Las bazas de Rajoy
lunes 17 de marzo de 2008, 20:17h
En contra de los que suele ser habitual tras unas elecciones, una buena parte de los medios informativos españoles se han volcado en tromba, inmediatamente después del pasado 9 de marzo, no tanto en comentar las consecuencias de la nueva victoria socialista, como en una auténtica avalancha sobre la situación en que quedaba el partido perdedor, el PP, y su líder, Mariano Rajoy. Literalmente se empujaba al presidente popular para que se marchase, sin valorar ni un ápice una campaña en la que ha presentado un completo programa de gobierno -que, por lo visto, casi nadie ha leído- ni unos debates en los que -digan lo que dijeran encuestas amañadas y sorprendentes posiciones editoriales- Rajoy brilló muy por encima de su adversario socialista, tanto por el contenido como por la forma de sus presentaciones. Lo más sorprendente -o, quizás, no tanto- es que en esta operación de acoso y derribo la vanguardia ha estado a cargo no de los medios que habitualmente están contra el PP sino de los que se dicen propicios e incluso amigos del mismo. De mis amigos me libre Dios... Desde estas posiciones que se presentan contrarias a Zapatero y a cuanto significa, da toda la impresión de que, conscientemente o no, se quería brindar al ganador, por añadidura y en bandeja, la cabeza del líder de la oposición. Nada podría haber sido más grato para el reconducido candidato socialista.
Aunque se oyen todavía los ecos de esta operación, lo cierto es que Rajoy fue capaz de mostrar en poco más de veinticuatro horas su capacidad de liderazgo y que la pretendida crisis del PP no era tal. Esta idea de que un líder derrotado tiene que marcharse a su casa -como un entrenador después de una mala tarde- no es propia de una democracia madura. Los casos de González y Aznar y, fuera de España, por poner un solo ejemplo, el de Mitterrand, muestran cómo se deben afrontar las derrotas. Las victorias sólidas suelen ser fruto de una larga paciencia. Un partido en la oposición tiene que estar continuamente revisando su estrategia e incluso renovando parte de sus cuadros, pero no puede poner patas arriba toda su estructura ni su liderazgo a las primeras ni a las segundas de cambio. Rajoy, por primera vez en la historia de la democracia española, ha tenido que enfrentarse con un candidato que lo era no sólo de su partido, sino de toda la izquierda y de una buena parte del nacionalismo, tanto del llamado moderado como de radical. La malhadada y antidemocrática teoría del cordón sanitario ha funcionado plenamente. Ya se sabe, "vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos"... Rajoy ha tenido que luchar “contra los elementos” y su desempeño no ha podido ser más digno ni, incluso, más brillante. Ha mantenido todo el electorado del PP y hasta ha logrado que le vote una parte del de centro-izquierda. Y eso que, en esa franja, ha tenido que competir con la aparición del nuevo partido de Rosa Díez. Iniciativa ésta tan legítima como comprensible pero que, sin pretenderlo, ha contribuido al triunfo de Zapatero. Que en esta coyuntura de la política española haya funcionado plenamente el “todos contra Rajoy” en vez de un hipotético y deseable “todos contra Zapatero” abre un amplio margen para la reflexión.
Cara al futuro, Rajoy es perfectamente previsible y, desde luego, fiable. Algo que no puede decir en absoluto el líder socialista. La estrategia de la oposición va a depender, lógicamente, de cual vaya a ser la conducta del Gobierno. Si éste persiste en su reiterada -y electoralmente rentable- política de “todas las culpas son del PP” no se puede ser optimista. No se podrá esperar una legislatura más positiva, para España, que la pasada si se persiste en motejar al PP de partido de la crispación, cuando cualquier análisis objetivo muestra que tal cosa es un infundio. A no ser que se considere crispación el legítimo ejercicio de la oposición, sin la cual no hay democracia. Nada se podrá esperar, tampoco, si se acusa de nuevo al PP de no querer el consenso cuando, cualquiera sabe que Rajoy ha ofrecido una y otra vez consenso en las políticas de Estado, del terrorismo a la política exterior. Claro está que el PSOE tiene que aprender que consenso no es obligar al principal partido de la oposición a “pasar por el aro”, te guste o no te guste, y callandito y sin meter ruido. Así como que el consenso es incompatible con una política de descalificación permanente como la que el PSOE ha practicado en estos últimos cuatro años. El consenso “a pedradas” tampoco tiene nada que ver con los usos democráticos.
Rajoy ha mantenido unido al PP en una etapa difícil y cuando todo le era adverso. Ha hecho oposición pero, al mismo tiempo, ha generado un proceso permanente de elaboración de ideas y propuestas. Bajo su liderazgo se ha confirmado el PP como un partido de centro reformista, más de centro que nunca, como muestran los resultados electorales. Por eso afronta la nueva legislatura con muchas más bazas en su mano de las que le suponen sus adversarios de diversos colores.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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