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Defensa de la verdad moral

Fernando Zamora Castellanos
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fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
jueves 02 de diciembre de 2010, 14:17h
Una convicción que da sentido a la vida, es la de la defensa de la verdad moral. Uno de los grandes problemas de lo que se ha dado en llamar “sociedad postmoderna”, es que niega la existencia de ella como verdad objetiva. La objeción de la postmodernidad no es contra el concepto de la moral en sí, sino a la convicción de una moral objetiva. Para el pensamiento postmoderno la moral no debe verse como derivación de valores espirituales superiores al espacio-tiempo histórico, inmanentes y perennes, preciosos en sí mismos. Para ellos la moral debe concebirse como fruto de convencionalismos sociales subordinados a las condiciones particulares de cada paradigma histórico. Por eso en occidente se esté levantando una nueva intolerancia. Ella condena cualquier amago de defensa de las certezas morales. Cuando el Reverendo M. Luther King, -ante las escalinatas del Monumento a Lincoln-, declaró que soñaba con el día en que los seres humanos serían juzgados “no por el color de su piel sino por la condición de su carácter” ofrecía una pista sobre el trasfondo de uno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea. La sociedad de bienestar actual ha forjado consigo -en consuno con el particular menosprecio al concepto de la verdad-, además, un desprecio igual hacia el valor del carácter como fundamento de la personalidad humana. Una exaltación del “descompromiso” en todas las áreas de la vida. Amor sin compromiso, paternidad sin compromiso, sexualidad sin compromiso. La explicación de este fenómeno se resume en el hecho de que para expandir su zona de comfort, una incómoda barrera que enfrentan las sociedades de bienestar, son las fronteras éticas absolutas. Por eso a las actuales sociedades de bienestar, conviene más una suerte de moral secular, cuya aceptación dependa exclusivamente de cálculos costo-beneficio inmediato para quienes decidan asumirla. Y de ahí lo conveniente que es caer en la tentación de relativizar toda verdad e imponerle a la comunidad ese dogma.

El grave peligro que acarrea este afán, es que, al igual que sucede con las verdades materiales, la verdad es excluyente. Relega toda otra alternativa aparente y falaz. Esto provoca el fenómeno de choque ante las posturas irreconciliables con ella. De esa clase de paradoja, uno de los ejemplos históricos más dramáticos lo protagonizó Winston Churchill. En la década de los años de 1930 en el siglo XX, él perturbó el solaz sosiego político que disfrutaba Inglaterra, alertando a viva voz, que detrás de las pacifistas proclamas alemanas se escondían pérfidas intenciones. Como era un designio difícil de detectar, la aparente falsedad e impertinencia de su denuncia lo estigmatizó ante la sociedad europea de entonces. Quienes relativizaron el escenario que Alemania preparaba, calificaron como intolerantes las incómodas advertencias de Sir Winston. Fue marginado del protagonismo político hasta que la verdad salió plenamente a la luz. Lamentablemente ya era demasiado tarde para entonces y el despiste tuvo el grave costo que la historia reconoce: la consolidación del poderío nazi, y con ello, el drama que aquel régimen provocó a Inglaterra y al mundo. Ese trauma del pasado nos ofrece la enseñanza fundamental de que no por desconocer la verdad, estamos relevados de las consecuencias que conlleva desapercibirse de ella. Para Inglaterra, hubiese sido conveniente que los pacifistas cantos de sirena del nazismo no hubiesen sido falsos y que ciertamente sus intenciones hubiesen sido pacíficas. Pero no por el hecho de que el pueblo inglés desconociera la realidad oculta detrás de la advertencia, se vio relevado de sufrir las terribles consecuencias que le ocasionó el desatenderla.

El problema aquí, es que así igualmente sucede con todo ámbito de la realidad, incluido el de las verdades morales. A la negación de la verdad se le denomina relativismo. El fundamento del relativismo radica en el hecho de que muchas personas creen que al estar atrapados en su localización histórica o cultural, les es imposible juzgar la veracidad o falsedad de una convicción. Porque una verdad no esté universalmente reconocida, no por esto ella deja de ser. Evidentemente existen verdades que son relativas en el tiempo y el espacio. El problema es que los relativistas sostienen que todas las verdades son relativas. Con ello caen en una grave paradoja, pues pretendiendo el relativismo proclamarse como única verdad, -pero negando a la vez que ella exista-, el relativismo se revela a sí mismo como falsedad. Así el relativismo absoluto aspira a ser verdad absoluta al tiempo que la niega. Incurre en una falacia de autoexclusión, que consiste en una afirmación que exige que se cumpla para los demás, excepto para ella misma. Sabemos que vivimos épocas en las que los fanatismos de todo tipo le han hecho mucho daño al mundo, sin embargo, no por eso debemos renunciar a uno de los propósitos fundamentales de la existencia humana, que es la búsqueda de la verdad. Como el polo terrestre es un referente para una navegación segura y dirigida, igualmente las certezas morales son referentes fundamentales del hombre en su existencia.

