El actor y cineasta Robert Hossein, tuvo el acierto en 1991 de acometer la producción de “Un hombre llamado Jesús”, con cerca de doscientos actores que, sin palabras, con solo la voz de un narrador y unas escogidas ilustraciones musicales de los grandes compositores clásicos europeos, componían en el gigantesco escenario que ocupaba la mitad del “palacio”, una historia tan real como verosímil para todos (Hossein dijo de “su” Jesús: “Es una historia para creyentes y no creyentes; es la vida de un hombre bueno que vivió hace dos mil años…”).
Cuatro horas duraba la representación que, comenzaba con Jesús eligiendo, de entre el público, a los doce apóstoles. Era el primer simbolismo de una verdadera o imaginaria realidad: Jesús eligió a sus apóstoles entre las gentes del pueblo. Hubo más símbolos a lo largo de la representación. Como el del magnífico pasaje de los apóstoles orando de rodillas, durante los veinte minutos del descanso, mientras una docena de vendedores trataban de colocar bebidas y bocadillos entre el público.
El descanso terminaba con la aparición de Jesús fustigando a los mercaderes para “expulsarlos del templo”. El momento más sublime de todos era el de la comunión auténtica que se producía entre los asistentes, apenas abstraídos por la emoción del momento. Uno de los discípulos indica al Maestro que apenas hay pan suficiente para todos. Jesús, con un gesto, le obliga a proceder al reparto del pan, troceándolo para distribuirlo entre los apóstoles y éstos, entre el público. En menos de cuatro minutos cada uno de los seis mil espectadores, comíamos un trocito de panecillo de manos de nuestro vecino…
El prodigioso espectáculo estuvo a punto de representarse en Madrid; unos grandes almacenes lo financiaban, una enorme carpa, capaz para siete mil espectadores y el inmenso escenario, fue encargada a una empresa canadiense. El Ayuntamiento cedió el terreno necesario pero… Al año siguiente se celebraba la Expo 92 y el Gobierno González necesitaba más y más patrocinios millonarios. “Un hombre llamado Jesús” se quedó en el camino y nunca más lo encontró. Ni siquiera en Jueves Santo.
Mariano Torralba