La matanza religiosa de medio millar de civiles en Nigeria perpetrada esta última semana ha vuelto a poner de manifiesto el avance del fanatismo islámico en África. El ala más extremista del islam ha conseguido ganar adeptos en toda la mitad norte del continente y ha avanzado hasta lograr una presencia activa y determinante en una veintena de países. Todo esto mientras los dirigentes occidentales ven con temor como Al Qaeda empieza a redirigir su estrategia terrorista desde Asia hacia el Magreb y el Sahel llamando, de este modo, a las puertas de Europa.
El continente africano es la segunda región con mayor número de musulmanes en el mundo. El islam, que en árabe significa "sumisión al testamento de Dios", es la religión mayoritaria del continente, principalmente en su vertiente sufí, donde es seguido por el 45 por ciento de sus habitantes, más de
440 millones de personas. A pesar de que la gran mayoría de los seguidores de Mahoma en el continente africano aboga por una convivencia pacífica y cordial con el resto de credos, lo cierto es que la interpretación más fanática del Corán, como la aplicación de la
sharía (la ley islámica), crece por momentos.
La fe islámica llegó a África de la mano del profeta Mohammad en siglo VII d.C, cuando éste emigró desde la Península Arábiga a Abisinia (actual Sudán), y que, gracias a las caravanas comerciales, las campañas militares y los flujos migratorios, fue poco a poco calando en la mitad norte del continente. A pesar de que la presencia en África del islam es muy antigua, lo cierto es que no fue hasta los
siglos XVIII y XIX cuando empezó a erigirse como la principal religión en la región, logrando, de este modo, una gran influencia social, cultural y política, primero en las zonas costeras y, de manera progresiva, en el interior.
Gracias a este proceso de expansión, hasta quince países cuentan con más del
80 por ciento de musulmanes entre su población y todos ellos se encuentran por encima de la línea del Ecuador. Entre esta lista de países encontramos varios reductos históricos del islamismo radical como Somalia, Mauritania, Mali, Argelia, Níger o Sudán. Estos países dibujan un eje que atraviesa África de este a oeste, desde el Golfo de Adén hasta el océano Atlántico. Es en esta inmensidad, en un infinito horizonte yermo y desértico, donde las células y los grupos afines a Al Qaeda se han hecho fuertes escenificando, de este modo, el cambio de estrategia dentro del macrogrupo terrorista.
En los últimos años, mientras la presión occidental para acabar con el islamismo radical se centraba en
Iraq, Afganistán y Paquistán, Al Qaeda ha ido desplazando de manera gradual sus efectivos y recursos hacia el Sahel y el Magreb con el fin de relocalizar la guerra contra los "infieles". En África, Al Qaeda ha encontrado un territorio enorme donde sus miembros se pueden mover a sus anchas a través de fronteras inexistentes. Asimismo, la cercanía con uno de sus grandes objetivos, Europa, hace que su sombra se alargue mucho más entre la población occidental y su capacidad de atemorizar se incremente.
La gran fuerza magrebí La representación de Al Qaeda en el Magreb y el Sahel corre a cargo de
Al Qaeda para el Magreb Islámico (AQMI). Esta célula surgió como una escisión al movimiento salafista (en árabe, fundamentalista, apelando a la vuelta a los preceptos originales del Corán) encabezado por el Grupo Islámico Armado (GIA), organización que combatió al régimen argelino en un cruento conflicto que dejó más de 150.000 muertos. En 1997, la facción más radical del salafismo decidió separarse y fundar el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC).
En un principio, el GSPC siguió plantando cara a las fuerzas gubernamentales argelinas pero, debido a la falta de fondos y recursos, estuvo a punto de desaparecer. En 2006 el GSPC solicitó la ayuda de la red Al Qaeda pidiendo ser absorbido por ésta. El GSPC se declaró
“vasallo del león del islam”, en referencia a Osama bin Laden, pasó a denominarse Al Qaeda del Magreb Islámico y empezó a recibir grandes cantidades de ayuda, financiación y milicianos provenientes de Afganistán, Yemen, Chechenia o Arabia Saudí.

El debate acerca del verdadero significado de esta alianza es intenso. Por un lado, algunos analistas defienden que el GSPC buscó la ayuda de Al Qaeda con el único objetivo de sobrevivir, mientras que otros expertos aducen que fue la red de Bin Laden la que convenció a los salafistas para que se unieran a su organización con el fin de lograr un aliado estratégico a pocos kilómetros de Europa.
