SAN ISIDRO 2010
De vuelta a las talanqueras en la decimosegunda de San Isidro 2010
martes 18 de mayo de 2010, 00:55h
Me cuelga el teléfono Darwin. Dice que hemos quemado en las hogueras isidriles a su teoría. La de la evolución. Mi tocayo dice que, si a parte de la tarde hoy le quitamos el peto al caballo de picar, nos regresamos a principios del siglo pasado.
Hemos rizado el rizo de la involución en una hora, afirma, habéis regresado el toreo a la copa de los árboles. Yo le digo que esto es la fiesta y el me dice que, entonces, remitamos el vídeo a los de la butifarra nacionalista como ejemplo de nuestro hecho cultural. Eso es demagogia, querido Charles (los ingleses siempre con su flema sin tabaquismo), lo que sucede es que los novilleros eran inexpertos. Me responde “sucks for you”, que el Sevilla sería más o menos, y un carajo y en el foro y una m… pa ti. Imagina al mejor de los cazadores de hoy con la técnica de hoy frente a un Velociraptor o a vuestro Fernando Alonso conduciendo el coche de Pedro Picapiedra. Y colgó. Le llamo para rebartir y hace bipppp.
La novillada de Alonso Moreno fue infumable en conjunto y, entre los algodones de los matices, podemos afirmar, para mantener la evolución cierta del hombre y del toreo, que el primero, con las hechuras zancudas y agalgadas, se movió en manso, con el celo a menos y cara suelta mirando al del agua en el tendido. Pero, con una faena breve, hubiera sido menos inhábil para el acero. El quinto no, el quinto fue de los que no han evolucionado, los que regresan el toreo a otros tiempos y el cuarto, que no se fue vivo de milagro, fue animal como tentado de tanto que huyó del peto, y en la muleta, como toreado. Esas lidias y esas suertes nos regresaron al árbol. Allí, donde están los gorilas. Y el mono. Por simpatía con el razonamiento del lenguaje del simio, podemos decir que a los avisados, Paco Chaves y Miguel Hidalgo, les faltó oficio, seguro, profesionalidad, claro, no lo son aún, valor, todo lo quieran poner en esta línea. Pero desde que el castellano fue elevado a la gloria con Cervantes, y del simio llegamos a la inteligencia del hombre sabio, seguirle el tranco gutural al gorila es una gorilada. La lectura es otra.
Si el toreo tiene una técnica común que se enseña en escuelas y en las mentes, fruto de una evolución de siglos y no sirve para novillos como los de esta tarde, una de dos, o todos estamos equivocados por siglos o los que están equivocados son los novillos y su condición en túnel del tiempo. Porque cualquier matador de toros del escalafón se las vería moradas para matar al primero, lidiar al cuarto y al quinto. La mayoría. Ese espectáculo de miedo, carreras, desames, estocadas de guerra y trinchera, emboscadas y peligro, cierto y contagiado, que de todo hubo, abre la espita de la duda sobre lo que es o no es si es que queremos que esto sea un arte. Este toro, y el que se cae, y el que se para y el que emociona por horror y con escaso sentido manda al toreo a la tumba. Estos mismos novilleros, frente a los ya lidiados de Carmen Segovia, habrían salido mejor parados. Así es de evidente. Y serían igual de buenos o de malos, de profesionales o improfesionales. En el ruedo, banderilleros expertos han pasado hoy las de Caín y las de Abel y las del Beri. Sin duda alguna porque, también, son unos pésimos profesionales.
La novillada sacó tufo de talanquera y rueda de carros en el primero, vareado, alto, zancudo y con gesto de chivato. Mansurrón y suelto, arreó una barbaridad en banderillas, demostrando Paco Chaves tener piernas. Luego las tuvo que usar más y más veloz. Esa agresividad se pacificó en la muleta: metía la cara a su aire, sacándola por arriba, perdiendo el celo, nada nuevo en el malo de Santa Coloma o Saltillo. Fue exagerando ese defecto de forma irremediable del tal forma que ni buscándolo ligaba ya los pases ligeros un novillero que no tuvo en cuenta que ese defecto y las hechuras le iban a hacer pasar un quinario. Cometió varias torpezas, una, el andarle por la cara con el novillo apretando, haciendo hilo con la potencia de Roberto Carlos (el cantante no) tanto, que le cortó el aire y las piernas. Y con la espada, en lamentables minutos, estocada que hace guardia, otra con travesía fea y dos descabellos. Tres avisos. Miedo. Intentó salvar el honor a portagayola en el siguiente. Hasta ocho veces salió de naja, volvió grupas o se dolió al hierro el cuarto, como tentado. Sin picar, entero, esperó y cortó en banderillas, como banderilleado y en la muleta (se vio en el capote del banderillero, al cerrarlo a la orden desahogada y vencida de moral del novillero, buscando el cuerpo pos debajo de los vuelos) pareció toreado. Pero esta vez estuvo hábil y listo con la espada. Pero fue el peor de todos.
Al quinto le cerró la puerta el picador para poder darle castigo. Uno de esos ejemplares que se amaga, que se frena y que arrea cuando ve al hombre lejos y desarmado. Lo hizo varias veces. Miguel Hidalgo entró en huida ante el primer arreón con la espada, fue incapaz de matarlo a pesar de enterrar una atravesada, dos pinchazos hondos y media atravesada. Lamentable talanquería. Hidalgo estuvo discreto sin más con un novillo manejable y noble, a menos en celo, pero sin atisbos de guerra. Tampoco lo tuvo el lote de un novillero listo y hábil con la muleta, Antonio Rosales. No le ganó casi nunca el paso que había ganar al tercero, otro novillo que perdía celo y casta a la salida del muletazo y la lidia al sexto fue una llamada a la guerra por cómo picaron y abandonaron trastos todo el mundo, pero fue novillo pacífico al principio, aunque se fue orientando poco a poco.
Después de que mi tocayo Charles Darwin me dejara con la palabra en la boca, antes de mentarle a la Mother Queen Of England, al mirar por la ventana hacia estos árboles en primavera repletos de verde. Vi a un mono. O me pareció verlo. Anda que si llega a tener razón. Se lo tengo que preguntar a la lucidez del maestro Antonio Burgos, que suele refugiarse en la lucidez de la gloria del castellano en momentos en donde nos entra a casi todos el pánico de la sin razón. El peor de los pánicos.