Al Guernica de Picasso le ha salido un pretendiente de peso. Si hace tres años era el Gobierno vasco el que flirteaba con el lienzo del pintor malagueño para intentar trasladarlo, ahora es el Museo del Prado el que confiesa su interés. La estrategia de la pinacoteca, que amenaza con dejar al Museo Reina Sofía sin su obra cumbre, confirma que la industria del arte no está exenta de intereses políticos y comerciales, para disgusto de los entusiastas del arte.

El negocio del arte se abre paso una vez más con el Guernica de por medio y la propuesta del Museo del Prado de trasladarlo. La larga lista de pretendientes del lienzo de Picasso se engrosa con la pinacoteca como aspirante más fuerte. Otros erraron en el intento, ¿lo logrará el Prado?
Ya lo dijo en 1982 el pintor
Antonio Saura cuando calificó el
Guernica de “cartelón” y de “mercancía que se vende muy bien todo el año”, coincidiendo con la pomposa llegada del lienzo a España procedente de Nueva York. Anticipado a lo que le aguardaba a la pintura de Picasso, Saura supo advertir de la intrusión de la política y la mercadotecnia en el arte y, en concreto, en lo que afectaría al lienzo del pintor malagueño.
El PNV, durante los años al frente del
Gobierno vasco, ha acariciado su traslado, aunque nunca lo ha conseguido. Lo pidió con ahínco hasta que en 1998 un comité internacional de expertos concluyó que el
Guernica no podía volver a moverse por su estado de
conservación. Pero no cesó en su empeño y, en 2006, volvió a hacer público su interés por trasladarlo al País Vasco. Carmen Calvo, por entonces ministra de Cultura, echó por tierra la petición de los vascos con el informe del 98 en mano. Les intentó consolar con que tanto a Japón, cuando se interesó por el lienzo en el 50 aniversario de la bomba de Hiroshima, como a Barcelona, con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos, también se les había negado el traslado, pero no fue suficiente. Tres años después, los peneuvistas aprovecharon el 70 aniversario del
bombardeo de Guernica para volver a reclamarlo, con la misma negativa como respuesta.
Mientras el Gobierno vasco optó por una
estrategia ruidosa con polémicas entre portavoces y ministros, el Museo del Prado se ha decantado por la discreción. Su director,
Miguel Zugaza, admirador confeso del arte contemporáneo, se las ha ingeniado para coquetear de tú a tú con el lienzo de Picasso sin armar revuelo hasta ahora y soñar con exponerlo en el futuro Salón de Reinos, situado en lo que ha sido hasta ahora el Museo del Ejército.
Ante el justificado enfado que podría suscitar en el
Reina Sofía que la estrategia de Zugaza llegara a buen término, la ministra de Cultura,
Ángeles González-Sinde, ha calmado los ánimos y ha confesado que el
Guernica “está muy bien donde está”. Aunque la ministra no cierra puertas a la propuesta del Prado, que califica de “respetuosa, informal y sin ningún carácter vinculante”.
Mientras tanto, el director del Reina Sofía,
Manuel Borja-Villel, no se pronuncia ante una decisión que daría un giro de 180 grados a la oferta cultural de la capital. La razón no es otra que la importancia del lienzo para el museo, que aumenta sus visitas cada año ayudado por el reclamo del
Guernica,
epicentro de su colección, y que de trasladarse dejaría al museo casi desnudo.
Pese a que para la ministra de Cultura la propuesta del Prado “es una más”, lo cierto es que plantea un
pulso de envergadura y no evita que las relaciones se tensen. Si la razón para no trasladarlo al País Vasco en repetidas ocasiones ha sido el informe publicado en el 98 sobre su estado de conservación, ¿no supone también para el Prado un impedimento?
Entre tanto, el alegato de Picasso contra la Guerra Civil cuenta las horas, los días o los meses de un
futuro incierto que beneficiará a unos, perjudicará a otros y desconcertará al resto.