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Ocurrencias y descarrios

viernes 08 de abril de 2011, 13:55h
A las veces, la inmovilidad es el mejor observatorio para advertir y, en su caso, desentrañar los cambios en personas y objetos. De forma que el paisaje urbano de singular belleza e historia que enmarca el lugar en que de ordinario se emborronan estos artículos se convierte a menudo en atalaya envidiable para atisbar el frenesí de trastueques y mudanzas experimentado por el callejero municipal a manos de ediles con pulsión, más que revolucionaria, adánica.

Así, después de una modificación en toda regla del nomenclator de calles y plazas llevada a cabo en el curso de los últimos decenios por unos ayuntamientos de instinto asesino al tiempo que, paralelamente, de impulso genesíaco en la materia, le ha venido a tocar el turno a la pequeña y recoleta plazuela en que se encuentra emplazado el taller del cronista. Un príncipe de la Iglesia del atardecer de nuestros siglos de oro daba hasta ha poco su nombre a tan incomparable lugar. Sus títulos para el rótulo callejero fueron en su día y hasta ser airada y alevosamente desprendidos de ellos tan justos como numerosos. Rentas provenientes de su rancia alcurnia y acrecentadas, como era muy normal en su época, por los extensos caudales atesorados en su mitra americana sufragaron con esplendidez el amplio y hermoso edificio que, a su costa, levantó para un destino diferente del que, ulteriormente, habría de tener durante siglos. La ciudad y sus gentes se identificaron con él hasta formar parte de su patrimonio personal y colectivo. Casi ninguno de sus pobladores dejó de vincular su biografía, a lo largo de casi trescientos años, más o menos dilatada y estrechamente con la del establecimiento en cuestión.

Hasta que, así las cosas, en fechas recientes, el nombre de tan ilustre y benefactor prelado fue borrado a golpe de sañuda y ahistórica piqueta edilicia. Regímenes, gobiernos, turbulencias y mudanzas –esto es: la misma trayectoria del país…- habían pasado si alterar la designación de nuestra plaza. Mas he aquí que, desgraciadamente, al término de una verdadera orgía de innovaciones y cambios en el callejero de la vieja y escéptica urbe, la desbordada vena creativa de sus regidores llegó también a la angustiada y recelosa esquina sobre la que, secularmente, campeó el letrero de su constructor.

Para mayor “INRI” ciudadano y abundamiento de la capacidad gestora de la corporación municipal, el nombre del egregio eclesiástico fue sustituido por el de un insigne catedrático, gozador impar de las infinitas bellezas de la geografía hispana, pero, en su luenga existencia, visitante muy ocasional y espaciado de la hechizadora ciudad, con cuyas vicisitudes, antiguas y modernas, nunca estuvo particularmente unido.

Naturalmente que no siempre es requisito indispensable adunamientos y lazos especiales de aldeas, villas y capitales con los hombres y –afortunada y crecientemente-mujeres que dan nombre a su red callejera. Pero no menos obvio semeja que, en lances como el referido, dichos ligámenes se tengan en cuenta. En otro caso, los trabajos y afanes de sus legítimos gobernantes pero no indeficientemente instruidos y discretos podrán ser calificados de ocurrencias, cuando no de descarríos históricos y culturales.

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