El resultado más siniestro de la relatividad de la verdad moral sucedió en Europa durante el dominio nacional socialista. Al finalizar la Segunda guerra mundial, cuando se descubrieron los horrores de los campos de exterminio de inocentes, el argumento más generalizado que utilizaron los oficiales nazis para justificar su monstruosa conducta consistió en invocar el relativismo y el convencionalismo: “Solo cumplíamos con la ley vigente. ¿Porqué debíamos tener la certeza de que lo que hacíamos estaba mal? ¡Así lo disponía la autoridad legalmente instituida!”

Pero el argumento de mayor peso en defensa de la verdad moral objetiva frente al relativismo ético, consiste en las realidades subjetivas que ambas producen. O sea, en la influencia que ejercen sobre los sujetos. La pregunta de fondo aquí es, ¿cuál es el típico perfil que representa a la persona que se guía por el modelo según el cual, cada ser humano debe definir por su cuenta lo que está bien o mal para sí mismo? ¿Es generalmente heroica o generalmente egoísta? Por el contrario los grandes héroes de la historia ¿por cuál sistema moral han sido producidos?

El contraataque usual de los escépticos a esta pregunta es señalar que la violencia religiosa también ha producido graves antihéroes de la historia. Pero la respuesta a esta acusación se contesta aceptando que la descomposición y degeneración de los valores y los conceptos es una realidad. Me explico. Por el hecho de que un valor degenere y se desvirtúe no por eso éste deja de ser. Sabemos, por ejemplo, que la descomposición del valor de la libertad es el libertinaje, o que tal y como sostenía Aristóteles la demagogia es la degeneración de la democracia. Así también, como todo otro valor, la espiritualidad está sujeta a descomposición. Quien tenga convicciones espirituales sinceras debe ser conciente, -y aún estar alerta-, de que las convicciones religiosas desprovistas de sincera espiritualidad degeneran en despotismo. Y no por esto deja de ser sublime la espiritualidad sincera sustentada en los valores objetivos. Aquí una analogía adecuada sería afirmar que no por que la historia sea abundante en sátrapas y déspotas, deja de ser real la sublimación del ideal político y democrático o la existencia del heroísmo político. Igualmente, porque la degeneración de la defensa de las convicciones morales objetivas haya procreado fanáticos religiosos, no por ello deja de ser real la sublimación del ideal espiritual sustentado en conceptos éticos absolutos o inexistente la virtud en muchos seres humanos.

Es precisamente la moral objetiva, el abismo que nos separa de la animalidad. A diferencia de los animales que actúan condicionados a su instinto, nosotros somos seres morales. O sea, seres que tenemos libre albedrío, consciencia que nos otorga la facultad de tomar decisiones éticas. Por ello los seres humanos somos los únicos que habitamos dos dominios, el de la dimensión física y el de la dimensión moral. Ambas dimensiones con leyes propias. Sin embargo, a diferencia de las leyes físicas que nadie reprocha, esto de que la moral es un dominio con leyes propias, suele ser fuertemente objetado. El argumento para el ataque a la objetividad de la ley moral es, como ya indiqué, la relativización espacio-tiempo histórico de la misma. Como lo que hoy es incorrecto, mañana podría ser correcto, y como lo que aquí es incorrecto, en la cultura de otro territorio es correcto, entonces se supone que no podemos determinar objetivamente qué es lo moralmente correcto. La objeción de este razonamiento es falaz por una razón contundente: bajo ese razonamiento la conducta no podría tener grados de calidad. No porque en otra geografía y cultura una determinada conducta sea aceptada, no por ello necesariamente ostenta la misma calidad. Porque el paso del tiempo imponga nuevos convencionalismos culturales, no por ello todos los nuevos convencionalismos éticos que impondrá serán siempre de mayor calidad. Veamos algunos ejemplos contundentes de lo que afirmo. El fascismo impuso en Europa nuevos convencionalismos culturas que sustituyeron la cultura previa. Hoy sabemos sin lugar a dudas que la nueva cultura que impuso el fascismo en Europa finalmente provocó al mundo un daño, en gran manera peor, a lo que ofrecía la cultura que prevalecía anteriormente. Este es un ejemplo que demuestra como un convencionalismo de mayor modernidad puede ser evidentemente más dañino que uno que fuera anterior en el tiempo. Podemos señalar otro caso referido al de otra cultura diferenciada ya no por el tiempo, sino por el espacio o territorio. Sabemos que en muchas naciones musulmanas, actualmente la sharia islámica institucionaliza en el mundo musulmán la violencia de género contra la mujer, y es indudable que estas disposiciones legales impiden el pleno desarrollo de la mujer. Debe entenderse aquí también que aunque todos esos ejemplos representan convencionalismos culturales, tienen una calidad de conducta inferior. No por el hecho de que en otras naciones y territorios se acepten conductas diferentes, éstas necesariamente tienen la misma calidad. En síntesis, estos son ejemplos que nos ofrecen claros indicios de que la calidad moral objetiva existe y que defender esa verdad es una convicción con gran sentido existencial.
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Fernando Zamora Castellanos

Abogado

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