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Crítica

[i]Ágora[/i]: Amenábar, al rescate del cine español

sábado 10 de octubre de 2009, 19:26h
Desde que Alejandro Amenábar sorprendiera a todos en un ya lejano 1996 con su genial ópera prima, Tesis, con la que obtuvo el Goya a la Mejor Película y al Mejor Director Novel, sus sucesivos trabajos han sido siempre objeto de una considerable expectación por parte de la crítica y, especialmente, del público, que ha acudido fiel a las salas para ver sus películas, incluso aquellos que tienen como máxima la de no pagar una entrada para ver cine realizado en nuestro país. A pesar de que siempre ha ido superando el listón, cada vez más alto, que él mismo se ponía con cada nueva cinta, su carrera ha ido avanzando con un ritmo inteligente y muy firme.
Desde que Alejandro Amenábar sorprendiera a todos en un ya lejano 1996 con su genial ópera prima, Tesis, con la que obtuvo el Goya a la Mejor Película y al Mejor Director Novel, sus sucesivos trabajos han sido siempre objeto de una considerable expectación por parte de la crítica y, especialmente, del público, que ha acudido fiel a las salas para ver sus películas, incluso aquellos que tienen como máxima la de no pagar una entrada para ver cine realizado en nuestro país. A pesar de que siempre ha ido superando el listón, cada vez más alto, que él mismo se ponía con cada nueva cinta, su carrera ha ido avanzando con un ritmo inteligente y muy firme.

Por eso, después del éxito internacional de Mar adentro refrendado con el Oscar a la Mejor Película de Habla no inglesa, el desafío era, sin duda, de una gran envergadura. Y el director español, con esa calma y seguridad que le caracterizan, se puso manos a la obra para crear el que es el filme más caro de la historia del cine español, 50 millones de euros, que ha administrado en un proyecto de carácter internacional rodado en inglés, porque en sus propias palabras: “es bastante suicida pensar que un proyecto así se pueda plantear desde España, rodado en español y sólo con actores españoles y después pretender recuperar lo que ha costado”.

Fotograma de la película


En una industria cinematográfica como la nuestra, que, según los últimos datos, en el verano pasado apenas había atraído a poco más del 10% de los espectadores y acostumbrada, por tanto, a subvenciones que nunca llegan a recuperarse, que el director de 37 años, plantee sus proyectos con una mentalidad así, ya dice mucho de su trabajo. De sus películas, Amenábar siempre dice que son las que a él como espectador le gustaría ver en un cine, es decir, películas con clara aspiración a gustar a la mayoría del público. De forma que el director de Ágora se mueve con equilibrio y pulcritud entre esos dos extremos que, salvo en su caso, parecen tan difíciles de reconciliar: el del autor al estilo europeo y el del creador de grandes productos comerciales a la americana.

Ágora es, sin duda, una cinta de acción, muy espectacular, con planos que recuerdan a las grandes películas épicas de romanos, que mira con interés y rigor hacia una época concreta de la historia y que supone una clara denuncia contra toda clase de intolerancia, en este caso, la religiosa, demostrando lo que ha sido una constante en la historia del hombre, que los oprimidos se convierten en opresores cuando alcanzan el poder y que el más sensato y pacífico siempre queda acallado por los gritos de los más violentos.

Es el acercamiento a la convulsa Alejandría del siglo IV a través del personaje real de Hipatia, interpretado de forma impecable y elegante por la británica Rachel Weisz, una matemática, astrónoma y filósofa asesinada en marzo del año 415 por un grupo de cristianos y convertida en una especie de mártir del paganismo, en un símbolo de la libertad de pensamiento. Además de la luchas de poder entre las distintas facciones de Alejandría, la acción dramática gira en torno a los amores frustrados de Davo, el esclavo de Hipatia, y de Orestes, hijo de una distinguida familia que acaba siendo gobernador de la ciudad. Ambos están profundamente enamorados de la filósofa, quien, sin embargo, no muestra más interés que el de una leal amistad, ya que para ella lo esencial es su búsqueda intelectual. Pero a través de estos hombres se construye la historia de ella y su defensa de lo que podría llamarse una trascendencia laica, alejada de la creencia en cualquier tipo de Dios.

Rachel Weisz encarna a Hipatia

Amenábar, ya criticado anteriormente por los aspectos morales de Mar adentro y que nada tenían que ver con la innegable calidad artística del filme, vuelve con Ágora a verse envuelto en una crítica que mira lo que cuenta y no cómo lo cuenta. Pero tanto la historia de Ramón Sampredo como la de Hipatia son reales y aunque el director se confiesa un ateo educado en el catolicismo, asegura que lo que quiere destacar es, precisamente, la libertad para rebatir o discutir las ideas y creencias sin hacer uso de la violencia. Aún así, la cinta ya ha levantado polémica en Italia, donde circulan rumores que aseguran que existe una presión del Vaticano para que la cinta no se distribuya en aquel país. Desde la Santa Sede se han apresurado a desmentirlo, asegurando que si no se estrena en Italia será, en realidad, por razones comerciales, porque en el país transalpino los filmes históricos no tienen mucho predicamento.

En todo caso, la recreación de la Alejandría que vivió Hipatia alumbrada por Amenábar tiene como resultado un cuidado filme, con personajes muy perfilados y bien interpretados, salvo en el caso de Davo, que a pesar de su importancia en la acción, no consigue convencer del todo con la interpretación de Max Minghella. Las escenas épicas, en las que la violencia es siempre la justa, guardan una belleza estética de marcado carácter perfeccionista, a cuyo éxito se une, muy probablemente, el hecho de que los decorados situados en Malta sean completamente reales con los mínimos retoques digitales posibles.
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