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Al paso

[i]El Paseo de Francia[/i]

sábado 06 de noviembre de 2010, 09:56h
El lector de este Cuaderno sabe que en esta ocasión, en mi camino por las calles de San Sebastián, no soy como otras veces un ocioso flâneur. No es demasiado pronto, rozan las nueve de la mañana, pero la ciudad todavía se despereza y no acaba de funcionar a tope. San Sebastián es plaza de servicios, al fin corte estival durante tantos años y ya se sabe que los veraneantes (mayormente burócratas madrileños no aficionados a madrugar), los turistas y la gente de la provincia tardan en aparecer, remolonean y dejan su ajetreo para dentro de un rato.

Vivo en el barrio de Gros (mi amigo Gurutz Jáuregui, suele llamarme con socarronería guipuzcoana, por ello, grosero), justo al lado del Urumea. Accederé al centro, no directamente, atravesando el puente de Santa Catalina, sino más abajo por el de Isabel II, junto a la estación. Es bello el Paseo de Francia, con su bajo pretil enrejado, y el suelo de arena y gravilla, ilustrado en todo su recorrido por pequeñas piezas ajardinadas. A la derecha están las aguas limpias del río, cuyo nivel responde al dictado reposado de la marea, progresivamente imperceptible a medida que se llega hacia Mundaiz. A la izquierda se encuentran algunas de las casas más distinguidas de la ciudad, testimonio de la prosperidad y el buen gusto de la afortunada burguesía local que las habita. Modestamente se titulan villas, con denominación que suele utilizar el eusquera: Villa Maitea, Villa Izarra.., pero en realidad su apariencia es más de palacio que otra cosa. Al final del paseo, justo enfrente de la estación hay un edificio, con fachada también a la otra calle, que era la Maison de France, en el que ondeaba la bandera tricolor, para mí siempre como la Marsellesa, símbolo inequívoco de la libertad . Reconozco, con mi amigo Iñaki Uriarte, una debilidad por este himno, que no puedo escuchar sin conmoverme, y al que no imagino banalizado por la rutina. Reaccioné por eso con estupefacción un día ante la noticia del Parque de los Príncipes de Paris, abucheando la ejecución del himno nacional francés. No me lo podía creer.

De chaval los veranos iba a las clases que impartía en las aulas el servicio público del profesorado del País vecino. Fue seguramente por esta vía como adquirí mi primera noticia de la seriedad de un Estado cuya referencia se impondrá, con sus aspectos positivos y negativos, más sin duda los primeros, en la formación de mucha gente de mi generación, que es, y en buena parte continúa siéndolo todavía, francófila.

En aquellos años no vivíamos en San Sebastián, pues mis padres se desempeñaban como funcionarios públicos en Pasajes. Así que yo me bajaba del autobús sampedrotarra en la estación del Kursaal, y después de recorrer el camino junto al Urumea llegaba a mi destino escolar del verano, que me permitía entrever a través de la bella lengua que se nos enseñaba un País envidiable por tantos conceptos.

Pensándolo bien la ciudad tenía dos ejes o, si se quiere, dos límites. Uno evidente, el del río, pero que era fácilmente superable, aunque pasar el puente del Kursaal en los días malos, puede resultar empresa poco fácil. El otro era el de las vías del tren que nos separaba a los chavales del colegio de un territorio de la ciudad inaccesible o poco menos. No lo traspasaba más que cuando iba los domingos por la tarde al campo de Atocha, a ver a la Real Sociedad, en el gradería de Mugica, en que nos albergaban a los socios, al menos a los pelados, que no podíamos ir a la bien guarnecida Tribuna. Al lado del estadio había un enorme edificio militar, no sé si cuartel u hospital, y asimismo una llamativa, no me dirán que no, fábrica de tabacos. Algo más lejos, pero ya en un ámbito impenetrable para mí, se encontraba la Clínica del Doctor Martín Santos.

Sobre Luis Martín Santos, precisamente, va versar la conferencia de esta mañana en el curso de Pensamiento Político Vasco, que hemos organizado Joseba Arregi y yo mismo, que se imparte en el Palacio de Miramar, al final del paseo de la Concha. Debo pues, sin divagar, apresurar el paso hasta allí….
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