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Las sombras de Wikileaks

Juan José Solozábal
jueves 23 de diciembre de 2010, 14:50h
A medida que me voy haciendo mayor tiendo a creer que el bien común depende más que de la búsqueda expresa o directa del mismo, de los esfuerzos que cada uno hace por mejorar lo que tiene a su alcance, para, como decía Goethe, limpiar el umbral de nuestra propia puerta y así adecentar la calle en que vivimos. De modo que desconfío de estos propósitos que se atribuyen a las filtraciones Wikileaks de mejorar el mundo , que al incrementar la transparencia pública ponen de manifiesto la perversión, doblez y estupidez de los dirigentes de todo el planeta. Qué bien.

Pienso entonces que no hay sólo motivos de celebración en relación con las filtraciones, que han puesto de manifiesto, zafiedades, conductas impropias cuando menos, y un nivel de inteligencia y decencia en numerosos líderes mundiales, perfectamente descriptible. Y no, o no sólo, como le ocurría al editorialista de The Economist, porque crea que estas filtraciones reducen la operatividad de los estados, de los que después de todo dependen la seguridad y la paz internacionales. En realidad las objeciones que albergo resultan de mi incomodidad ante un reforzamiento del papel de la prensa en las sociedades de nuestro tiempo, sin otro límite que el que ella quiera autoimponerse, y, en relación con esto, la dificultad en nuestros días de afirmar un espacio de reserva o discreción. Es cierto que en esta ocasión la reserva vulnerada es la correspondencia de agentes públicos ( el personal del servicio exterior americano en referencia a las opiniones o conductas de políticos, funcionarios o jueces), pero ello no nos permite albergar mucha seguridad a la postre sobre nuestra propia privacidad, si a ello se opusiera alguna razón de interés público, apreciada con toda libertad y amplitud por la prensa, que es la que aunque no haya sido la autora de las intervenciones de la correspondencia, finalmente las propaga y , por decirlo así, las consuma. Sin duda la sociedad democrática constitucional sufre cuando los ciudadanos dejan de disfrutar de un reducto impenetrable, para el estado y los demás, que es precisamente su vida privada, imposible sin asegurar el secreto y la libertad de las comunicaciones.

Esto no nos impide reconocer que a veces hemos disfrutado con lo filtrado , pues en el fondo algo de mirones tenemos todos : incluso celebramos algunos pasajes de los cables, que denotan no se si sagacidad, pero si cierto buen gusto literario en el bagaje intelectual del diplomático. Recuerden por ejemplo la descripción de la naturaleza política del Presidente o la actitud cauta de José Blanco que se brinda en las filtraciones: “Zapatero es un político astuto con una asombrosa habilidad, como un felino en la jungla, para oler las oportunidades o el peligro. Es peligroso minusvalorarle, como muchos de sus enemigos pudieron comprobar demasiado tarde”. “Blanco tiene una indefectible idiosincrasia particular: no mira a los ojos de sus interlocutores cuando estrecha la mano. Más aún: tiene fama de ser muy rudo en temas políticos, algo con lo que aparentemente disfruta”.

Pero hablando en serio, lo que denotan estas filtraciones es una actitud deplorable en los servicios exteriores de los Estados Unidos, que todavía se comportan más según las exigencias de la razón del Imperio que por el respeto en los estados extranjeros de las mismas pautas sobre las que se construye la democracia en América, esto es la separación de poderes y el principio de legalidad. Lo que no sabemos, como decíamos, es si este descubrimiento compensa precisamente en el orden democrático y constitucional la quiebra de otros principios, como el respeto del secreto de las comunicaciones, que sólo se puede llevar a cabo cubriendo infracciones jurídicas de innegable importancia.

Si salvamos las infracciones de la legalidad, que están en el origen de las filtraciones, aunque estas se hayan producido en relación con un ordenamiento lejano, en virtud de justificaciones éticas o políticas, si admitimos que el fin, a la postre, justifica los medios, iniciamos un camino que quizás no nos conduce precisamente a parte buena alguna. Hace mucho tiempo que desconfío de las invocaciones a las grandes causas y que antepongo la observancia de la legalidad perfectible a la persecución de la justicia infalible.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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