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Dos américas y un solo presidente

Emilio Lamo de Espinosa
viernes 05 de noviembre de 2010, 16:11h
Resulta aparentemente sencillo valorar el resultado de las elecciones americanas. Obama había levantado grandes, inmensas, expectativas, y a estas suelen sucederle grandes frustraciones. Ese es quizás el primer dato a la hora de valorar su tremendo batacazo: “nos han dado una paliza” decía Obama la noche de las elecciones. Y sí, le han dado una paliza en las elecciones de mitad de mandato, como suele ocurrir. Y este es el segundo dato. La historia muestra que los americanos utilizan las midterm para pasar factura al gobierno y su presidente aireando todas sus frustraciones. Unos porque no ha ido tan lejos como quería, y se quedan en casa en lugar de votar; otros, porque ha ido demasiado lejos, y votan a la oposición. Casi todos los presidentes se han encontrado con esa paliza que les ha bajado los humos. Clinton, e incluso Reagan, sufrieron la misma paliza. Y sin embargo, pudieron remontar después, y cuando llegó la hora de la verdad en las elecciones presidenciales, revalidaron su mandato.

Si todo fuera así podríamos darle escasa importancia a las pasadas elecciones. Hay, sin embargo, al menos dos datos nuevos. El primero, sin duda, es la crisis económica. Los europeos (y los españoles) valoramos a los presidentes americanos por su política exterior. Es normal; es el país líder del mundo y lo que hace (o no hace) nos afecta a todos. Los americanos, por supuesto, los juzgan por su política interior, salvo escasas ocasiones (Vietnam, Irak). Y esta no ha sido muy acertada. Una tasa de desempleo del 10% en un país con escasa cobertura social es un drama para muchas familias. La economía no acaba de remontar a pesar de las ingentes inyecciones de dinero y el déficit no para de crecer y con él la deuda pública. A diferencia de otras crisis a esta no se le ve la salida del túnel y ello hace que los americanos se pregunten si Obama tenía las prioridades adecuadas.

Pues ese es el problema de fondo y la tercera variable para entender la paliza. Elegir un presidente negro es ya una hazaña en un país que, quienes tenemos algunos años (no tantos), recordamos como profundamente racista. Pero que además ese presidente negro trate de cambiar el país es sin duda una ambición excesiva. Sospecho que Obama debería haber consolidado ese hito histórico con políticas moderadas, abiertas al centro e incluso a la derecha. Debería haber hecho todo lo posible por hacer digerible a los americanos su presidencia. Pero se creyó que el país no era racista, que todo aquello había pasado, se creyó su propia narrativa. Y se equivocó.

Y el resultado es que ha dividido al país como nunca. Y así, los datos de los sondeos nos muestran que, si cuenta con un apoyo medio del 46% (y un rechazo del 51%), en el medio urbano el apoyo sube nada menos que al 62% (con un rechazo del 35%), pero en el rural desciende al 32% (con un rechazo del 65%). A Obama le apoyan las ciudades y las dos costas, pero le rechazan dos a uno en el campo y en el interior, en la América profunda. Pero si la divisoria rural/urbano es crucial, más lo es la divisoria blancos/no blancos. Pues el apoyo a Obama baja del citado 46% de media al 34% entre los blancos, pero sube nada menos que al 78% entre los no blancos, casi el doble de la media. En resumen, a Obama le apoyan masivamente las ciudades multiculturales, diversas y sofisticadas, pero le rechazan masivamente los blancos del medio rural, los poor white men de toda la vida. Y eso es el Tea Party: la revuelta de la América profunda, del interior, y wasp (white, anglo-saxon y protestant) frente a la nueva América multirracial. “Queremos recobrar los Estados Unidos” dice la nueva derecha republicana. Recobrar, ¿de quien? De lo que Obama representa: la América del futuro, diversa, donde las minorías serán pronto superiores a la mayoría. Ya lo anunció en el 2004 el politólogo de Harvard Samuel Hutington en su último libro Quienes somos al preguntarse si la identidad americana estaba siendo erosionada por la emigración (hispana, sobre todo). La América cosmopolita del cosmopolita presidente Obama (americano, kenyata, hawaiano, indonesio) ha abierto la caja de los truenos de la identidad de los Estados Unidos, una enfermedad esta (la de la identidad) que hace estragos en Europa hace tiempo.

Y por supuesto esto repercute sobre la salida de la crisis. Los del Tea Party, los grandes vencedores, con más de un 40% de apoyo global, le exigen que regrese a la ortodoxia americana: pocos impuestos, poco gasto público, poco gobierno. Mientras, sus votantes, los grandes beneficiarios de su política, le exigen lo contrario. A juzgar por su discurso, no parece que vaya a ceder. Y en todo caso no tiene mucho margen de maniobra. Pero si persiste, como parece, la rebelión contra el big business, los “políticos de siempre” y Washington continuará. Lo veremos.

Emilio Lamo de Espinosa

Sociólogo

EMILIO LAMO DE ESPINOSA es Doctor en Derecho por la Universidad Complutense y Doctor en Sociología por la Universidad de California-UCSB (1979) y desde 1982 es Catedrático de Sociología en la Universidad Complutense

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