crítica de "LULU"
Cruz de navajas por una mujer para inaugurar la temporada del Teatro Real
martes 29 de septiembre de 2009, 16:07h
La primera velada de ópera de una nueva temporada supone siempre el olvido inmediato de la anterior, pero anoche, en la mente de muchos aficionados, estaba demasiado presente la obra de Mozart que en julio se encargó de marcar el inicio de las vacaciones estivales en el coliseo madrileño. Poco tienen que ver Las Bodas de Figaro con Lulu. Aunque ambas hablen, cómo no, del amor, si la primera encara las “miserias” de este sentimiento universal con humor y picardía, la segunda, se mete de lleno en la humillación e indignidad en las que se puede caer por culpa de pasiones desesperadas. Sin embargo, el contraste que se vivió anoche no era, por supuesto, debido a la comparación de dos obras tan musical como conceptualmente apartadas.
Si en julio, lo más extraordinario a la hora de escribir la crítica fue destacar que había sido Emilio Sagi, director de escena, el más aplaudido de todos los que subieron al escenario, para la de anoche, toca decir que fue la escena y su director a quienes quiso castigar un público al que no habían convencido.
De modo que se inicia la temporada igual que se acabó, con el apartado escenográfico centrando la atención de esta primera producción. Para Lulu, una ópera extremadamente compleja y oscura, basada en dos obras del inconformista y controvertido dramaturgo alemán Fran Wedekin, el director de escena Christof Loy ha querido que nada, ni siquiera los colores, pudieran distraer la atención de la música y el drama que se representa. Vestidos de un riguroso blanco y negro, en un escenario que parecía más grande que nunca, los intérpretes no contaban con más elementos que su propia actuación. Sólo una mampara semitransparente y las armas con las que se daban muerte los personajes ponían la parte material de la escena. Y el rojo de la sangre que brotaba de las heridas y manchaba las ropas y las manos de los cantantes, era el único toque de color en una escena tan fría como incomprendida por la mayoría del público, que mostró su rechazo de las dos únicas maneras que parecían posibles: abandonando sus localidades, especialmente después del segundo entreacto, o con algunos abucheos al final, discretos pero perfectamente reconocibles.
Lulu, como ya se anunció durante su presentación, es una ópera difícil que, por eso mismo, no se representa con frecuencia, pero también uno de esos títulos del siglo XX que ya parecen indispensables en cualquier teatro de ópera que se precie. Así es que, aunque exista el riesgo de que el público no se sienta implicado por el drama expresionista de Alban Berg ni por el lenguaje dodecafónico de su música, el dilema es cómo dejar fuera este título, especialmente cuando la nueva temporada se anuncia como un histórico recorrido por la ópera a través de sus figuras femeninas. Parece claro ahora que, quizás, una producción de estética expresionista habría caldeado la fría acogida que anoche recibió por parte del público madrileño, que, en todo caso, sí premió la impecable interpretación de la joven soprano sueca Agneta Eichenholt, que debutó el papel en Londres en esta misma coproducción del Covent Garden y el Teatro Real.
Tres horas sin descanso dando vida a Lulu, una mujer fatal, auténticamente destructiva, que constituye el rol estelar de la ópera y que representa un enorme desafío vocal y físico, incluso para las intérpretes más dotadas, ya que exige una soprano de amplia tesitura, capaz de cambiar continuamente de registro según los innumerables estados de ánimo por los que atraviesa la protagonista. Junto a ella, también merecidos los aplausos que recibió la mezzosoprano Jennifer Larmore, que encarnó con profunda autenticidad al único personaje que ama a Lulu sin exigir nada de ella y que, a pesar de la desesperación que comparte con los demás seres que buscan el amor en quien no es capaz de darlo, mantiene viva la esperanza.