www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Carmen de Zulueta, exiliada vivencial

Concha D’Olhaberriague
martes 11 de mayo de 2010, 21:18h
El pasado 1 de mayo murió en su apartamento de Nueva York, frente a Central Park, Carmen de Zulueta, intelectual española exiliada en 1936. Tenía 93 años. Apenas unos días después, el día 6, se cumplía el centenario de la creación, por Real Decreto, de la Residencia de Estudiantes, inaugurada unos meses más tarde y modelo para la Residencia de Señoritas, surgida al amparo de la misma normativa e inspirada, también, en las ideas ginerinas.

Carmen era hija del profesor, ministro y diplomático Luis de Zulueta, y sobrina de Julián Besteiro, cuya correspondencia desde prisión editó.
Anteriormente había dado a la estampa un interesantísimo epistolario de Miguel de Unamuno y su padre, y, en colaboración con Alicia Moreno, escribió la historia de la antedicha Residencia femenina (Ni convento ni college, la tituló), ubicada en el edificio que hoy, restaurado, ocupa la Fundación Ortega y Gasset de Madrid.
Un azar venturoso salvó el archivo confeccionado con el celo y la dedicación de María de Maeztu, directora de la institución durante el tiempo que existió como tal.
La guerra sorprendió a la familia Zulueta en Roma; el padre era, a la sazón, embajador ante la Santa Sede. Hace muy pocos años, aún hablaba de ello la hija en una carta al director del periódico El País.

Desde aquel momento, vivió siempre fuera –pero nunca alejada- de su tierra, y desempeñó la docencia como profesora de Lengua Española en varios lugares, hasta su jubilación en el Lehman College del Bronx.
Carmen es autora de una biografía de Francisco Navarro Ledesma, figura menor de las letras españolas, quien, no obstante, cultivó múltiples facetas literarias en el tenso ambiente finisecular, tuvo amistad con Ganivet y gozó de la confianza del joven Ortega. Procedía este trabajo, minucioso y bien documentado, de la tesis doctoral que presentó en Bogotá.

Salvo esta monografía, su obra se nutre de manera esencial de la remembranza de un Madrid desvanecido, en el que disfrutó de un ambiente familiar muy favorable y una infancia y adolescencia en el Instituto- Escuela, donde tuvo como compañeros a José Ortega Spottorno, el hijo menor del filósofo, Joaquina y Paquita, hijas del filólogo y director de la Biblioteca Nacional Tomás Navarro Tomás, y María Casares, dotada ya, desde muy niña para el arte dramático, a criterio de Carmen.

La España que pudo ser, Memorias de una institucionista republicana, es el significativo título del penúltimo libro de la escritora española, evocador y nostálgico, como casi todos sus escritos, e idealizante sin desgarro ni rencor, a despecho de la tristeza de fondo que desprende.

No son, desde luego, unos recuerdos sombríos ni apesadumbrados. La autora se confiesa optimista por herencia paterna y declara que le gusta vivir y le interesan, antes que nada, los seres humanos. Un buen antídoto, creo yo, frente a los embates y usurpaciones que le infligió la vida.

Algunas de sus observaciones producen, no obstante, una extraña sensación de desajuste generacional, algo así como si el nomadismo involuntario y la distancia hubieran preservado en Carmen de Zulueta el gusto y la estética de sus mayores de la generación del 98.

He aquí las palabras que sirven de colofón al libro: “Soy en el fondo española, pero de una España honda que aún vive en la sierra de Guadarrama, en los pinares de Valsaín, en Segovia, en la vista de la meseta desde el puerto de Navacerrada, en Ávila, pero que ha desaparecido en mi Madrid, de la glorieta de la Iglesia, de Martínez Campos y de la calle de Miguel Ángel.

Mi lengua profunda es el español. Es la lengua en que escribo, en la que pienso en serio, en la que recuerdo romances y poesías de los Machado o del viejo Romancero. En la vida diaria me domina el inglés y mi ciudad es Nueva York.”
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios