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Crítica de Ópera

"La Italiana en Argel": delirante producción con el inconfundible sello de Els Comediants

lunes 02 de noviembre de 2009, 12:00h
Dos de dos. Tampoco en el segundo estreno de la recién inaugurada temporada de ópera en el Teatro Real de Madrid, el aplauso ha sido unánime en el capítulo referente a la puesta en escena.
Si en la Lulu de Alban Berg, una parte del público no estuvo de acuerdo con un escenario vacío y carente de cualquier destello de color, en L'italiana in Algeri, otra parte del respetable, hay que suponer que no se trate de la misma, mostró su descontento, al final de la representación, con la alegre, sensual, abigarrada y colorista propuesta de Joan Font (Els Comediants) con escenografía de Joan Guillén, que sitúa la acción con una estética playera de pretensión intemporal, con guiños surrealistas y provocativos como la presencia de las dos extrañas figuras, guardaespaldas de Mustafa, que, vestidas de negro, con gafas de aviador y pinganillo en la oreja, parecen “pasar de todo” lo que allí sucede y se dedican, por ejemplo, a liar cigarrillos, o puede que canutos, al final de la primera parte o quedan a la vista de todos cuando baja el telón y ellas siguen asando ricas sardinas que degustan con placer.

Lo cierto es que ambas producciones no pueden ser más distintas, pero, a la vez, más adecuadas para cada una de las obras. En el primer caso, un escenario en el que toda la atención del trágico drama se centre en la interpretación de los protagonistas, y en el segundo, una explosión de estímulos visuales, incluido el original vestuario ideado por Guillén, para insistir en lo que el genial compositor italiano nos ha querido enseñar con su obra: que, incluso en los momentos de mayor amargura, siempre es posible esbozar una sonrisa. Porque, aunque la Isabella de Gioachino Rossini y la Lulu de Alban Berg tengan en común la misma facultad de seducir a los hombres, en el caso de Lulu, su poder procede de fuerzas que ella no controla y que, al final, suponen su autodestrucción, mientras que en el de la heroína creada por el cisne de Pésaro, capaz de atravesar un mar atestado de piratas para rescatar a su amado, el esclavo Lindoro, sabe muy bien lo que quiere de los hombres en cada ocasión y cómo conseguirlo.

Y es que las féminas de Rossini son siempre mujeres de armas tomar, que muy poco tenían que ver con las heroínas operísticas que ocupaban los escenarios hasta entonces y, mucho menos, con la actitud de la mujer en la vida cotidiana. Por eso, sus personajes femeninos tienen una enorme consistencia que plantean una vocalidad bastante complicada con un centro rico y timbrado, un agudo firme y un dominio de la coloratura y los adornos. Son, en definitiva, papeles escritos para un tipo de voz de características especiales y que la mezzosoprano búlgara Vesselina Kasarova, la Isabella del primero de los dos repartos que interpretarán esta coproducción del Real con el Maggio Musicale Fiorentino, el Gran Theatre de Burdeos y la Houston Grand Opera, en escena hasta el 18 de noviembre, conoce muy bien, ya que antes de la velada de anoche, ya había interpretado este difícil papel en otras siete producciones distintas, demostrando que sabe dotarle de la fuerza necesaria, en voz e interpretación, para hacer creíble a tan especial personaje.

Muy aplaudidos también, fueron el bajo barítono español Carlos Chausson, que encarna a Taddeo, y Michele Pertusi, el bajo italiano que se metió en el delirante papel de Mustafa, con momentos geniales premiados con las risas que llegaban del público como, por ejemplo, durante su juramento para el gran cargo de “pappataci”, cuyas importantes responsabilidades consisten en “ver y no ver, oír y no oír, con tal de comer y gozar, dejar de hacer y decir”. Su transformación de cruel tirano, que en nada aprecia a la mujer, a humilde escarmentado por la acción de Isabella, es el núcleo humorístico de la divertida comedia que el poeta Angelo Anelli había estrenado en Milán cinco años antes de que a Rossini se le encargara, con carácter de urgencia, una ópera para completar la temporada de los carnavales de Venecia en 1813. Con algunos retoques y ajustes, se completó el libreto, y Rossini compuso la música en sólo 27 días para la que se ha considerado la primera obra maestra rossiniana en el género buffo, una partitura que exalta la fidelidad amorosa y el sentimiento patriótico, plagada de momentos cómicos, y que fue interpretada anoche con absoluta eficacia por la Orquesta Titular del Teatro Real bajo la batuta de Jesús López Cobos, que estos días confesaba sentirse muy ilusionado por poder hacer su primer Rossini en el Teatro Real, antes de dejar su cargo de director musical al final de la presente temporada.
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