La práctica viene demostrando que las miserables subvenciones que, a modo de dádivas, conceden las sobredimensionadas Administraciones, sirven apenas para cubrir unos pocos de los gastos menores. Desde la cúpula ministerial hasta la concejalía de cultura del menor de los municipios, ninguno da un paso para proveer al teatro de publicidad; precisamente lo más caro y necesario.
Pocos empresarios -y menos los del teatro- pensarian como Henry Ford I (el fundador de la saga) cuando a la pregunta de un periodista, interesado por saber la medida que tomaría si una eventual ruina económica le dejara con sólo un millón de dólares. Sin vacilar, el magnate afirmó: “Invertiría cien mil dólares en fabricar algún producto y, el resto, lo gastaría en publicidad.
¿Quién, en el teatro, tiene arrojo suficiente -o poderío- para lanzar al aire millones en publicidad? En producciones de “bajo presupuesto”, sólo Alejandro Colubi y, no siempre. En musicales de gran formato y enorme presupuesto de producción y publicidad, los precursores fueron los Hermanos Riva y Arturo Castilla con “El diluvio que viene” (cuando a los pocos meses del estreno parecía una ruina, los valientes empresarios decidieron invertir una enorme suma en publicidad y... cinco años más tarde, aun llenaban a diario las dos funciones del Teatro Monumental); José Tamayo realizó una cuidada versión de “Los miserables” y años después el desaparecido Luis Ramírez vendió dos mil quinientos millones de aquellas pesetas con “El hombre de la Mancha” y luego llegó la multinacional Stage Holding con “Víctor o Victoria”, “My Fair Lady” (una versión mejor y más barata la hizo Alonso Millán, años antes, con Alberto Closas y Ángela Carrasco); “El fantasma de la ópera”; “Mamma mia” y, ahora “Los miserables”.
Un ejemplo del poder de la publicidad es el éxito de un espectáculo de monólogos -poco que ver con el teatro, si no es que se hace sobre un escenario- por cuyo pintoresco título “La parroquia del monaguillo” ha apostado fuerte una emisora de radio (Onda Cero) que publicita la cosa hasta la saciedad. El teatro debe defenderse de la moda de los monólogos fáciles y volver a los de calidad: “El hombre de la flor en la boca”; “Las manos de Eurídice” “El lazarillo de Tormes”; “Cartas de amor”; “Platero y yo”; “La violación de Lucrecia”... Claro que, para eso se necesita un Vittorio Gassman, un Enrique Guitart, un José Luis Álvarez el Brujo; una María Jesús Valdés; una Luisa María Payán, o una Nuria Espert, todos y todas irrepetibles. Y luego está el teatro ¡Teatro! Con sus trajedias y comedias; con sus buenos autores clásicos y contemporáneos y con los grandes de las tablas que, aun quedan, a pesar de la falta de publicidad.