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La crónica gastronómica

Federico Liperheide, la biografía de un caballero

martes 06 de julio de 2010, 15:50h
Estos días se publicarán toda clase de artículos sobre las muchísimas actividades que Federico Lipperheide tuvo en sus 81 años de vida.
Para mí, que he tenido la suerte de compartir con él nuestra gran aventura gastronómica, que ha llevado a España del 0 al infinito, lo más importante es que era un caballero en el sentido más noble y completo de la palabra.

Inteligente, culto, con un extraordinario sentido de la humanidad, sociable en la justa medida, organizador, innovador y gestor, fue siempre una persona leal que hizo culto de la amistad.

La gastronomía española no sería lo que es hoy día sin Federico Lipperheide.

Hace más de 20 años, el Marqués de Griñón y yo fuimos a verle a su casa junto al Palacio de Oriente y allí le convencimos, con mucha dificultad, de que aceptara organizar, poner en marcha y presidir la Academia del País Vasco. Entendíamos que para España, la gastronomía y, sobre todo, los cocineros del País Vasco, eran fundamentales. Se había producido ya la explosión de la nueva Cocina Vasca y personas como Juan Mari Arzak, Pedro Subijana, Carlos Arguiñano, empezaban a ser personajes mediáticos y con un extraordinario atractivo.

Federico Lipperheide hizo el milagro de crear la que, sin duda, es la mejor Academia autonómica de España, convivir y entenderse con los diferentes gobiernos y administraciones y conseguir que la gastronomía adquiriera la importancia que hoy día tiene en el País Vasco, en España y en el mundo.

Académico de número de la Real Academia Española de Gastronomía, formó parte desde el principio en la creación, organización y desarrollo de la Academia Internacional de Gastronomía, con sede en París, de la que fue tesorero durante varios años.

Un gourmet excepcional, con una de las mejores bodegas de España, un sibarita en el buen sentido de la palabra, una persona para quien el lujo no era lo caro sino la capacidad de elegir lo mejor. Y él, en todos los terrenos, eligió siempre lo mejor, incluyendo su esposa, Dolores Ybarra.

La importancia de las personas a la hora de morir se mide por el vacío que dejan. Supongo que en todos los demás aspectos, también. Pero puedo asegurarles que en lo que se refiere a la gastronomía, deja un hueco absolutamente imposible de llenar. Siempre, le echaremos de menos.

La última vez que le vi fue en Aranjuez, en Casa José, cuando tuvo la gentileza y la amabilidad de entregarme el Diploma de la Academia Vasca de Gastronomía, un premio extraordinario que siempre tendré en mi despacho.

Cada vez que lo vea y aunque no lo vea, me acordaré de ti, Federico, amigo.
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