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Crítica de ópera

Deborah Polaski protagonizó anoche el concierto en el Teatro Real

sábado 05 de marzo de 2011, 19:55h
La soprano estadounidense Deborah Polaski interpretó anoche con éxito a la Mujer, el único personaje de la angustiosa e intensa obra compuesta en 1909 por Arnold Schönberg titulada Erwartung, durante el concierto ofrecido en el coliseo madrileño, que incluía, además, piezas de dos compositores franceses: Maurice Ravel y Paul Dukas, a cargo de la Orquesta Titular del Teatro Real, dirigida por Sylvain Crambreling.
Fue durante la segunda parte de la velada, cuando Polaski, una de las mayores sopranos dramáticas del mundo, se metió en la piel de este personaje extremo, que raya la histeria y no tiene nombre propio, para estremecer al público con el monólogo delirante de una mujer enfrentada a la visión del hombre que ama y que encuentra asesinado, posiblemente por ella misma, porque no soporta el peso de los terribles celos. De él, sólo sabemos lo que ella nos cuenta en esta obra misteriosa e inquietante de tan sólo media hora de duración, una de las más interpretadas del autor vienés, de gran dificultad técnica y vocal, y por la que se han sentido atraídas una serie de sopranos que, como en el caso de Polaski, han visto en ese papel todo un tour de forcé para una cantante capaz de enfrentarse físicamente a una orquesta de grandes dimensiones y de interpretar con calidad el canto hablado tan utilizado por Schönberg a lo largo de toda su carrera. Una obra que muchos consideran ideal para ser interpretada en la madurez y para una cantante con importantes dotes actorales y gran personalidad.

Este es, sin duda, el caso de Deborah Polaski, quien, con su sensacional interpretación de Brünnhilde, en la producción de El anillo wagneriano de Henry Kupfer para el Festival de Bayreuth en 1988, se colocó en primera línea entre las sopranos dramáticas de su generación. A partir de entonces, la soprano quedó asociada para siempre con papeles que representan fuertes pasiones, a veces, más que la propia vida. Por ello, aunque Brunnhilde fue durante mucho tiempo su tarjeta de presentación, la soprano de Wisconsin cuenta en su repertorio con otros grandes papeles wagnerianos, como la voluptuosa Venus de Tannhäuser o la salvaje Kundry de Parsifal.

Pero si la segunda parte tuvo como protagonista absoluta a la voz, la noche empezó, en cambio, con una parte absolutamente orquestal. Dirigida por el francés Sylvain Cambreling, la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, comenzó con el bellísimo Preludio III de Ariane et Barbe-Blue, de Paul Dukas, para después interpretar la sutil magia del mundo feérico, creado por Maurice Ravel en los cuentos de su maravillosa obra Mi madre la oca.
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