reseña
Saul Bellow: El legado de Humboldt
viernes 29 de enero de 2010, 13:46h
Saul Bellow: El legado de Humboldt. Traducción de Vicente Campos. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona, 2009. 632 páginas. 26,50 €
Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg edita una nueva traducción de la novela El legado de Humboldt, por la que Saul Bellow (1915-2005) recibió el Premio Pulitzer en 1976. Galardonado con el Nobel de Literatura ese mismo año, Saul Bellow perteneció a la generación de escritores judíos que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial, tales como Bernard Malamud, Philip Roth o Cynthia Ozick.
Charlie Citrine, escritor, protagonista de la novela y narrador de la misma, vive de un antiguo éxito. El poeta Humboldt von Fleischer, promesa de la literatura, quedará excluido de los círculos intelectuales y su muerte no le dirá nada a nadie. Sin embargo, Citrine ve en él el referente que le puede ayudar a salir de sus problemas, inseguridades y disyuntivas.
Bellow une transcendencia con inmanencia, terrenalidad e idealismo, pensamiento con el devenir cotidiano, rápido, fugaz, extraño. Psicoanálisis, distintos menesteres terrenales, Platón o Artaud, van componiendo los distintos matices que expresa la obra, añadiendo originalidad y autenticidad: “Uno no se hace interesante con la locura, la excentricidad o nada por el estilo sino porque tiene el poder para anular la distracción, la actividad y el ruido que impone el mundo y se vuelve capaz de escuchar la esencia de las cosas”.
Varios personajes van surgiendo a lo largo de la novela, construyendo una línea discontinua que, a fuerza de expresar lo diverso, transmite unidad de sentido a la lectura. Divertida, rápida, inteligente, profunda y superficial, El legado de Humboldt ha pasado a la historia de la literatura del siglo XX por mérito propio.
“No, los muertos están a nuestro alrededor, excluidos del mundo por nuestra negación metafísica de la realidad. Cuando los miles de millones que somos dormimos cada noche en nuestros respectivos hemisferios, nuestros muertos se nos acercan. Nuestras ideas serían su sustento. Somos sus campos de cereal. Pero estamos yermos y ellos mueren de hambre”.
Por Joaquín Fernández Mateo