La iglesia de los Jerónimos de Madrid ha acogido este miércoles la representación del auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca “El Año santo en Madrid”. Ante un auditorio a rebosar, la joven compañía delabarca repite mañana una acción dramática que llama a meditar sobre la lucha constante del hombre consigo mismo por superar vicios y pecados.
Los protagonistas del auto sacramental de
Pedro Calderón de la Barca “El Año santo en Madrid” no tienen nombre ni apellidos: son el Pecado, la Gracia, el Hombre, el Albedrío, la Lascivia y las Virtudes. Este miércoles y mañana, la
compañía delabarca lo representa en un escenario de excepción, la iglesia de los Jerónimos de Madrid, donde da cuenta de un talento joven que se atreve con un texto del gran dramaturgo del Siglo de Oro.
Con una adaptación a cargo de
Nuria Alkorta y un extenso equipo artístico y técnico, la obra adquiere su máxima representatividad gracias a una cuidada iluminación y a la musicalidad aportada por el órgano del templo. La puesta en escena pone de manifiesto la atención prestada a los detalles. Ha sido cuidado el diseño de utilería, a cargo de Javier Chavarría; el de
vestuario, responsabilidad de Elizabeth Wittlin Lipton; o la
dirección musical, de Guillermo Bautista. Además, la representación cuenta con asesores especializados como el
literario y artístico, Antonio Regalado; el de lucha escénica, Mon Ceballos; y el de voz y verso; Concha Doñaque.

Bajo el retablo del templo madrileño, dos disputas toman protagonismo: la del
Pecado y la Gracia, y la del
Hombre consigo mismo. Las calles de Madrid conforman el hipotético escenario de una escena en la que el Hombre se debate en el eterno dilema de los vicios o el decoro. Ayudado por el Albedrío, virará su destino para dirigirse hacia el deseo y los placeres a riesgo de perder el sentido de su peregrinación. Pronto, el Pecado, la belleza de
Lascivia y los siete Vicios introducen al Hombre en un aparente camino sin retorno. Pero mientras el Pecado se jacta de su aparente victoria, la Gracia intercede ante el Oído y la Iglesia y obtiene la concesión de un Año Santo en Madrid. El Hombre, hastiado de sus Vicios, implora el auxilio de la Gracia de Dios. La Gracia demuestra así por fin al Pecado el triunfo de la Iglesia y del Hombre.