Kapitalismus is(s)t!
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
miércoles 25 de agosto de 2010, 20:04h
Esa fue la respuesta que me dio, con aire amenazador, la encargada de la oficina de turismo en Karpacz, un pequeño pueblo en la frontera entre Polonia y la República Checa, cuando pregunté si no tenían ningún plano gratuíto de la zona. Lo que nunca sabré es si se refería al verbo alemán “sein” (“Kapitalismus ist”: “es el Capitalismo”) o “essen” (“Kapitalismus isst”: “el Capitalismo come”). Cualquiera de los dos sentidos habría encajado teniendo en cuenta la realidad.
La expansión de este sistema económico, tanto geográfica –por todo el mundo– como intensivamente –aplicando su lógica a cada proceso, cada instante, cada problema– no puede desembocar en nada bueno. Los modelos de desarrollo que se proponen establecen una jerarquía de prioridades en la que el beneficio económico está, de forma explícita o implícita, en la cima. Esto quiere decir, que otros valores y orientaciones, como cierto sentimiento de humanidad, respeto al equilibrio ecológico, seguridad, eficiencia energética, etc. son secundarios. No pensemos que las junglas legales de Occidente son un freno real para la fuerza centrípeta que ejerce la ganancia económica dictando desde su trono las reglas del juego. Los gestores del capital ya se encargarán de deslocalizar sus pecados hacia la periferia global.
Tras la caída de los regímenes soviéticos en Europa del Este, el Capitalismo se ha abalanzado brutalmente por todo el terreno virgen que quedaba más allá del telón de acero. La incorporación del libre mercado en todos esos países se realiza sin aprender de los errores de quienes llevan tanto tiempo con él. ¿Será que se trata de un sistema intrínsecamente problemático? Tras veinte años del fin del comunismo en Europa deberíamos estar preparados para analizar a su sustituto con una perspectiva crítica y sin miedo de que nos tachen de estalinistas. Le hemos dicho al planeta, sin vergüenza alguna, que lo que necesita es dinero, y acatando nuestras órdenes los pueblos del mundo caen en la miseria económica, el individualismo y el desastre medioambiental. Uno de los ejemplos es la llegada de productos con exceso de embalajes que las infraestructuras de los países ex-comunistas y subdesarrollados no son capaces de asumir; de hecho, ni siquiera los países ricos pueden hacerlo de forma eficiente.
Ahora que se empieza a hablar de una “ciudadanía europea”, sería interesante dar cabida a la posibilidad de ejercer ciertos “derechos medioambientales”. Aunque teniendo en cuenta el declive general de los derechos sociales en el continente, soñar con algo que va más allá haría reír a carcajada limpia a los políticos de Bruselas y Estrasburgo. Los derechos están pensados para evitar los abusos de otras personas en el uso de su libertad, pero se ve que, incluso en Europa, que somos tan avanzados, algunos siguen siendo más libres que otros.
Cada año, ejércitos de ingenieros nos maravillan con grandes innovaciones tecnológicas, pero somos incapaces de usar la imaginación para crear algo nuevo, para pensar de manera diferente. En realidad, mucha gente en el mundo es significativamente consciente de la gravedad de los problemas derivados de la dictadura del beneficio económico, pero nuestras mentes están rodeadas de una alambrada ideológica forjada por el egoísmo capitalista. Mientras consintamos que en el mundo haya individuos cuya codicia no conozca límites, no podremos aspirar a ponerle frenos a un virus que está acabando con todo.