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cumple 30 años en la profesión

El mundo de Agatha Ruiz de la Prada, la reina de corazones de la moda

miércoles 24 de febrero de 2010, 20:10h
Los treinta años de Agatha Ruiz de la Prada dedicados a diseñar le han llevado a entender la moda como una disciplina artística más. Su paleta de colores es amplísima, lo mismo que su imaginación, su ingenio y su intención de no dejar de experimentar.
Definir a Agatha Ruiz de la Prada no es tarea fácil. Durante sus treinta años de trayectoria en la moda, desconcertar ha sido uno de sus pasatiempos. Aunque el color que imprime a las prendas y objetos que diseña le ha querido encasillar, lo cierto es que Ruiz de la Prada no deja de sorprender.

Francisco Umbral dijo de ella que gozaba de una “imaginación cultísima”. Refiriéndose a Agatha, el escritor no andaba desencaminado. Un vistazo a sus colecciones lo confirma: color, formas imposibles y complementos de fantasía, todo aderezado con un toque de optimismo y humor que a nadie deja indiferente.

Pese a que sus desfiles generan “buen rollo”, como ha dicho en alguna ocasión, sus treinta años dedicados a la costura demuestran que lo suyo va en serio. En este tiempo ha conquistado al público español, europeo y sudamericano, y ha coqueteado con el norteamericano. En su peregrinaje en busca de adeptos a su firma no ha pasado por alto el potencial del mercado chino, donde cree que tiene posibilidades porque, según piensa, “el color viene bien en todas partes”.

El surrealismo textil de sus propuestas, como algunos han calificado, sirve de coraza a una mujer que, según su biografía encargada a Dolors Massot, “no lo ha tenido fácil” en la vida. Su persona, más allá de la creatividad del personaje, no ha gozado siempre del optimismo y de la vitalidad que ahora como profesional imprime a su trabajo, del que afirma sentirse “afortunada”.

Temprana inspiración
La influencia de su padre, poseedor de una destacada colección de arte contemporáneo, fue para ella la primera toma de contacto con el arte que iba a desarrollar no sólo sobre la pasarela, sino también a través de retrospectivas en algunos de los museos más importantes de España y Europa, además de probar suerte con el teatro y embarcarse en el diseño de murales para ciudades como Madrid o Santiago de Chile. Entonces y ahora, la diseñadora afirma que el arte contemporáneo, así como sus vivencias son la principal fuente de inspiración de una creatividad que parece no tener límites.

Agatha Ruiz de la Prada antes de desfilar en Cibeles (Foto: Manuel Engo)

Su moda “experimental”, como la califica, no está hecha para cualquiera. Para vestir de Agatha hay que ser atrevido y gozar de buen sentido del humor. Lo dice la propia diseñadora cuando afirma que le “horroriza la gente triste” y lo sostiene con alguno de los retos de los que ha salido airosa como diseñar modelos para mascotas, teléfonos móviles o un pastel, pese a que, dice, no es buena cocinera.

En lo que llevamos de año, Agatha ha vuelto a dar que hablar. En Segovia se estrenó en enero una nueva adaptación de “La Dama Boba” con escenografía y vestuario de la diseñadora, y en Bruselas presentó este mes su obra “Manneken-Pis en pelotas”, emblemática escultura desnuda que por unos días lució un traje de bolas de colores de la diseñadora. Esta semana, Barcelona ha sido testigo de la apertura de su primera tienda en la Ciudad Condal.

Durante la LI edición de Cibeles, que acaba de cerrar sus puertas, la puesta en escena de su desfile acaparó tanta o más atención que sus diseños, que gozan de tantos admiradores como detractores. El paseíllo de las modelos entre conos, con bolsas de la compra y acompañadas por ruido de obras invitó a trasladar la escena al ritmo frenético de una ciudad atestada de andamios, taladradoras y socavones. Una escenografía que le sirvió para presentar una colección dedicada a una mujer práctica que viste leggings de colores, vestidos de grandes volúmenes y faldas geométricas. El raso, el terciopelo y la organza se mezclan con tejidos tecnológicos y ecológicos, como buena militante de Los Verdes, para una mujer libre de ataduras.

Pero no sólo Cibeles ha sido testigo de su forma de entender la moda. Las pasarelas de París y Milán también lo han hecho, a riesgo de hacer pasar un mal trago a la diseñadora, que confiesa que aborrece los aviones y los aeropuertos. Pero el calendario de la moda es así y, pese a que Agatha huya de los convencionalismos, su espectáculo textil debe continuar.
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