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desde la otra orilla

Libertad religiosa

sábado 01 de enero de 2011, 12:17h
Allá por los comienzos de los setenta, cuando comenzábamos en Helsinki y seguíamos en Ginebra las tortuosas negociaciones que habrían de desembocar en 1975 en el Acta Final de Helsinki de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, un joven monseñor español de la Secretaria de Estado del Vaticano, Faustino Sainz Muñoz, condujo ardorosamente, y con éxito, una trabajosa pelea para conseguir que el derecho a la libertad religiosa fuera individualizado en el conjunto de las libertades individuales que el documento recogió —y que acabarían por constituir la semilla del desmantelamiento de la Unión Soviética y del socialismo real-. La limpia argumentación vaticana —la libertad de religión y de conciencia no puede ser desvinculada del resto del consistente edificio de las libertades- era entonces tan vigorosa como lo es hoy y el análisis de su cumplimiento, o de su incumplimiento, ofrece la regla de oro y vara de medir del estado de los derechos individuales. El Papa Benedicto XVI, en doloridas palabras, lo acaba de recordar en su alocución navideña, haciendo especial mención a esos nuevos mártires, los cristianos que en diversas partes del mundo son perseguidos, desplazados o asesinados por practicar comunitaria y públicamente su fe. El “Wall Street Journal” ha titulado la estremecedora crónica de la situación de los cristianos iraquíes como la celebración de la “noche silenciosa”, la “silent night” del villancico, forzada al susurro y a la privacidad por las amenazas que pesan sobre la ya reducida y secular comunidad cristiana.

El Departamento de Estado de los Estados Unidos publica todos los años un informe sobre la situación del respeto a la libertad religiosa en el mundo con una minuciosa descripción de lo que ocurre en cada uno de los países miembros de las Naciones Unidas en ese terreno. No es un catálogo exhaustivo, se centra exclusivamente en ese capítulo de las libertades y tiende sobre todo a resaltar el comportamiento de gobiernos, de manera que las manifestaciones sociales de violencia o intolerancia religiosa son consideradas de manera lateral. El correspondiente a 2010 fija su atención particularmente en la situación en Burma, China, Eritrea, Irán, Corea del Norte, Arabia Saudí, Sudan y Uzbekistán, considerados todos ellos motivo de “especial preocupación”, mientras que en otros grados de inquietud se examinan las condiciones existentes en Cuba, Egipto, Indonesia, Iraq, Kenia, Laos, Malasia, Maldivas, Marruecos, Nepal, Nigeria, Pakistán, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Venezuela y Vietnam. No existe un solo patrón de comportamiento en esa enumeración multiforme, y seria reduccionista, aunque pudiera reflejar una mayoría de casos, el pensar que se trata solo de acciones anti cristianas de núcleos musulmanes: más allá, como en el caso de China, existe una voluntad totalitaria de controlar incluso las manifestaciones religiosas de los ciudadanos con la fórmula de las “iglesias nacionales” o “patrióticas”. Pero lo que no debe sorprender es que la lista coincide milimétricamente con la de aquellos países que, en diversos grados-¬no es la misma situación la que existe en Marruecos que en Arabia Saudí, o en Egipto que en Pakistán- tienen carencias importantes en el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales. Nunca es ocioso recordar que los grandes avances de la humanidad en su estructuración política y social se han organizado en torno a la reclamación de la libertad de pensamiento, conciencia y religión y ello constituye un logro universal, cuya vigencia no cabe ser restringida con reclamaciones a particularismos pseudo culturales o costumbristas. La dignidad de la persona no admite troceamientos ni escapes. Y cualquier credo religioso debería situarla en el frontispicio de sus convicciones. Es la consecuencia inaplazable del amor al prójimo, parejo al amor a Dios, que la Navidad, más que cualquier otra fecha del año, nos viene a recordar.

En la pausa vacacional y sagrada de los días de la Natividad el recuerdo y la plegaria se dirige a lo hecho y a lo por hacer, a los próximos y conocidos, al mundo de los conocimientos táctiles. Pero también, en mudo y ardiente súplica, hacia los desheredados de la tierra, a los que tienen poco y mucho pierden, a los que les falta lo elemental, a los que ni siquiera llega la conciencia de su naturaleza. Entre ellos, millones, podríamos este año representar nuestra angustia en los cristianos iraquíes de Bagdad y Mosul, que se han visto forzados a volver a las catacumbas en la tierra de Abraham y de Tomás, el discípulo dubitativo, y a los cristianos chinos que en la tierra evangelizada por Francisco Javier tienen que practicar a escondidas los ritos de su fe. Y en todos otros aquellos que sea cualquiera su religión o ausencia de la misma se ven perseguidos por sus convicciones y su manifestación. Quiera el Dios recién nacido y los hombres de buena voluntad poner pronto y justo coto a tales desmanes. Amén.