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PH CERO

No me discrimine ni positivamente

jueves 10 de marzo de 2011, 09:15h
Otra vez dice el calendario que es 8 de marzo, otra vez el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, otra vez se suceden los actos de homenaje por razón de género, los discursos feministas, los premios y reconocimientos al hecho de ser mujer. Y ya van cien veces en cien años, un siglo con la misma matraca sólo para evidenciar que, a partir del reconocimiento de la igualdad entre hombres y mujeres -verdadero hito digno de ser conmemorado-, toda legislación ad hoc sobra porque la inmensa mayoría de las mejoras acaecidas en la vida profesional de las de mi género se han producido por el esfuerzo personal de cada una de las que han prosperado. Y así es como debe ser, de idéntico modo a como sucede en el caso de los varones, sin carrerilla ventajosa por el tiempo perdido, con naturalidad, al ritmo que marcan el acceso femenino a la formación superior, al mercado laboral cualificado y a los ascensos que la experiencia y capacidad ofrecen.

Una buena parte de la legislación a favor de las mujeres y de las medidas contra la discriminación femenina se ha desarrollado contra los otros, es decir, se ha dado ventaja a las féminas y se ha discriminado a los hombres. El ejemplo más salvaje es la Ley de Violencia de Género que vulnera la presunción de inocencia del varón ante la denuncia de la mujer y actúa de manera preventiva. Menos atroz es la imposición de cuotas en los puestos directivos, aunque resulta vergonzoso, sobre todo cuando se descubre que muchísimas de esas directivas de cuota los son por motivos familiares o políticos y no por méritos profesionales. Lamentable.

Las mujeres no somos objetos de protección del derecho sino sujetos de derechos en idéntico modo que lo son los hombres. Por tanto, todas las leyes nos obligan y defienden de igual manera y resulta innecesaria una batería de normas legales que duplique, sólo para las féminas, esas leyes que ya nos dan cobertura. Y así, logrado el reconocimiento por ley de la igualdad y disfrutando por tanto de libertad para elegir la carrera profesional que más nos interese, en manos de cada mujer queda que los últimos frenos a su progreso laboral cedan, si así lo desea, como cedieron otros mecanismos de sujeción cuando decidió estudiar o empezar a trabajar. No necesitamos -muchas gracias- más que los hombres, pero -¡no se equivoquen!- tampoco menos. Queremos lo mismo, justo, igual. Es tan abrumadoramente lógico que espero no tener que escribir lo mismo el año que viene.
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