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EL CHIVATO

La rebelión de los 'trufaldines'

lunes 21 de febrero de 2011, 15:12h
Trufaldín/na es el nombre (en desuso) de quienes representaban farsas y comedias, en los corrales o fuera de estos. La ministra Pajín sería una excelente trufaldina si redujera la altura de su poltrona en el peine o telar del poder, hasta las tablas del escenario habitado por comediantes para, entre ellos, impartir las clases de interpretación que sugiere –u ordena- para el caso frecuente en el que los comediantes deban fumar en escena; fumar sin fumar, claro, porque con eso de las delaciones que promueve la ministra mínima o ministrina, algunos espectadores, progres ellos, delatan, denuncian, se chivan.
Pasarán muchos años antes de que todo el personal abandone el hábito de fumar y los autores que escriban comedias –si alguno queda- no incluyan en sus acotaciones: “ofrece un cigarrillo a su amigo y enciende otro que fuma con desesperación”. Algo así habrá dejado de ser un gesto cotidiano y los personajes de las futuras comedias, recurrirán a cualquier otro gesto escénico que aporte verosimilitud a la acción: esnifar una raya de mandanga, por ejemplo. Clásicos del siglo XX como Miller, Williams, Wilder o Vallejo, quedarán recortados cuando sus personajes no puedan ya fumar, el cine que nos enseñó a humear se enranciará del todo y Bogart no aparecerá más por el garito de Casablanca, además de que nadie creerá que “fumar era un placer”.

En escena –con permiso de los soplones- se fuma, se mata, se bebe y se fornica, solo mandan el autor y el director que, limitados por la lógica, de los cuatro recursos pecaminosos, utilizan solo los veniales. Algunas veces el director, monta una acción simulada y lucida, como en aquella excelente versión de “Nuestro pueblo”, de Thorton Wilder, en la que las actrices Luisa María Payán y María González, dirigidas por Julio Vier, pelaban todo un cuenco de guisantes… sin guisantes y, recibían a diario calurosos aplausos tras la escena simulada.

Los mandamases han tratado, por los siglos de los siglos, de meter mano al teatro y a sus trufaldines con correctivos o caudales. Ya en nuestro Siglo de Oro las histrionisas madrileñas –más osadas que sus antagonistas masculinos- organizaron una sonora protesta contra la Sala de Alcaldes que “manda echar un listón en todo el frente del tablado, para que los galanes de las lunetas y patio no nos registren los pies, ¿Qué se figuran esos vejetes zainos, que gastamos pezuñas como ellos…?” Un pensamiento hindú dice: “Enfréntate a los malos; enfréntate a los crueles; enfréntate a todos, menos a los tontos. Son demasiados y siempre serás derrotado”.



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