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Crítica

Recital en el Real: Cecilia Bartoli se dejó el alma de los [i]castrati[/i] en el escenario

domingo 13 de diciembre de 2009, 11:45h
Cecilia Bartoli. Foto: Javier del RealSu pasmosa habilidad a la hora de manejar su voz en las tesituras más complicadas y su desbordante energía que tanto la acerca al público, convirtieron la velada en un auténtico lujo para los privilegiados asistentes, que la premiaron como sólo se hace con los auténticamente grandes, con esos artistas que dejan hasta su alma sobre el escenario. Y después de casi tres horas de recital, ni el público se cansaba de ovacionar con auténtico delirio, ni ella de salir incansable a agradecer las muestras de afecto y admiración, aunque las dos últimas veces ya no quedara ningún miembro de la orquesta en el escenario y hasta los más devotos empezaran a aceptar que ya les había entregado suficiente.

Además, el repertorio del concierto de este pasado sábado era muy especial y extremadamente exigente para la artista. Las canciones forman parte de su último trabajo discográfico, que lleva el nombre de Sacrificium, y que constituye un homenaje a los castrati, aquellas voces, con dotes vocales y registros únicos, que fueron muy populares y codiciadas durante los siglos XVII y XVIII, pero que tanto dolor y sacrificio llevaban consigo. En Nápoles, principal fábrica de castrati, el negocio era de tal envergadura que al año se castraba a unos 3.000 niños de las familias más pobres. Pero, en realidad, con suerte, sólo uno de ellos podía hacer carrera. Para el resto, el sacrificio no valía para nada y la mayoría acababa en coros o, muchísimo peor, en prostíbulos o víctimas de suicidio.

Con 8 millones de discos vendidos, todo un hito especialmente en el género de la ópera, Cecilia Bartoli tiene claro que sus metas son ahora, más que nunca, llevar repertorios desconocidos a públicos nuevos y estudiar el pasado para comprender el futuro. Por ello, en este último trabajo ha volcado esa exuberante y arrasadora energía consciente de que el desafío era increíble para una mujer, porque se trata de una música escrita para un cuerpo masculino, cuyos músculos abdominales son más fuertes. Pero no hay más que verla sobre el escenario y conocer la inteligente trayectoria con la que ha estructurado su carrera para entender que son precisamente esos retos, los que le dan la fuerza que acompaña a su prodigiosa voz que sube y baja por las escalas sin dificultad incluyendo los fiatos.

De modo que, crecida en su desafío, ha demostrado a todos que si el público la sigue por el mundo y la aclama cual estrella de rock es porque no hay nada que ella se deje fuera del escenario. Y así, los bravos llegaron casi nada más empezar el concierto, con el aria “Come nave in mezzo all'onde” de Nicola Porpora, maestro de grandes castrati como el mítico Farinelli. Ataviada con un espectacular traje que recordaba a los mosqueteros y del que según pasaba la noche fue desprendiéndose capa a capa, el repertorio alternó, de manera brillante, los momentos más alegres con las arias más graves como la tristísima “Misero pergoletto” de Carl Heinrich Graun, por la que fue intensamente aclamada.

Todo ello, además, sin dejar de destacar a la estupenda orquesta Il Giardino Armonico, de gran prestigio en la interpretación con instrumentos de época, dirigida por Giovanni Antonini, y que pudo lucirse en solitario con la interpretación de oberturas deliciosas como la de Gedeone durante la segunda parte del concierto, que finalizó con bises tan extraordinarios como la conmovedora aria “Lascia la Spina” de Händel, “Son qual nave” de Broschi y “Sposa non mi conocí” de Giacomelli.

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