Washington marea la perdiz
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 21 de septiembre de 2009, 15:33h
Es harto probable que la decisión de la administración Bush de construir en Polonia y en la Republica Checa un sistema de defensa antimisiles para prevenir ataques iraníes estuviera además pensada en función de Rusia y de sus veleidades expansionistas neosoviéticas. Era difícil imaginar, y todavia lo resulta, que los mullahs atómicos decidieran arriesgarse a su propio exterminio con una politica de agresión tan osada, suicida y tecnológicamente difícil. Aunque en esto de los dictadores nunca se sabe: los norcoreanos ya llevan tiempo experimentando cohetes capaces de volar por encima de Japón. Que Moscú, en cualquier caso, se sintió en el ojo de mira quedó bien patente desde el momento en que, al estilo de los viejos tiempos, aunque con algo menos de seguimiento, montara la correspondiente campaña de quejas y acusaciones contra el Occidente en general y contra los Estados Unidos en particular, unos y otros descalificados al padecer una paranoia antirusa –lo que antes se conocía entre los medios de la izquierda mundial por “antisovietismo primario”-.
Pero los americanos no cejaron en su intento y tras meses de conversaciones y negociaciones en el seno de la OTAN y con los gobiernos de Varsovia y Praga, y tras no pocos desgastes sufridos pos sus aliados y amigos, el esquema quedó aprobado y previsto el despliegue de interceptadotes –no muchos- y de radares de seguimiento –tampoco demasiados- en el territorio de las dos repúblicas ex socialistas. El sistema quedaría completado con despliegues similares en California y en Alaska. El conjunto trataría de impedir que misiles iraníes de largo alcance, eventualmente con cabezas nucleares, pudieran amenazar a los Estados Unidos o al territorio de sus aliados en Europa, en el Medio Oriente o en Asia.
La administración Obama, sin poner en duda el legado de su antecesor sobre el riesgo y la amenaza de los iraníes, acaba de decidir la anulación del despliegue con el argumento de que la amenaza previsible no provendría de los misiles de largo alcance sino más bien de los de corto y medio, mejor cubierta, dice, por el despliegue de unidades navales en el Golfo Pérsico y en el Mediterráneo. Aunque lo sorpresa es relativa –miembros del equipo Obama venían poniendo en duda la necesidad del despliegue previsto- no lo es el sentimiento de frustración que en estos momentos invade la atmosfera política en Polonia y en Chequia y la convicción generalizada en otros medios de que el Washington demócrata no he tenido empacho en poner en dificultad a sus aliados y amigos con la esperanza de conseguir una de sus aspiraciones programáticas: mejorar las relaciones con la Rusia post soviética y tratar de obtener su apoyo en el Consejo de Seguridad para aprobar nuevas sanciones en contrea de Teherán. Los rusos, por boca de su ministro de asuntos exteriores, acaban de anunciar que el Consejo de Seguridad –es decir, ellos- no está en condiciones de aprobar nuevas sanciones contra los persas enturbanados. Quienes, por su lado, se apresuran a comenzar con los occidentales la enésima ronda de negociación sobre la nada. Moscú ha recibido la noticia del desmantelamiento del sistema antimisiles como un reconocimiento a la razón de su queja, no como una concesión necesitada de contrapartidas.
Los Estados Unidos, como en su momento Roma, han ido construyendo un sistema global de alianzas basado más en el consentimiento que en la imposición. Ese es un sistema complejo que suma la libertad de los componentes a la fortaleza de la potencia dominante, entre otras razones definida por su capacidad para defender los intereses de los asociados y prestar adecuada garantía en contra los riegos eventuales que pudieran amenazarles. Ello tambien permite depositar en el poder imperial una significativa capacidad armamentística, al tiempo que se reduce en los elementos individuales de la alianza. Pero si el hegemón duda de sus capacidades y prefiere pactar con los adversarios a reafirmar los compromisos con los amigos, el desamparo puede alcanzar niveles altos de frustración política y no menos significativos en los rearmes nacionales. A lo mejor los planificadores militares de la administración Obama tienen razón y no hay resquicio para la sospecha, pero es evidente que no es eso lo que muchos piensan en Varsovia, en Praga, en Moscú o en Washington. Los mas escépticos dirán que, a la postre, Washington no ha hecho otra cosa a lo largo de su historia. Los más críticos lo cargarán a las administraciones demócratas poseídas por el síndrome Carter. Y es que en la percibida debilidad del grande el conflicto toma carnalidad. ¿Habrá tenido tiempo Obama para meditar sobre la decadencia del Imperio Romano?
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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