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Oporto en otoño

Concha D’Olhaberriague
martes 12 de octubre de 2010, 19:03h
Recostada en los altibajos de su foz, la ciudad se despierta fresca y brumosa. El Duero, soñando aquí con el altanero Urbión, como dice Miguel de Unamuno en el poema que dedica al río, trae un poco de cada tierra y dona, luego, al lugareño un humus fertilizado.

Lisboa es marina a primera vista. En el estuario, el Tajo es ya atlántico. Oporto, en cambio, es, ante todo, ribereña. La cuenca ondulante del Duero demora la aparición de la costa, pese al estridente graznido de algunas gaviotas posadas en los repechos y pináculos de las iglesias barrocas de granito, cal y azulejo.

Antes de despedirse para penetrar en las aguas saladas, fecunda los bancales del vino dulce, color caramelo, más exquisito que hay. Con un sabor semejante me imagino la ambrosía de los dioses.

Hace cien años pasó por esta ciudad el escritor bilbaíno, de regreso en barco de las Canarias, y en 1911 vio la luz el libro que reunía sus artículos de prensa sobre el vecino país peninsular y Galicia bajo el nombre de Por tierras de Portugal y España.

Novais Teixeira, periodista portugués residente en Madrid durante un par de décadas y amigo de los intelectuales del entorno de la Residencia de Estudiantes, lo calificó como el mejor libro que se había escrito sobre Portugal, incluyendo los de sus compatriotas.

El mismo tiempo ha transcurrido desde la proclamación de la República cuyo centenario acaban de celebrar los portugueses de forma discreta y sin vocerío. Así lo hace todo este pueblo sensible, educado y silencioso.

El celaje da paso a un sol matizado que incita al paseo, a pie, en tranvía, funicular o barco, para no perderse las perspectivas ni los escorzos de esta urbe, personal, cálida y abigarrada. No sé qué hay en ella de La Habana vieja, pero el caso es que, a ratos, me la recuerda.

Aquí nació el nombre de Portugal, compuesto al unir en uno solo, al igual que ocurrió con Budapest, los de las localidades de ambas márgenes fluviales: Porto y Cale. Mas, en este caso, no designó a una nueva urbe gemela sino que, dando un quiebro en sinécdoque, se refirió a la nación entera.

Los ríos fueron antaño, además de fuente, límite, frontera y salvaguarda frente al enemigo y por ello ciñe éste un costado de Soria y otro de Zamora y no cruza, en origen, ninguna población.

La fiesta del Pilar se ha prolongado este año con tres días de vísperas, y los españoles, junto con otros turistas, irrumpen en tropel.

Hormiguean por las calles y plazas de la hermosa y armónica Guimarâes, a la que los portugueses tanto cuidan y consideran la cuna de su patria.

Lástima que los bosques de castaño y roble hayan ardido y en su lugar se planten eucaliptos que acidifican la tierra. Es poco airoso y algo desaliñado este árbol que pela su corteza como la serpiente y procura unas ganancias tan rápidas como su crecimiento atropellado.

También hay, seguramente, viajeros y peregrinos, aunque suelen ellos pasar inadvertidos. Son más solitarios y contemplativos y no andan azacaneados.

Será, tal vez, porque viajan por viajar, movidos por el anhelo del camino y no les impele, en cambio, la huida, el odio a un lugar, la topofobia.

Su actitud es, en suma –diría Ortega- ascendente.
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