A punto de cumplirse 300 años de su estreno en Venecia el 26 de diciembre de 1709, Agrippina, la ópera más teatral del genial compositor alemán, no ha perdido un ápice de su fuerza, su elegancia y su interesante trama en la que se relatan las intrigas para llegar a lo más alto del poder de quien, sin duda, ha sido uno de los personajes femeninos más malvados de la Historia.
Anoche, en la primera de las dos únicas representaciones programadas en el
Teatro Real de Madrid,
Agrippina demostró que sigue estando muy viva. Y quien se dejó llevar por una música de gran fluidez, organizada en torno a las habituales arias da capo, ariettas, arioso, cavatinas, un trío,
un cuarteto y dos coros, seguro que, en algún momento, tuvo la sensación de haber viajado en el tiempo para revivir la armonía y tranquilidad que sólo se respira en las
obras del Barroco.
Por otra parte, a pesar de ser una obra puramente barroca, deja de lado las historias de dioses y demás elementos mitológicos para centrarse en
personajes muy reales y, que movidos por los sentimientos más poderosos como el poder, el amor y la codicia, resultan tremendamente actuales como también lo fueron en el momento de su estreno. Porque, aunque la acción se sitúe en la antigua Roma, la de la decadencia que acabaría por devorarla, lo cierto es que en 1709 toda Europa vivía con intensidad otra lucha por el poder que se asemejaba mucho a la del año 54 d.C. Era la de la Guerra de Sucesión española, que estalló a raíz de la muerte sin descendencia de Carlos II y provocó el grave enfrentamiento entre el Borbón Felipe V y el archiduque Carlos de Austria. Precisamente por tratar un tema muy cercano y, por supuesto, también por
su exquisita música y los escogidos intérpretes, por lo que la obra tuvo un éxito enorme y se mantuvo en cartel 27 representaciones, un hecho del que no se conocían precedentes.

Tampoco falta en
Agrippina una cultivada ironía, con algunos momentos que invitan claramente a la risa y se hace patente que el compositor dejó de lado las intenciones políticas que envuelven el libreto del cardenal Grimani, Virrey de Nápoles y ferviente defensor de los Austrias. Händel, por el contrario, no toma partido y, por eso, nos presenta a los protagonistas con una mirada tolerante, sin juicios de valor. Y así, la madre del futuro emperador Nerón, que nunca dudó en utilizar todas sus argucias para que su hijo ascendiese al trono de Roma, interpretada por
valiosísima mezzosoprano sueca Ann Hallenberg y que dio toda una lección de voz y de interpretación muy por encima de sus compañeros de reparto, está acompañada por una música que ciertamente no nos quiere enseñar a un monstruo, sino, más bien, a una mujer muy segura de sí misma.
Y, probablemente, nadie mejor que el estadounidense Alan Curtis, uno de los más destacados intérpretes de los siglos XVII y XVIII con criterios historicistas, para dirigir con
extremada precisión a la agrupación musical que fundó en 1992, Il Complesso Barroco, un grupo de cámara de jóvenes solistas vocales e instrumentistas, especializados en compositores de aquel fructífero periodo artístico, para dar a conocer al público la interesante partitura de Händel.