Hawking contra Dios
viernes 01 de octubre de 2010, 23:09h
Stephen Hawking acaba de sacar un nuevo libro, El gran diseño. El recién nacido viene con la polémica debajo del brazo. No es raro porque, por lo visto, propone una explicación del origen del Universo en la que se descarta por completo la intervención divina. El Mundo surgió de la nada, por generación espontánea. La hipótesis es tan difícil de digerir como la existencia de un Dios creador, pero llevamos siglos riñendo acerca de esto y a nadie puede sorprenderle que la gente tome partido.
Yo no he leído el libro y dudo que vaya a hacerlo, pero voy a sumarme a la polémica a sabiendas de que corro el riesgo de emular a aquellos borrachos de las cantinas del Oeste que aprovechaban cualquier gresca para darse de bofetadas. Hawking, además, es un autor al que no estimo. Para ser sincero, confesaré que desde que leí su decepcionante historia del tiempo, juré no volver a perderlo con él.
Quizá se extrañen ustedes de lo que digo. Hawking es un tipo admirable. Trabajar en sus condiciones constituye una hazaña. Por otro lado: ¿quién soy yo para criticar a un científico de su prestigio? Hay que ser muy presuntuoso para insinuar que la Breve Historia del Tiempo es menos obra de un genio que de un oscuro escoliasta universitario. El éxito del libro prueba que estoy equivocado y ello a pesar de que en el género ensayístico suelan triunfar los libros de divulgación, nunca los grandes libros. El único argumento que podría disculpar mi acritud descansa en una impresión que tal vez nadie comparta: no conozco un solo lector del libro de Hawking que sepa mejor lo que es el tiempo de lo que lo sabía antes de leerlo.
Pero no nos perdamos en divagaciones personales. La polémica que se ha desatado al hilo del nuevo libro de Hawking no tiene nada que ver con el tiempo, sino con Dios y su papel en la formación del Universo. Detractores y partidarios se han apresurado a tomar posiciones. Lo más prudentes prefieren esperar a conocer sus argumentos. Estos últimos son los que a mí me soliviantan. Que alguien imagine que el mundo es obra de Dios o que surgió por sí mismo, como un excedente de la nada, no me asombra en absoluto; lo que me desconcierta es que se insinúe a fuerza de falsas prudencias que una cuestión como esta pueda llegar a esclarecerse científicamente.
Hawking es un científico, pero un científico no es como un sacerdote, que nunca deja de serlo: basta con que rebase con sus especulaciones el círculo de los fenómenos para que se transforme en otra cosa. A diferencia de la religión, para la que nuestra ignorancia es mucho más reveladora que nuestra sabiduría, la ciencia toma siempre lo que sabemos como punto de partida para conocer lo que ignoramos. Los saltos en el vacío, tan disculpables humanamente, no están aquí permitidos. El científico que cree en Dios, no cree en Dios como científico, y se engaña y nos engaña suponiéndolo. Lo mismo podría decirse del creyente que cree posible un apaño entre la ciencia y la fe. Si en efecto piensa esto no puede ser en su condición de hombre de fe, pues la fe descansa en el convencimiento de que la razón carece de poder para alcanzar por sí misma la verdad.
Cuando Hawking, como científico, se niega a recurrir a Dios para explicar el origen del Universo, obra irreprochablemente. Igual lo hace el Papa cuando, como cristiano que supedita la razón a la fe, niega a la ciencia legitimidad para definir lo humano. Hawking se equivoca, sin embargo, al pensar que la ciencia está en condiciones de ofrecer una explicación completa de la realidad. Como otros colegas, parece no haberse percatado de que el sueño de abarcar con la inteligencia la totalidad de lo que hay es simplemente el sueño de la metafísica y que ésta sólo es posible como delirio, a la manera de Hegel y sus discípulos, creadores de las ideologías, devastadoras de hombres. Entiendo perfectamente que Hawking prefiera concebir el Universo como fruto de la ciega necesidad y no de la providencia, pero me asombra que pueda creerse que ambas concepciones son intercambiables. Dios, como quiera que lo concibamos, incluso para negarlo, no puede ser simplemente una especie de operario cuya única función es poner en marcha el universo igual que un relojero da cuerda a un reloj.
Los hombres de hoy sabemos poco de los dioses. Cuando nosotros llegamos al mundo ya no se les tomaba en cuenta. Habían recorrido todo el camino: de la naturaleza a la ley, de la ley al rito, del rito a las estatuas, de las estatuas a los corazones y de allí a la nada. La nada es el último recoveco de Dios, su agujero negro. Algunos ven en este proceso un movimiento en el que el hombre, asumiendo su pavorosa soledad cósmica, se libera de los miedos que siempre lo atenazaron. Pero está por ver que en todo este proceso lo divino no haya sido malbaratado. Yo no lo sé, desde luego, pero por si acaso nunca olvido el consejo que diera a Ayax su padre: “Triunfa con la lanza, mas procura que sea siempre con la ayuda de la divinidad”. La divinidad, o sea, el sentido más alto, el punto de vista más noble, la perspectiva mejor, nunca la propia. Ayax desoyó el consejo y se ufanó de su fuerza. Luego Atenea, diosa de la sabiduría, arruinó su mente.