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Sistemas malignos

Laila Escartín Hamarinen
jueves 05 de noviembre de 2009, 23:44h
Las personas vivimos dentro de un sistema que no cuestionamos y que damos por sentado. La tierra es redonda; la materia está formada por minúsculas partículas; la energía no se destruye sino se transforma; el ADN rige las características físicas y temperamentales de los seres vivos. ¡Cuánto sabemos comparado con lo que sabían los sabios griegos como Thales o Anaxágoras, o hasta Newton! Es impresionante, y sin embargo, cuán infelices, trastornados y destructivos somos. ¿De qué sirve tanto conocimiento si no sabemos aplicarlo al bienestar psíquico?

El sistema sociocultural en el que vivimos inmersos puede llegar a ser muy nocivo para nosotros, sin embargo, ni nuestros padres ni nuestros maestros en las escuelas nos han enseñado a mirar con ojo crítico ese sistema del cual somos hijos. En la escuela ni en casa nos han animado a ser escépticos ni a desconfiar de la opinión general, más bien nos han enseñado a dudar de nosotros mismos: si no nos adaptamos al sistema, el fallo está en nosotros, no en el sistema.

Una vez en la televisión, hace ya años, a raíz de los pésimos resultados que los escolares españoles dieron en el test PISA, dijo una maestra: ‘es que nuestros chicos no estudian lo suficiente’. Me apenó oírla decir eso, me pareció una persona muy poco inteligente; si la mayoría de los chicos erran, no puede ser un problema de su intelecto (¿o es que los españoles son menos inteligentes que los demás chicos del mundo?), está claro que lo que falla es el sistema.

La ciega confianza y el respeto que se tienen al sistema son peligrosos, adormecen los intelectos, debilitan el sentido crítico y minan la autoestima. Los individuos que rinden pleitesía al sistema no pueden llegar a ser seres fuertemente creativos. El sistema exige obediencia, y la obediencia es enemiga de la creatividad.

Yo estoy convencida de que todos los seres humanos sanos nacen extremadamente inteligentes, y lo son durante los primeros años de su vida. Genios, diría yo. Pero luego la educación (sirviente fiel del sistema) se encarga de destruir con aterradora eficacia la inteligencia y la genialidad de los pequeños individuos, y más aún las de las chicas que las de los chicos –triste tradición del sistema patriarcal, ¿quién quiere una mujer inteligente? –.

Los sistemas existen para simplificar la existencia social de los seres humanos, y deben estar sometidos al constante escrutinio de las inteligencias despiertas y críticas. Enseñemos a nuestros hijos a ser escépticos, a respetar su criterio e inteligencia, y a no someterse a nada que los haga sentir mal. Podemos ser más inteligentes que el anónimo sistema sin rostro.
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