La Ciudad Perdida del Manuscrito 512
miércoles 13 de octubre de 2010, 16:20h
A finales del siglo XVI un navío portugués naufragó en la costa central de Brasil. Se dice que hubo un único superviviente, de nombre Diogo Alvares, que fue rescatado por los guaraníes. Permanecería el resto de su vida junto a ellos, con quienes convivió en paz y armonía, llegando incluso a casarse con una indígena. Uno de sus descendientes, llamado Muribeca, descubrió en el interior unas minas en las que supuestamente había ingentes cantidades de oro, plata y piedras preciosas. Comenzó a explotarlas y se hizo riquísimo comerciando con lo que extraía de ellas desde el puerto de Bahía. De allí partió su hijo hacia Portugal, en uno de los múltiples viajes en los que llevaba a la metrópoli los tesoros obtenidos en las minas de su padre. Tal era su ambición que no dudó en prometer al rey revelarle la ubicación de dichas minas a cambio de obtener el título de marqués. Una vez conseguido, retornó a Brasil junto a una expedición de la corona portuguesa. Pero al llegar a Bahía y abrir el sobre que contenía su nombramiento, descubrió que en lugar de un marquesado lo que se le había otorgado realmente era una capitanía provisional. Indignado, se negó a revelar la situación exacta de las minas y murió en prisión, llevándose el secreto a la tumba.
Semejante historia daría pie al que aún hoy es uno de los mayores mitos arqueológicos de Brasil, pero que nada tiene que ver con unas supuestas minas de oro, y sí en cambio con una civilización perdida. Ya en el siglo XIX, un botánico que andaba curioseando por la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro encontró por casualidad un antiguo manuscrito en el que se narraba el viaje que un grupo de bandeirantes -una suerte de aventureros y traficantes de esclavos-, comandados por un tal Francisco Raposo, y el fabuloso hallazgo que hicieron. En el manuscrito, catalogado con el número 512, Francisco Raposo refiere al virrey de Brasil el descubrimiento de una ciudad que debía llevar abandonada bastante tiempo, pero con unas trazas de civilización similares a las de cualquier urbe grecorromana. De hecho, la descripción que se hace del camino empedrado que desembocaba en un arco de piedra con tres cuerpos guardaría un cierto parecido con la ciudad romana de Timgad, en Argelia.
Hay más. Los edificios residenciales serían parecidos a las insulae romanas -el origen de nuestros actuales bloques de pisos-, aunque todos ellos prácticamente iguales. Habría varias edificaciones a modo de palacio, decorada con bajorrelieves bastante logrados. Una plaza central contendría un obelisco de piedra negro coronado por una figura que señalaba hacia el norte. Y por si esto fuera poco, a dos días de camino encontraron una cascada tras la cual habría un conjunto de cuevas en cuyo interior se encontrarían yacimientos auríferos con señales de haber sido explotados hacía mucho tiempo. En el río acertaron a distinguir una canoa tripulada por dos hombres con rasgos europeos, que se dieron a la fuga al punto de ser vistos.
Es de suponer que una historia así no pasaría desapercibida. Uno de los mejores exploradores de todos los tiempos, el británico Richard Burton, publicó una traducción del manuscrito 512 en su Explorations of The Highlands of Brazil. Su lectura cautivó a otro insigne aventurero, Percy Harrison Fawcett, en cuya trayectoria se había fijado supuestamente Steven Spielberg para crear el personaje de Indiana Jones. El caso es que Percy Harrison Fawcett consiguió la financiación necesaria y en 1925 se adentró en la cuenca del río Xingú en Mato Grosso, con la esperanza de dar con la ciudad perdida. Nunca más se volvió a saber nada más de él. Pero su desaparición no ha hecho sino aumentar la leyenda de un lugar infructuosamente buscado desde hace siglos. Aún hoy hay quien se adentra en la selva para ver si es capaz de encontrar la misteriosa ciudad. En cualquier caso, todo Brasil es en sí un inmenso tesoro que merece la pena descubrir.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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