Lo cierto es que, hoy en día, AQMI es la gran fuerza islamista en el Magreb y cuenta con una presencia terrorista muy activa en Marruecos, Argelia, Mauritania, Níger, Mali, y, probablemente, Libia, además de estar creciendo en países periféricos como Túnez, Egipto o Chad. Su líder,
Abu Musab Abdel Wasoud, cuenta con unos 800 milicianos bien armados y entrenados, aunque algunas fuentes cifran ese número en más de 5.000.
Este grupo armado, dividido en células de apenas una veintena de hombres, se organiza en torno a pequeños campamentos móviles que duran pocos días antes de trasladarse por la inmensidad del desierto haciendo muy difícil su erradicación. De este modo, AQMI campa a sus anchas por una extensión
tres veces superior a la de España, sin apenas presión policial o militar y con el apoyo de la población local.
Los últimos informes de los servicios de inteligencia norteamericanos apuntan a que AQMI ha diversificado su actividad delictiva y se ha apropiado de algunas de las rutas de
contrabando, drogas y armas en dirección a Europa, así como de algunos
yacimientos de uranio y petróleo en Níger y Nigeria. A pesar de ello, su principal fuente de ingresos, aparte de las donaciones, es el cobro de rescates de ciudadanos occidentales. En la actualidad, AQMI tiene a una veintena de europeos cautivos entre los que destacan los dos cooperantes españoles, Roque Pascual y Albert Vilalta.
En su último comunicado, hecho público esta misma semana, AQMI advertía a los gobiernos y pueblos del Sáhara de posibles represalias si se mantenía la cooperación con Occidente. “Decimos a todo gobernante de los países del Sahel que el bien de vuestros países y de sus pueblos no estará nunca involucrándose en una injusta alianza cruzada y judía”, señalaba el comunicado. Además, a lo largo del mensaje se defendía la “legitimidad de la yihad librada por los muyahidines en el Magreb”.
‘La puerta sur de Jerusalén’Mientras el Sahel se ha convertido en la gran preocupación en África, lo cierto es que el otro gran foco islámico radical es la zona nororiental del continente, una región que, históricamente, ha dado numerosos quebraderos de cabeza a Estados Unidos y sus aliados.
Para Al Qaeda, la región del cuerno de África es una prioridad absoluta por su valor geoestratégico debido a la salida marítima que representa, tanto al mar Rojo como al océano Índico, y por suponer una cabeza de puente para la llegada de milicianos desde el frente asiático vía Yemen, enclave histórico de Al Qaeda. Además, la red terrorista considera a Somalia ‘la puerta sur de Jerusalén’ y con este reclamo capta milicianos entre las tribus musulmanas locales para que se unan a su grupo regional,
Al Shabaab (en árabe, la juventud), dirigido por Moktar Ali Zubeyr.
A comienzos de la década de los 90, mientras Somalia se desmoronaba por medio de una cruenta guerra de clanes, Al Qaeda aprovechó la coyuntura para establecerse en el cuerno de África donde abrió varios campamentos de adiestramiento terrorista. Estos asentamientos, con el tiempo, se han ido multiplicado y trasladándose a otros países vecinos como Sudán.
La red terrorista dirigida por Osama bin Laden ha aprovechado la debilidad de los gobiernos locales, que apenas tienen presencia en las zonas controladas por Al Shabaab, el fracaso democrático, la alternancia de poderes y la ausencia de controles fronterizos para gozar de una
movilidad casi total en la región. La situación en materia de seguridad en la zona, con una casi nula presencia de fuerzas policiales o militares efectivas, facilita el suministro constante de armas y otros recursos que aprovisionan a los muyahidines para sus enfrentamientos contra el ejército somalí, el sudanés o las fuerzas multinacionales destinadas en la zona. En este sentido, no está claro si la estrategia de Al Qaeda en el noreste africano considera esta zona una meta volante de milicianos y recursos para el frente del Sahel o un objetivo independiente.

Otra de las grandes fuentes de inversión de la milicia de Al Shabaab es el secuestro de buques en el océano Índico como el que sufrió el atunero vasco 'Alakrana' el pasado mes de noviembre. Esta opción, que Al Qaeda practica principalmente en esta zona del mundo por su enorme flujo de navíos y cargueros de bandera occidental, proporciona a las milicias locales una fuente constante de financiación proveniente del pago de los rescates y que algunos expertos llegan a cifrar entre
25 y 30 millones de euros anuales.
