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La patria y la ideología

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 04 de diciembre de 2009, 21:41h
Lo que vemos en Europa a partir del siglo XV, cuando poco a poco, step by step, comienzan a surgir los Estados Nacionales, little by little, es que en tanto las cosmovisiones e ideologías han ido naciendo y desapareciendo, a un ritmo de 80/90 años las más longevas y 20/30 años las más efímeras, lo que permanece y perdura, con alguna excepción, es la patria, la Nación-Estado. Diríase que la patria permanece, en tanto que el ropaje ideológico-político con el que se viste la patria coyunturalmente cambia en cada temporada histórica, mucho más breves que los famosos “eones” o “epifanías” de Eugenio D´Ors y Riovira. En ese “catwalk” que es la Historia de las Naciones, cada Nación puede haber lucido distintas indumentarias más o menos resistentes o caducas, pero el cuerpo de la “modelo-nación” es básicamente el mismo, sus medidas y redondeces las mismas.

Por eso entraña una gran traición a la patria el que el patriotismo dependa del albur de estas mundivisiones coyunturales, históricamente situacionistas. Por ejemplo, los comunistas franceses no hicieron nada contra los nazis cuando estos invadieron Francia – incluso algunos notabilísimos entre ellos colaboraron en el gobierno de Vichy en importantes puestos, llegando a tener grandísimo relieve posteriormente, y hasta hubo en sus filas delatores a favor de los invasores ayudando de ese modo a masacrar “la primera resistencia” – y sólo se integraron en el frente de la resistencia “nacional” cuando los alemanes atacaron a la URSS. La caballerosidad – y el cálculo prudente – de De Gaulle hizo que se pasase de puntillas – extremadamente de puntillas – esta infamia contra la patria, pero es evidente que Pierre Laval debió ser acompañado el día de su ejecución por muchísimos más franceses traidores y colaboracionistas, quienes prefirieron servir a través de un gobierno títere a los intereses de una potencia extranjera que encarnaba una ideología intangible que a su propia patria tangible.
Las ideologías pasan, la patria permanece.

Los siglos XIX y XX son testigos también en nuestro país de esa infamia que supone traicionar los intereses patrios por defender una ideología. Ahí está nuestra Guerra de la Independencia, tan soberbiamente estudiada por J.R. Aymes, o la Independencia de nuestras colonias en América, dos magníficos bancos de datos para sacar ejemplos de traición a los intereses permanentes de la patria. Ahí está nuestra Guerra Civil…Pero no entremos en harina so pena de ser aplastados despiadadamente por el martillo de lo políticamente correcto, que pretenden enseñar la Historia de España a golpes de normas ónticas y deónticas publicadas en el Boletín Oficial del Estado. Es así que sabedoras las ideologías de que la patria constituye un límite para sus vidas efímeras, pero de infinita avidez, algunas de ellas últimamente intentan dinamitar la propia patria de la que brotan en la suicida idea de sustituir la patria en su longevidad casi eviterna. Pero esto no deja de ser un suicidio desesperado. Vana es la ideología sin un territorio nacional, sin un pueblo, y la desaparición de la patria es inmediatamente sustituida no por una ideología, sino por una patria nueva. Ningún Estado es apátrida, y la deconstrucción de una patria supone el nacimiento de una nueva o el engrandecimiento de otra ya existente.

Ahora que se celebra con mayor participación de las autonomías más históricas el 31º Aniversario de la Constitución Española podemos incidir en el hecho de que precisamente las Constituciones – desde Dracón, Licurgo, Solón o Carondas – han intentado siempre canalizar las ideologías hacia un horizonte configurado por el interés general, el interés común, la Nación, la patria. Una ideología política que no sirva a los intereses de la patria es puro ruido, un contrasentido, un imposible, un “adýnaton”, constitucionalmente hablando. Pero las Constituciones no son textos sagrados, porque cambian, se perfeccionan, se adecúan a los nuevos tiempos. Lo único sagrado es el colectivo nacional, la patria, a la que toda Constitución sirve en un última instancia.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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