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Afganistán: ¿Hacia una paz negociada?

viernes 22 de octubre de 2010, 15:45h
La lluvia de noticias sobre el conflicto y guerra en Afganistán no hace sino caer con más abundancia en la medida en que nos acercamos al último tramo de 2010.

De una parte, resulta evidente que Obama no desea -ni puede- seguir ganando detractores en el frente interior (Tea Party y asociados). No menos evidente resulta que, no obstante el buen resultado de algunas operaciones bélicas en las regiones de Helmand y Kapisa, la resistencia de los insurgentes salta a la acción, cuando se les presumía en retirada. Así ha ocurrido en varios lances con la red de los comandos pashtuns conocida con el genérico del clan Haqqani. Además, la retaguardia paquistaní es favorable a los guiños de Mohamed Omar, significado clérigo de las tribus insurrectas. El dispositivo talibán paquistaní, no sólo ha venido contrarrestando a los viejos partidarios de la Alianza del norte (pro-americana en su orientación), sino que sigue argumentando que son varias las víctimas civiles de los ingenios automáticos que causan estragos mortales entre la población nómada de las regiones fronterizas afgo-paq. De ahí su beligerancia hacia las tropas americanas; e incluso hacia la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia y Seguridad en Afganistán).

De otra parte, y a la vista de un no muy improbable empantanamiento de la acción bélica americana en Afganistán -amenazadora de constituirse ella misma en un obstáculo para el cumplimiento de los plazos fijados en Washington para el desenlace de aquella guerra-, Obama ha optado por dar carta blanca a los agentes americanos, favorables, o no, a iniciar tentativamente un proceso de pacificación pactada por regiones (proceso que recae en amplia medida sobre los hombros de Mark Sedwill, encarnación civil de la Alianza de Estados Unidos, la OTAN y algunas potencias europeas); sin que, por ello, Washington deje de presionar militarmente sobre los dispersos focos rebeldes del territorio en liza.

El general en jefe de esa Alianza, David Petraeus, está muy inclinado a convertirse en receptor prioritario de una solución pactada para la guerra en Afganistán, contando con la buena disposición y complicidad de Hamid Karzai, su entorno gubernamental en Kabul, y tribal en el país profundo.

En Estados Unidos se piensa que manteniendo esta doble política -¿palo y zanahoria?-, el compromiso americano con el lema de “un mundo liberado de la amenaza terrorista” no saldría mal parado si el gobierno de Kabul consiguiese atraer a la solución negociada a los cabecillas y enclaves afganos más irreductibles, con Sirajudin Haqqani a la cabeza.

Sin embargo, ya se ha advertido al presidente Obama que si se entiende perfectamente su determinación combativa frente a los atentados de Al-Qaeda, no debe, empero, olvidar que la opinión pública -tanto en su país, como en ciertos tribunales internacionales-, le reprobarían su pauta de actuación por aquello de que “si Estados Unidos mata a cualquier musulmán radical que proponga el jihad (supuesta guerra de legitimación coránica encaminada a combatir a los invasores del exterior, y, de paso, a algún que otro nativo aliado de aquéllos) no habrá quien ponga coto a la espiral de la violencia” (New York Times dixit).

A la altura de este momento, las expectativas que despierta un proceso de paz negociada en Consejo, o Shura, entre Karzai, Haji Benardad y otras autoridades ancestrales del país insurrecto, no harán sino crecer.

En la inteligencia de que el camino emprendido con cierto titubeo, por el momento, permita recorrer después una senda cuyo horizonte de fondo vaya ampliando las perspectivas finales, de paz negociada, que se acarician desde hace varias semanas en los cuarteles generales de las armas y de la diplomacia. Siempre y cuando la retaguardia ambivalente del presidente Asif Alí Zardani en Paquistán, no opte por prolongar una guerra… de desgaste para Obama. De ser así, ello se traduciría de inmediato en una pérdida de popularidad del presidente americano durante un período tan crítico como el que atraviesa Estados Unidos en estas calendas electorales. Acomodémonos para verlas venir, como quiera que vengan dadas.
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