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Complejo, autoestima y ambición

martes 01 de febrero de 2011, 16:54h
El pasado 28 de enero, el profesor Peter Waldmann (Universidad de Augsburgo) recibió -junto con Ramón Tamames y el nobel de medicina Harald Zur Hause- la distinción de doctor honoris causa de la Universidad Rey Juan Carlos. Su vida académica se ha centrado en la sociología política, estudiando, entre otras materias, los comportamientos de determinadas sociedades en el ámbito de su vida pública. De origen alemán, desde los años 70, ha estado muy unido a España y a Latinoamérica, siendo un especialista en estudios comparados relacionados con estos países. En su discurso de agradecimiento, me llamó la atención una reflexión que hizo sobre España y Alemania. Afirmaba que ambas naciones, por motivos históricos diferentes, partían de ciertos complejos y problemas de autoestima que sería bueno que superasen.

La historia de la Alemania del siglo XX es sobradamente conocida y no es motivo de reflexión de este artículo, aunque sí quiero señalar que a efectos democráticos y de desarrollo cívico e institucional, la Alemania de hoy es un claro ejemplo a seguir. Centrémonos en el caso de España. Es cierto y por todos conocidos que en el pasado siglo España no ofreció lo mejor de sí misma y los españoles fuimos protagonistas de dos de los acontecimientos que más dañan y perjudican a una Nación: una guerra civil, -toda guerra es una desastre pero si cabe, una guerra civil lo es aún más, las heridas son más profundas y por ello difíciles de cicatrizar- y una dictadura militar de casi cuarenta años, que dejaron a España a la cola de las naciones de Europa occidental que se incorporaron a la democracia en el siglo XX. Si bien el pasado está ahí y es absurdo negarlo u olvidarlo, no tiene mucho sentido que siga marcando nuestras vidas, actitudes y anhelos en nuestra vida pública, política. La Guerra Civil acabó hace más de 71 años, prácticamente toda una vida, y Franco murió hace más de 35 años, han pasado ya casi dos generaciones.

Los españoles del siglo XXI tienen que mirar hacia el futuro sin complejos, sin el lastre nefasto de la España dividida, de la España de los bloques, de las dos Españas enfrentadas. No tengo la menor duda que son mayoría los españoles que apuestan decididamente por la sana ambición de una racional y madura autoestima de país, por querer para los 46 millones de personas que vivimos en nuestra “piel de toro”, una convivencia fructífera en el respeto mutuo y en el proyecto compartido. Es nuestra actual generación la que tiene que decidir, actuar, recrear nuestro presente y futuro. Las malas conciencias del siglo XX deben quedar ahí, en el pasado siglo.

Lo inteligente es centrarnos y desarrollar lo que hemos comprobado que funciona y rechazar lo que nos divide y separa. En nuestros dos siglos de historia constitucional, sólo la Constitución de 1978 ha demostrado un funcionamiento real, efectivo y exitoso. Obviamente con sus defectos y virtudes, pero en sus cerca de 33 años de vida nos ha aportado un marco jurídico-político enormemente útil para nuestro desarrollo político, económico, social y cultural. El artículo 2, uno de los más importantes, proclama “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Sería bueno y deseable que determinada clase política, especialmente la nacionalista, aceptará después de tres décadas el Estado de Derecho que democráticamente nos dimos todos los españoles en nuestra transición política, sin duda, lo mejor que hicimos en el siglo XX, pues no sólo hubo cosas malas. Mientras no acepten las reglas del juego democrático, el pacto de convivencia que nos dimos para el funcionamiento de nuestro actual sistema constitucional y las mínimas normas en ella establecida, por ejemplo, su artículo 118: “Es obligado cumplir las sentencias y demás resoluciones firmes de los Jueces y Tribunales”, no saldremos del siglo XX y nuestra época más negra. Muchos españoles queremos un Estado en el que se cumpla la norma, en que las Instituciones funcionen, en que los políticos respeten el Estado de Derecho y dejen de crear problemas propios de sociedades atrasadas y pseudodemocráticas donde ni siquiera se respeta la ley, los jueces y el Estado de Derecho. ¿Cuándo llegará la Constitución de 1978 y su régimen democrático a esta clase política, más cercana a la España del siglo XX que a la España del siglo XXI, que más de 40 millones de personas deseamos?
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