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Brasilia, Ankara, Teherán: el nuevo eje multilateral

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 24 de mayo de 2010, 20:32h
Harto interesante resulta el solícito cuidado con que el Presidente del Brasil, Luiz Ignácio Lula da Silva, y el Primer Ministro turco, Recep Erdogan, procuran evitar que la caja sancionadora de los truenos onusinos recaiga sobre el neo atómico Irán del Presidente Mahmoud Ahmadijenad. Después de años en que la comunidad internacional ha jugado de gato persiguiendo al esquivo ratón iraní, el de las pretensiones nucleares, cierto es que sin mayores resultados, y cuando se aproximaba una segura ronda de sanciones del Consejo de Seguridad contra los recalcitrantes ayatolás atómicos –la tercera o la cuarta: es ya difícil llevar la cuenta- hete aquí que el carioca y el otomano, en una curiosa alianza, se abrazan con el descorbatado persa para proponer al mundo una novedad: la que los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania habían ofrecido hace ya bastantes meses y recibida con un sonoro rechazo por parte de los del
turbante y la barba. Es decir, la barroca, por no decir bizantina idea, cosa que resultaría muy adecuada tratándose de los protagonistas del drama, de que la mitad del uranio enriquecido producido por los esquivos iraníes sea enviado para su procesamiento a plantas extranjeras- originariamente rusas, ahora turcas-, de las que retornaría un año después, con la finalidad de evitar que en ningún momento Teherán contara con la cantidad critica suficiente del material radiactivo como para fabricar una bomba atómica.

Los iraníes, tan acostumbrados a las baladronadas y tan seguros del éxito que hasta ahora con ellas han conseguido, saben perfectamente jugar al parchís en el endeble tablero internacional. No son de los que se cortan a la hora de insultar a la venerable organización internacional al tiempo que hacen todo lo posible para evitar sus sanciones. Saben que en el caso de responder a un verdadero consenso entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad pueden hacer auténtico daño al corrupto y confuso sistema teocrático en el que unos pocos oprimen y otros muchos malviven. Saben también que a lo que parece, y por primera vez en mucho tiempo, rusos y chinos coinciden en mostrar su cansancio ante las peligrosas bromas que Teherán se gasta. Por mucho que el precio que Washington estaría dispuesto a pagar a Moscú y
a Beijing por la aquiescencia a las sanciones contra los persas suscite no pocas dudas sobre su alcance y su contenido. Pero esa es de momento otra historia. El hecho es que Teherán está poniendo sus barbas –nunca mejor dicho- a remojar aceptando una solución que en nada les molesta: la mitad del material radiactivo de hace un año es hoy menos de la cuarta parte del ya existente –las centrifugadoras no han dejado nunca de trabajar- y la bomba iraní está hoy mucho más cerca que ayer.

Que en la enésima vuelta de tuerca le acompañen brasileños y turcos es naturalmente cosa de mucha admiración. Aunque, si bien se mira, poco sorprendente. Tienen Brasilia y Ankara, por razones diversas, un marcado deseo de convertir su emergencia en preeminencia. Brasil se las gasta de potencia neo imperial y Lula en particular, al que los aterrorizados observadores internacionales le deben consideración por no haber sido durante su mandato el peligroso revolucionario que su currículo anunciaba, aprovecha los últimos meses de su presidencia para tirarse al monte: admirador ferviente del castrismo, defensor de las payasadas bolivarianas, inquisidor de los pobres hondureños. Y ahora protector de los iraníes que por todos los medios quieren dotarse de armamento atómico. Barato seria presumir que los brasileños lo hacen para, llegado el momento, seguir ellos el mismo camino. Ya lo intentaron en el pasado y no sería extraño que albergaran las mismas intenciones para el futuro. Aunque lo presumible sea que con el lacrimoso abrazo tripartito Lula esté enviando otro mensaje: cuidado, le dice a Washington y a sus aliados, aquí estamos nosotros, los antiimperialistas de siempre, los multilateralistas, los amigos de los pobres, y esas cosas.

Y los turcos, que en el curso de los últimos meses y bajo la presidencia de Erdogan han dado un giro copernicano a su política exterior .y posiblemente también a la interior- abjuran de sus sólidos lazos occidentales –es Turquía un miembro fundador de la OTAN- , públicamente rechazan las sólidas relaciones que durante decenios mantuvieron con Israel y se muestran solidarios con uno de los países mas conspicuamente dedicado a violar los parámetros internacionales de comportamiento tal como los entiende la comunidad democrática de naciones. Explicarlo como consecuencia de las largas europeas a la candidatura de Ankara a la Unión seria suficiente para justificar las reticencias de franceses y alemanes, entre otros, a considerar la presencia de Ankara en Bruselas: mejor evitar para el futuro dudosos y frágiles compañeros de viaje, se dirán algunos.

Por supuesto, tienen derecho los turcos a mirar al Oriente más que al Occidente y los brasileños a subrayar su deseo de convertirse en potencia global. Como derecho tienen los que profesan, de la política internacional, y de la política en general, una concepción mas anclada en las convicciones que en los procesos en llamar la atención sobre las consecuencias de tales realineamientos. Los que ahora dejan traslucir su permanente antiamericanismo para felicitarse de la nueva multilateralidad que anuncian gestos como los que Brasil y Turquía prodigan con los proliferadores atómicos no parecen ser conscientes de las consecuencias que un Teherán nuclearizado tendría para todos aquellos que tienen como propósito el practicar desde las estructuras estatales la delincuencia internacional. Y sobre todo para sus eventuales víctimas.

Visto lo visto, es muy posible que si sanciones llegan a existir resulten edulcoradas e
incumplidas. En realidad ello, con ser importante, no es nuevo ni fundamental. Por el contrario, si resulta importante tomar nota de las aventuras turco-brasileñas, de los propósitos que encierran y de los seguidores que cosechan. Y también de la respuesta que encuentren en otros pagos hasta ahora tenidos por seguros portaestandartes de una vida internacional basada en la justicia y en la estabilidad. El mundo occidental, para entendernos. No vaya a ser que perdidos en estos vericuetos tengamos que constatar que el teléfono de la Casa Blanca ni sabe ni contesta.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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