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tribuna

[i]Benedicto de Europa[/i]

miércoles 10 de noviembre de 2010, 08:21h
La visita de Benedicto XVI a España, tan rápida como cargada de sentido, es la confirmación de la misión que Joseph Ratiznger se impuso a sí mismo mucho antes de ser elegido Papa. Se trata, nada menos, que de probar que no hay incompatibilidad entre fe y razón, entre cristianismo y modernidad, entre la Iglesia Católica y la sociedad democrática. Al tiempo que subraya que en esta empresa —tan difícil y compleja que bien puede considerarse como titánica- le corresponde un papel esencial a Europa. Una Europa que Ratzinger conoce y comprende mejor que nadie como prueban sus escritos y conferencias. Me parece, en este sentido, especialmente sobresaliente una conferencia pronunciada en Berlín en 2000 y parcialmente utilizada después de otra intervención en el Senado italiano en 2004, publicada con el título de “Europa. Sus fundamentos espirituales, hoy y mañana”. Para Ratzinger estamos ante una Europa “vacía por dentro” porque ha dejado que “se disuelvan las certidumbres primordiales del hombre sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el universo”. Todo esto ha llevado a Occidente a la extraña situación de intentar “abrirse a la comprensión de los valores ajenos, al tiempo que ha dejado de amarse a sí mismo, a su propia historia de la que sólo ve lo que es despreciable y destructivo, sin acertar a percibir lo que es grande y puro”. Benedicto XVI afirma que, “para sobrevivir, Europa tiene que llegar a una nueva aceptación de sí misma, ciertamente crítica y humilde”, Y pone en guardia contra la multiculturalidad que, muy a menudo, no es sino “el abandono y la negación de lo que es propio”.

La hondura y el acierto del pensamiento del Papa no se agotan, por supuesto, en esas breves frases transcritas que, sin embargo, me parece que dan idea de una reflexión profunda y mantenida en el tiempo, nada coyuntural, que explica, a la vez, la identidad de Europa -o, si se prefiere, del mundo o civilización occidental- y las causas de la crisis existencial que la afecta desde hace tiempo. Una crisis que se inicia en los albores del mundo contemporáneo como uno de los subproductos de una parte de aquel gran movimiento que fue la Ilustración, ante el que, ciertamente, la Iglesia tardó en comprender y reaccionar. Eran las primeras acometidas de un secularismo radical que, con frecuencia, desembocó en un anticlericalismo furibundo y hasta en un ateismo militante, ante los que Roma se replegó sobre sí misma, cerrada a toda innovación, recelosa de la razón y adormecida en las equívocas fórmulas del Trono y el Altar y del poder temporal del Papado. La Iglesia recuperó el diálogo con el mundo con Papas como León XIII, Benedicto XV y Pío XI. Pero, entretanto, Europa se había despeñado por los abismos de los totalitarismos y de la estatolatría, que son inconcebibles sin la negación de Dios e incapaces de entender que la dignidad del hombre desaparece cuando el ateismo se impone. El diálogo de la Iglesia con el mundo culmina con Juan XXIII, abierto en su propia expresión a “los signos de los tiempos”, que abordará la gran experiencia reformista del Concilio Vaticano II..

Convencido del indispensable papel de Europa en este movimiento de recuperación de su identidad, Ratzinger eligió para su Pontificado el nombre de San Benito de Nursia, patrón de Europa desde que así fue proclamado por Pablo VI en 1964, dato que pocos recuerdan. Lo hizo así el Papa Montini precisamente por el papel fundamental que jugaron los monjes benedictinos, fundados por San Benito, en el proceso de salvaguardar el legado clásico y cristiano en el convulso tránsito del siglo V al VI, tras el colapso que siguió al hundimiento del Imperio Romano y de los reinos “bárbaros” que le sucedieron. Frente a los que ahora aceptan una Europa atea o, al menos, laica y se imaginaban una Iglesia dedicada casi en exclusiva al que se llamó Tercer Mundo e Iberoamérica, la elección de Ratzinger fue una señal de que para él era prioritaria esa “reevangelización” de Europa de la que ha vuelto a hablar en Compostela. Sabe Benedicto XVI que, aunque naciera en Oriente Medio, el cristianismo se hizo en Europa, que durante los mil años que duró la mal llamada Edad Media a la Europa de hoy se la llamó la Cristiandad. Por todo eso, la Iglesia no se puede permitir la pérdida de una Europa que se extravía en su vacío interior, niega sus más que obvias raíces cristianas y es víctima de ese laicismo agresivo y destructor, que trata de erradicar toda huella de cristianismo. Benedicto XVI recogía así y potenciaba la ya patente preocupación de Juan Pablo II por la situación de Europa.

El laicismo que denuncia el Papa no es el que, por ejemplo, mantenían los Padres Fundadores de los Estados Unidos, que suponía, simplemente, la separación de la Iglesia y el Estado, pero que era compatible con la profunda religiosidad de quienes no vacilaban en proclamar “In God We trust”. El laicismo-anticlericalismo al que se refiere Benedicto XVI es el agresivo y destructor que surgió en la Revolución francesa y que en España adquirió enseguida formas propias, que fueron desde los caramelos supuestamente envenenados por los frailes y el radicalismo anticlerical de panfletos como “El Frailazo” o “La Traca” al acoso sistemático a la Iglesia de la II República y a la orgía contra la Iglesia de la Guerra Civil. En un artículo publicado aquí en junio de 2010 titulado “Sectarismo”, afirmamos que el anticlericalismo estaba “en el código genético del socialismo”. Benedicto XVI no llegó a tanto, pero, ante una pregunta que se le hizo en pleno vuelo no podía ocultar una realidad histórica innegable cuando se refirió a la España de los años treinta. Otra cosa es que Zapatero y su Gobierno hayan querido, sin necesidad alguna y con necedad máxima, identificarse estrechamente con aquel triste periodo de nuestra historia.