una televisión-ni pública ni privada- es portadora de valores? ¿Cómo es posible que en un mundo mediático donde triunfan los arribistas sin escrúpulos, las meritorias del amanecer y las reveladoras de secretos sexuales de famosillos, hayan podido abrirse camino gigantes de la convivencia como el Respeto, la Tolerancia, la Educación, la Deportividad? No creo tampoco que Nadal haya aprendido todos esos valores escuchando a los políticos de este tiempo, empeñados en usar la falsedad como gran argumento, la descalificación moral como carta de presentación y el desprecio por la formación humana como mejor forma de someter a los súbditos. Tampoco creo que Gasol, Casillas, Xavi o Iniesta se hayan formado como los hombres que son viendo La Noria o escuchando las bondades de la Alianza de Civilizaciones. Y ya que hablo de Gasol, y de dos futbolistas del Barcelona, la ejemplaridad va añadida al hecho de que además su mensaje honesto, de majeza y sanidad mental tiene que sortear la infantil apropiación que de su nacionalidad e identidad hacen quienes ven el deporte como un símbolo de la diferencia y no de la integración.

Si yo fuera sueco, francés o australiano, pensaría que los españoles son como Contador, Nadal, Alonso, Gemma Mengual, Raúl, Iniesta o Casillas. Y haría bien, aunque desgraciadamente quienes debe ocuparse de la formación de las niñas y niños del futuro sean de los que “comprenden” las violaciones a menores, la basura televisiva, la violación de otros derechos, la venganza histórica como arma política, la abdicación de valores tradicionales como muestra de modernidad sin alternativa, la falta de exigencia en las escuelas, la renuncia a la autoridad del profesorado como credencial de un falso liberalismo, y la erradicación del ejercicio de educar en valores sólidos como gran cortafuegos con el que apagar las tentaciones de la juventud, la indolencia, la desidia moral, la indiferencia ante el atropello educativo y la inmoralidad como gran signo de habilidad y pillería para afrontar la vida y sus aberraciones.
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