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crítica de cine

[i]Amor y otras drogas[/i]: el drama disfrazado de comedia romántica de un vendedor de Viagra

lunes 17 de enero de 2011, 09:01h
Basada en una historia real extraída del libro de memorias escrito por Jamie Reidy, “Hard Sell: The Evolution of a Viagra Salesman”, publicado en 2005, el último trabajo del director Edward Zwick narra la historia de amor de una joven pareja que tendrá que vérselas con un enemigo terriblemente poderoso: la enfermedad de Parkinson.
A pesar de que tanto su frívolo título como las imágenes distribuidas durante su promoción, inviten a pensar que la cinta protagonizada por Anne Hathaway y Jake Gyllenhaal es una comedia romántica, lo cierto es que se acerca bastante más a un melodrama lacrimógeno que a una de esas comedias de enredo, con chico y chica que, antes de acabar juntos, se ven obligados a hacer el ridículo por culpa de numerosos equívocos y malentendidos. En “Amor y otras drogas” hay, es verdad, secuencias que nada tienen que ver con el drama, pero en su inmensa mayoría podrían calificarse más de gamberras que de puramente cómicas.

Así, aunque el protagonista masculino, a quien da vida el guapo Jake Gyllenhaal, es un bala perdida que lleva toda su vida dando tumbos, saltando de trabajo en trabajo y de mujer en mujer, sin llegar a comprometerse con nada ni con nadie, provoca momentos de risas, especialmente los que comparte con su hermano pequeño, el reputado secundario Hank Azaría, pierde enseguida su frescura para afrontar el dilema que se le plantea cuando se enamora de Maggie. Al principio la cosa va bien, ninguno de los dos quiere ataduras, únicamente disfrutar de los momentos que pasan juntos. Él, porque no las ha querido nunca; ella, porque teme involucrar a su pareja en la difícil evolución de la enfermedad que padece. Evidentemente, la cosa se complica, porque el amor, como todas las drogas, llega un momento en el que no entiende de lógicos y prácticos razonamientos.

En su primer trabajo juntos desde Brokeback Mountain, la pareja cinematográfica formada por estos dos aspirantes a estrellas que ya casi han alcanzado el firmamento, funciona en eso que conocemos como química, y, aunque no lo consigan de una forma regular, la verdad es que Zwick acertó a la hora de confiar el protagonismo a dos jóvenes actores con tirón a la hora de hacer taquilla.

Sin embargo, lo más interesante de esta película no parece que haya que buscarlo en su reparto, sino en los dos temas que toca sin remilgos ni falsas morales. Por una parte, el referido trasfondo del Parkinson precoz que padece Maggie y que nos acerca un poco a la tragedia que viven los afectados de esta patología neurológica para la que aún no existe un tratamiento eficaz. La búsqueda desesperada del remedio en la que Jamie arrastra a Maggie, a pesar de que ella ya ha aceptado su terrible situación, es uno de los momentos más profundos de la cinta y reflexiona sobre la incredulidad que invade a los familiares de un enfermo, cuando toman conciencia del hecho de que la ciencia médica todavía no ha logrado encontrar el modo de combatirla.

Al mismo tiempo, la profesión de Reidy, visitador médico que trabaja para la poderosa empresa farmacéutica Pfizer justo cuando sale al mercado la revolucionaria Viagra, a mediados de los años 90, nos muestra la agresiva lucha de las compañías del sector para hacerse con el mercado a través de los médicos y sus recetas a los pacientes. Sin ocultar nombres de medicamentos conocidos por todos, la cinta refleja muy bien las triquiñuelas, a veces rayando en lo ilegal, que utilizan los comerciales para conseguir que los médicos prescriban a sus pacientes la marca que ellos representan y no la de la competencia. Todo un siniestro mundo, al que está muy bien que le dé un poco la luz.
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