www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

SAN ISIDRO 2010

El Cid resucita en una tarde marcada por la grave cornada a Aparicio

viernes 21 de mayo de 2010, 23:09h
Cara y cruz de "la Fiesta"' este viernes en Las Ventas. Por una lado, la cornada muy grave de Julio Aparicio, con el cuello destrozado, y el triunfo a última hora de "El Cid", con el que vuelve a tomar aire su carrera, precisamente con el toro que le había correspondido y no pudo estoquear el compañero herido.
Que alguien me diga que en que lugar el ser humano puede poner el grano de sal que le falta al océano, sino es aquí. En donde podemos inventar todas las palabras que no están inventadas aunque luego, recién salidos de la plaza, no nos acordemos de ellas. Y no sepamos narrar lo que vimos. En donde podemos oler a lo que huelen todas las desdichas cuando el pitón de un toro atraviesa la garganta de Julio Aparicio, un drama que nació donde nacen todos los dramas de la vida, en un traspiés al caminar luego de ser golpeado por una pata del toro en el tobillo. Andará este torero cien veces hacia atrás, mil toreros lo harán, y sólo una vez se irá al suelo para ser herido de forma tan brutal. Donde, si no es aquí, en el epicentro de la vida misma, puede El Cid crear de nuevo a su torero luego de arrullar a todos sus temores con el suave celo de las embestidas del gran sexto toro de Juan Pedro Domecq.

Tiene la vida justo lo que tiene la fiesta. Por eso es tan culta. Porque te ama y te mata y te mata todo lo que te ama. La cultura, hablemos claro, es la vida. Perra a veces, grandiosa a ratos, entre humana y brutal. Se nos mareó la sangre con la boca rota de Aparicio y se deshelaron los corazones al ritmo del deshielo lento de El Cid. Un hombre y una mujer son eso, pasión y sentimientos. Leer esta tarde es llorar y reír al mismo tiempo, ahogarnos en el diluvio más tropical y pasear a lomos del arco iris que sale. Eso el toreo. La vida, perra y buena, cruel y generosa. Esa es nuestra cultura. Viendo hoy esta tarde de toros metida en el infierno y en el cielo, en la desesperación humana de la abulia y la impaciencia de toros sin alma ni fuerza ni coraje, desde la ira vimos llegar la mano tendida. Del infierno al Cielo, y mientras éste nos legaba con la salida del sexto, una sonrisa de fe, gotas de primavera en la breve ilusión del capote de Morante, más arrebatado que suave, de poderosos brazos de seda con el tris quinto de Mari Camacho. En dos horas y una pedrea de minutos nos apercibimos de que, en la idea original de quien inventó el mundo, Dios y el diablo, el mundo era el toreo.

Esa fue la corrida contada con el idioma que pasa de la retina al corazón y del corazón a la cabeza y de allí a las teclas de un ordenador. Fue la corrida de Juan Pedro dispar de hechuras, pero salvo el jabonero alto y de basta lámina que hizo tercero, baja, corta de manos y de caras en puntas. Dos tan endebles como sin fondo, suplidos por uno de fina lámina y en el tipo de Gavira y por otro más fuerte del mismo hierro cuyas sienes cabían en las manos, que, sin poder, fue regresado a los corrales para salir un toro bajo, fino, corto, en Núñez, de Mari Camacho, frenado. El sexto fue el toro de clase de la feria, bajo y de cara p´alante. Bajito y astifino el segundo, bueno y a menos y el primero, el del dolor, fue un jabonero con mirada de hombre, nobleza clara, lanceado bien por Aparicio por el pitón izquierdo en esa apertura de tarde de primavera y aires de público deseoso de ese que llamamos arte del toreo y es puro arte de vivir.

Mimado en varas, el toro se vino claro por los dos pitones, y al tercer natural, el torero perdió pie, se fue el suelo sin caer su espalda al suelo. Allí le derrotó el toro para acertarle en la barbilla y buscar el pitón la salida por la boca en un cuadro goyesco de drama del toro. La vida es el toreo, señores. De ahí nació otra tarde metida en todo. Pudo el segundo, toro muy sangrado en varas, partirle la ingle a El Cid al quedarse al descubierto en un pase con la zurda luego de dos buenas tandas, derechito el cuerpo, reunido. Dijo la tarde basta a la angustia, falló el pitón y la faena fue apagándose con el torero olvidando el miedo en un arrimón. De ahí pasamos al entreacto de un toro feo de tipo y de condición abúlica para Morante, otro endeble sustituido por uno de Gavira, mansurrón y de buen aire, con el que el Cid dio un paso más en esta tarde de su reflote anímico al torearlo con la derecha a gusto en dos tandas.

No hubo más ni en esa faena, donde se apuntó el querer del torero y la mano tendida de la gente, ni en los arranques de ira de los toros blandos y sin alma. Por ahí iba la tarde, por el desafío al tedio y la espera, cuando a Morante le dio por abrir una ventana de aire con esos lances de arrebato, con esos brazos poderosos de suave mando. No se iba del todo el toro de los vuelos, pero le dio igual. Agua para el fuego de la tarde, prólogo del diluvio que se necesitaba y se esperaba. Y eso que, de nuevo, las ventanas se cerraron para espesarse el aire cuando Morante porfió con el toro agarrado al piso.

En los medios meció el capote El Cid al sexto. Lo lidió con pericia El Boni, con el toro a más en galope y tranco. Y esa clase que nacía de una fijeza prolongada en galope suave y hondo fue lo que le animó a, de una vez por todas, meter todos sus temores en los vuelos de su muleta, Tras tandas de cinco y seis pases muy buenos, rotos los olés de la plaza, el cielo. La vida, que es generosa. La faena fue distinta con la mano izquierda y con el toro más cerrado, pero ya estaba la tarde decidida, aperturada por el drama de la vida y con el cerrojo de un hombre que recobre el aliento. Esa es la vida. En dos horas y apenas unos minutos nacemos y morimos, reímos y lloramos, queremos y odiamos. En dos horas la belleza del mundo. Pero ahora mismo no sé describirlo.




¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios