El poder de la mirada
[i]Lorca, Dalí et alii[/i]
jueves 30 de septiembre de 2010, 08:58h
Lorca y Dalí, Dalí y Lorca, dos de las principales figuras nacionales del espectro cultural del siglo XX, son los protagonistas de la extensa Exposición, con trescientas cincuenta piezas, organizada por Caixa Forum y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales. Aunque la Exposición es mucho más, toda vez que, con algún olvido, aunque importante, se sitúa la relación personal y creativa entre ambos personajes dentro del contexto enmarcado por la explosión de las Vanguardias allá en los años veinte. Me refiero, especialmente, al vibracionismo, con la influencia de un llegado a la capital de España, Rafael Barradas, al purismo de Le Corbusier y Ozenfant, al futurismo italiano de Carra, al surrealismo de un también jovencísimo e interviniente Miró, a la pintura metafísica de Chirico, y, sobre todo, al irradiante cubismo del Picasso dominador y residente en la ciudad de llamada para los primerizos que quieren aprender y prosperar: París. A donde llegaría Salvador Dalí, siendo recogido por el más allegado amigo de Federico García Lorca: el excelente pintor andaluz Manuel Ángeles Ortiz. Uno de los más destacados picasianos integrados en la Escuela de París, en palabras del buen conocedor que es Juan Manuel Bonet.
El repaso al devenir artístico, tanto del pictórico como del literario, es muy prolijo, pues cuenta con un amplísimo préstamo de obras, de la más variada condición y sobre el más distinto soporte, cedidas mayoritariamente por la Residencia de Estudiantes -lugar de encuentro del andaluz y el catalán en octubre de 1922- y de las Fundaciones Lorca y Dalí. Junto a ellas se puede ver un interesante fondo de libros, separatas, cartas, postales, poemas, documentos y montajes que contextualiza la relación personal y creativa entre los años de 1922 y 1927. Con dos momentos quizás culminantes de su fraternal relación: la Oda a Salvador de Dalí de Lorca (1926) y el artículo que con el título de San Sebastián, dedicaría el de Cadaqués al poeta granadino. Por contra, el proyecto de confeccionar un Cuaderno de putrefactos no llegaría finalmente, más allá de algunos incisivos dibujos, a ver la luz. El trágico final es, no obstante, conocido: el Romancero gitano no gusta a Dalí, que lo ve anclado en el peor pasado folclórico pintoresco, y a Lorca no le agrada el creciente surrealismo y la allegada relación con André Bretón de su hasta entonces inseparable amigo. 1929 será la explicitación de su desencuentro no sólo por tanto plástico, sino también vital: Lorca viaja a Estados Unidos, mientras Dalí escoge París. Lorca no firmaba el Manifiest groc, tan querido por Dalí, mientras este abandonaba sus colaboraciones en la Revista Gallo impulsada por el poeta granadino. ¡Casi todo había pues ya terminado entre ellos!
En este recorrido pasan ante nuestros ojos, no sólo las creaciones de sus dos inequívocos protagonistas, sino de otros artistas del pasado a quienes admiran o del rabioso momento. De aquí el nombre escogido para encabezar estas consideraciones: Lorca, Dalí et alii. ¿Qué quiénes son esos alii acompañantes? El listado es casi completo: los señalados Miró, Lanz, Chirico, Morandi, Barradas, Le Corbusier, Ozenfant, Picasso… A los que se suman los nombres de artistas admirados y admirables por alguno de ellos: Poussin, Cezanne, Deraine, Jan Arp o Max Ernst. Aunque, decíamos, se pueden recoger algunas lagunas en el discurso expositivo. La principal, el olvido del citado Ángeles Ortiz, el mejor amigo de García Lorca: como el poeta, también granadino, aunque en este caso de adopción -pues había nacido en Jaén-, y de cuya única hija Federico había sido además su padrino. La madrina, por cierto, había sido la hermana de González de la Serna, otro de los picasianos por excelencia. Un Ángeles Ortiz que había realizado de Federico y de sus hermanos Paco, Concha e Isabel, unos espléndidos retratos ingresianos en la línea abordada por Picasso en los años de su vuelta al orden clásico. Antes, Ortiz había ilustrado ya el Libro de Poemas de Lorca (1921). Y, sobre todo, que había sido quien recogía en la estación de tren de la capital de Francia un día de abril de 1926 -él había llegado ya en 1920 con una carta de recomendación de Manuel de Falla para el pintor malagueño- a un inquieto Dalí para llevarlo a la presencia del gran gurú. Esto es, de Pablo Picasso. El propio Dalí lo reseña en su Vida secreta. Sorprendentemente, nada se dice al respecto, y ninguna obra de Ortiz se acoge en la Exposición. Sea como fuere, no se la pierdan.