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Médico… cúrate a ti mismo

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 04 de enero de 2010, 21:50h
Abundan estos días los artículos relativos a Europa con motivo del comienzo de la presidencia semestral española. Es la cuarta vez que España asume ese compromiso y, si la memoria no me falla, en ninguna de esas otras tres ocasiones esa presidencia rotatoria había suscitado tantos comentarios. Algunos de esos comentarios son para troncharse. Precisamente ahora, con una presidencia permanente y dispuesta a tomarse el cargo en serio, como ya se ha preocupado de dejar claro van Rompuy, ha habido quien ha titulado a toda página: “España ya manda en Europa”. La ridiculez no tiene cura en este país nuestro, afectado de una paletería crónica. Hasta ahora, a las presidencias semestrales les ha correspondido poco más que una función de impulso y coordinación que, muy a menudo, quedaban limitadas a lo puramente protocolario. Seis meses dan para muy poco y los presidentes de turno se conformaban con hacer avanzar los planes que ya estaban en marcha y, si había suerte, lanzar alguna idea nueva, siempre que fuera del agrado de los grandes y cuya financiación no resultara demasiado cara a los contribuyentes netos. Su limitada eficacia fue lo que hizo, precisamente, necesaria una presidencia con mandato más prolongado y que pudiera mantener encendido “el fuego sagrado” sin interrupciones ni continuos cambios de talante (dicho sea sin segundas intenciones). Con este pie forzado, los presidentes de turno se limitaban a hacer más bien poco en Bruselas y aprovechaban la ocasión para “barrer para dentro”, en el doble sentido de conseguir lo que pudieran para el propio país y utilizar el semestre para sacar pecho ante los ciudadanos de casa. Usar los temas de fuera para hacer propaganda hacia dentro es una vieja fórmula a la que nadie le hace ascos.

Vigente el Tratado de Lisboa, la presidencia semestral pierde mucho perfil, aunque les siga costando una buena pasta a los ciudadanos del país correspondiente. No hay que olvidar que es a él a quien atañe la organización de las múltiples reuniones en que se concreta el semestre, la mayor parte de las cuales se harán en España. Se fomenta así el llamado turismo político y se generan ocasiones que beneficiarán a nuestra industria de hostelería. No todo iba a ser negativo. Pero lo cierto es que Zapatero –como los presidentes semestrales que le sucedan, los primeros los de Bélgica y Hungría, con lo que tiene que hacer trío, otra novedad- no va a presidir nada: El Consejo Europeo -es decir las reuniones de jefes de Estado (Sarkozy) y de gobierno (los otros 26)- las presidirá el citado van Rompuy. Y será él quién elabore la agenda, es decir el orden del día y la relación de temas a tratar. Los que sí presidirán algo, pero bajo el marcaje estricto de la burocracia bruselense, serán los ministros españoles que actuarán como primi inter pares en las sesiones de los Consejos de Ministros que, como se sabe, se reúnen por ramas de actividad. Van Rompuy ya ha dicho que no quiere ver a los ministros de Exteriores en el Consejo Europeo, donde antes asistían a sus jefes. Así que Zapatero perderá en esas ocasiones la inestimable y nunca bien ponderada ayuda de Moratinos. Lo siento por los dos. Moratinos tampoco podrá actuar como le gustaría como cara exterior de la UE porque la baronesa Ashton va a ocuparse de ese menester, con más autoridad incluso que Solana, porque automáticamente es vicepresidenta de la Comisión Europea. Una Comisión que con un Barroso reforzado (otro presidente) está más dispuesta que nunca a hacerse oír. En algo saldremos ganando porque las carantoñas que Moratinos quería hacerle a la dictadura cubana (supresión de la posición común europea sobre la isla propiciada en 1996, ¡horror! por Aznar) no parece probable que le gusten a ni a van Rompuy, ni a la baronesa, ni a Barroso.

Con este complejo telón de fondo es de carcajada escucharle a Zapatero decir que su pretensión es sacar a Europa de la crisis. En primer lugar porque a él, como a cualquier otro en su lugar, le faltan instrumentos para tan elevado empeño, pero, sobre todo, porque si hay alguien que no pueda decir tal cosa en voz alta es el que acaba de confesar que “no vio la crisis” cuando todo el mundo –el mundo mundial que dicen los castizos o el planeta entero como prefiere Pajín- la veía venir porque era cualquier cosa menos invisible. Confundió el foco del tren de la crisis que venía a toda marcha con la linterna de un pastorcillo… y, como es lógico, acabó atropellándonos. ¡Menudo vigía han elegido los españoles! Y, además, porque ¿cómo va a sacar de la crisis a Europa entera el más torpe de los gobernantes del continente, el que, preso de su ideología decimonónica, ha hecho todo lo contrario de lo que aconsejaban no ya el sentido común sino los más acreditados economistas y todas las organizaciones internacionales que se ocupan del asunto y que no hace falta enumerar. Zapatero ha situado a España en el furgón de cola del expreso europeo y no se ha visto nunca que el furgón se convierta de pronto en locomotora: El zapateril optimismo antropológico no da para tanto. Cuando Zapatero aparezca por Bruselas con sus supuestas fórmulas anticrisis, lo más probable es que sus colegas, antes de echar a correr, le digan, bíblicamente: “Médico, cúrate a ti mismo”.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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