A pesar de que comúnmente se engloba en torno a Al Qaeda a todos los grupos armados de la zona, lo cierto es que no todos ellos operan bajo el patrocinio de la red de Bin Laden y su grado de afinidad con la yihad varía notablemente.
Dos corrientes con un mismo finUno de los grandes condicionantes que explican la expansión del islamismo radical en África es la presión a la que se está viendo el sufismo, versión islámica predominante en el tercio norte del continente, ante el avance de las corrientes
wahabíes, en el este y noreste, principalmente, y el
salafismo, en el Magreb y el Sahel. Tanto unos como otros abogan por una “purificación” de la fe islámica volviendo a sus preceptos originales más estrictos.
A pesar de que ambas tendencias son promovidas por los grupos de milicianos que operan desde Somalia hasta Mauritania, lo cierto es que las dos corrientes difieren de forma notable. Mientras los salafistas reniegan de las escuelas coránicas, basando sus creencias en una interpretación directa del Corán, los wahabíes se rigen en torno a la jurisprudencia que emana de estos centros religiosos.
Por otro lado, los expertos apuntan a una serie de condicionantes que han favorecido el asentamiento de estos grupos islamistas en África. El informe
‘Radical Islam in East Africa’, documento elaborado por
RAND para las Fuerzas Aéreas norteamericanas, apunta una serie de factores externos como el renacimiento del Islam como religión de influencia mundial, el proceso de globalización, el auge de organizaciones proislamistas, la expansión de los recursos provenientes del petróleo, el impacto de la revolución islámica iraní y el auge de las redes islamistas internacionales.
Además, el informe también apunta a varios condicionantes internos como la inestabilidad geopolítica regional, el crecimiento local de grupos armados, el sentimiento de acoso que siente el islam por la cultura occidental, el colapso de Somalia, principal reducto terrorista de las últimas décadas, y la campaña militar de Estados Unidos enmarcada en la “Guerra contra el terror”. En cambio, también hay una cierta línea de análisis que apunta a la pobreza, al analfabetismo y al abandono de Occidente tras la época colonial como otros condicionantes para que África se esté convirtiendo en caldo de cultivo de islamistas radicales.
Por otro lado, existe una corriente mayoritaria en la escena internacional que aboga por atajar el problema islamista en África por la vía militar. También se oyen las voces, cada vez más numerosas, que defienden la inclusión de estos grupos fanáticos en los procesos democráticos, políticos y sociales de los países de confesión musulmana. El vicepresidente de la Fundación Alternativas,
Nicolás Sartorius, cree que “hasta que los países islámicos no tomen en sus manos la lucha contra estos fenómenos insurgentes, la batalla es muy difícil ganarla”. En este sentido,
Antonio Camacho, secretario de Estado para la Seguridad apelaba hace unos meses por “reducir los niveles de pobreza y facilitar el desarrollo de regímenes democráticos en la ribera sur del Mediterráneo”.
En numerosas ocasiones, los países africanos que sufren la amenaza islamista dentro de sus fronteras han pedido a la comunidad internacional que fomente una
asociación activa y efectiva para luchar contra el terrorismo. Asimismo, solicitan la puesta en marcha de un plan de acción para el norte del continente y el África subsahariana que identifique los vínculos entre estos grupos y organizaciones criminales de todo el mundo. Por lo pronto, Estados Unidos ya ha puesto en marcha en los últimos años casi medio centenar de proyectos de cooperación para el desarrollo, sus servicios secretos instruyen a los ejércitos locales en técnicas de contraterrorismo y combate de guerrillas y ha destinado más de 500 millones de dólares en ayudas.
Occidente sabe de la importancia de hacer retroceder al islamismo radical en África. No sólo por su cercanía con Europa, sino también porque si el ala más fanática del islam triunfa en el continente africano, la cantidad de recursos humanos, económicos y militares a los que tendría acceso Al Qaeda sería enorme. Estados Unidos y los aliados han empezado a redoblar sus esfuerzos con los gobiernos locales esperando que no sea demasiado tarde y la semilla del radicalismo islámico haya empezado a germinar en África.