¿Juventud sin valores?
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
viernes 18 de septiembre de 2009, 19:02h
Últimamente se habla mucho sobre un colectivo al que es muy fácil someter a vagos reduccionismos: se trata de “los jóvenes”. Y lo que más me llama la atención es que presuntos expertos hablen de una supuesta “falta de valores”. Según Guy Rocher, el valor es «una manera de ser o de obrar que una persona o una colectividad juzgan ideal y que hace estimables o deseables a los seres o a las conductas a los que se atribuye dicho valor». Una vez delimitados los conceptos, hablar de “falta de valores” es algo muy serio y probablemente precipitado. Y decir que un colectivo tan amplio padece tal enfermedad social conlleva diagnosticar un grave caso de anomia. Algo me dice que debemos ser más cautos, y no confundir la ausencia de referentes ideales con el hecho de que una población no comparta los mismos valores impuestos a generaciones anteriores.
Ruge desde una confusa alarma social un llamamiento urgente al reforzamiento de la autoridad y la disciplina. Ya que hablamos de valores, he de manifestar que preferiría oír hablar de “respeto”. Eso que llaman democracia también tiene que ver con no escuchar respuestas como “porque sí” o “porque yo lo digo”. Y es que la autoridad, aunque bien puede estar basada en el respeto, también puede ser producto del miedo, la adulación o la ignorancia, y es entonces cuando surgen los autoritarismos, las asimetrías de poder injustificadas y los abusos. Hay quien propone el tratamiento de “Usted”, delimitando, eso sí, quién lo merece y quién no. No sé ni cómo cómo ha podido surgir tal sugerencia, pues da cuenta de lo mal que se está abordando el tema.
Se señala a padres y profesores como el gran núcleo responsable de esta situación, como si fuesen los únicos agentes que influyen en la conducta de los últimos en llegar a la sociedad. ¿Es que acaso no se ven cada día bombardeados por cientos de estímulos diseñados por adultos? Cada vez que en un oficina del mundo se enuncia “nuestro target es la población de 12 a 18 años”, algún grupo de no-jóvenes (usando un criterio muy restringido) se propone influir en el conjunto de valores de este polémico colectivo. ¡Y nadie les dice nada!
Si observamos bien, nuestros televisores vomitan cada día demasiados ejemplos de humillación ajena y competitividad agresiva, dos valores que se filtran en el imaginario juvenil y que no me extrañaría que explicasen, aunque sea parcialmente, algunos de los hechos que desde hace ya mucho tiempo han despertado tanto revuelo. Y espacio me falta para hablar de la confluencia de valores contradictorios.
Parece que se inculpa a padres y profesores de no perpetuar las estructuras de autoridad que pretenden hacer del mundo un lugar incuestionable, de no ser eficaces centinelas. Parece que se desea tener un conjunto de espacios de custodia (del colegio a casa y de casa al ocio regulado a través de centros comerciales y discotecas) que controlan las energías de quienes son un potencial peligro hasta que por fin se conviertan en adultos resignados.
Hablando con adolescentes me he dado cuenta de que muchos de ellos tienen las cosas bien claras. Que no tienen el cerebro “manipulado” ni repiten lemas de forma automática. Pero parece que todo ese potencial creativo queda aniquilado, bien sea por la falta de iniciativas (o su invisibilidad), o por la imposibilidad de un margen de acción, la inexistencia de canales de comunicación, etc.
La mercantilización de las relaciones sociales deriva en la presunción de que todo pasa por el mercado. La pretensión exhaustiva de los estados supone que nada quede al margen de éstos. Y ello genera una “guerra” de espacios y competencias. Esto se agudiza en el caso de los jóvenes, cuya capacidad de razón queda cuestionada y sus posibilidades de llevar a cabo iniciativas se dificultan. Existen demasiadas barreras burocráticas para el uso del espacio, mientras ciertos actores privilegiados pueden ocuparlo para promocionar sus productos. Es una gran contradicción que a un joven se le persiga por hacer un graffitti mientras las agencias publicitarias ocupan de forma impune el espacio público con sus mensajes.
Los medios pueden acabar generando imágenes muy simples: no todos los jóvenes son unos borregos irracionales. Además, para ganarse el respeto de alguien hay que merecerlo, y teniendo en cuenta cómo han gestionado el mundo las generaciones anteriores, me gustaría pensar que las más nuevas no quieren seguir sus pasos.